Una lectura de Henry Miller

0
89

José Juan Cervera

Un aspecto llamativo de la lectura, en su calidad de proceso social, es la forma como los lectores reciben una obra escrita y se apropian de su significado, relacionándolo con su experiencia de vida. Mayor interés puede despertar el acercamiento que un lector especializado -como un escritor o un crítico literario- realiza y transmite valiéndose de los medios que su propio oficio pone a su alcance para este propósito.

En julio de 1966, el profesor y abogado Santiago Burgos Brito (1891-1970) dio a conocer, en las páginas del Diario del Sureste, las impresiones que le causó la novela Trópico de Cáncer, de Henry Miller. Este distinguido profesional, nacido en Maxcanú, Yucatán, se dio a la tarea de examinar los valores que subyacen en el arte de la palabra escrita, como lo demostró en 1919 cuando publicó un estudio panorámico de la literatura yucateca. Sus opiniones alusivas al libro de Miller parecen exponer el punto de vista de alguien que no logró asimilar por completo las nuevas tendencias que las letras del siglo XX deparaban a quienes pudieran mirarlas con un espíritu plural y cosmopolita.

Aunque el profesor Burgos Brito advierte desde el principio que nada lo asustaba en materia literaria, se muestra reacio a aceptar el estilo de expresión que adopta el novelista estadunidense en su obra, lo cual no es para sorprenderse porque aún en la actualidad hay quienes opinan en términos semejantes. Si se sitúa a cada quien en las circunstancias de su tiempo, resulta aceptable que el escritor yucateco manifestara tales reservas, porque si bien la novela que comenta llegó al público en 1934, la década en que él leyó la traducción castellana se caracterizó por cambios radicales en las costumbres y en los estilos de vida, que todavía no eran de una aceptación generalizada. Miller se anticipó a un porvenir que ya era suyo en su escritura.

La nota periodística resulta equilibrada cuando acepta la gran calidad estética del autor de Sexus, y acepta “la lucidez sorprendente de su pensamiento”, a la vez que se refiere a él como un escritor “de poderosa imaginación y de observación acuciosa”. Atribuye a Trópico de Cáncer un naturalismo extremo “que deja a Zola y a sus epígonos liberados de todo pecado, absueltos de tantos fallos condenatorios fulminantes”. Considera merecido el escándalo que rodeó siempre a sus creaciones, y añade: “Porque si Miller se propuso escribir una novela de rara obscenidad, del erotismo llevado hasta la crisis que pone en peligro de muerte, justo es convenir que lo consiguió plenamente”.

Burgos Brito le reprocha a Miller el uso de vocablos procaces entreverados en su prosa, manifestando en cambio su preferencia por los eufemismos. Para subrayar su idea evoca las Memorias de Fanny Hill, que a pesar de juzgarlo un libro nada recomendable, destaca en su favor que no incurre en palabras soeces. No obstante, es preciso recordar que John Cleland, su autor, fue un inglés del siglo XVIII, y que a pesar del contenido erótico de su novela, aceptó las restricciones de vocabulario que su momento histórico le impuso.

Doce días después de publicar dicha recensión, el profesor Burgos Brito dio a la prensa otra en que se ocupa de un filólogo ecuatoriano, y en sus primeras líneas asevera lo siguiente: “Después de haber leído Trópico de Cáncer, de Henry Miller, preciso es que me enjuague el espíritu. Algo sucio pudo haber quedado”. Y remata con la advertencia de que en una siguiente nota podría referirse a Trópico de Capricornio o a “cualquier otro engendro pecaminoso de la literatura universal”.

Si con su reseña estimuló la curiosidad de algunos de sus lectores para buscar las novelas de Miller, acaso abrió la puerta para que éstos pudieran atestiguar no sólo el afán de este autor por consignar todo lo que solía omitirse de los libros, sino también la poderosa vitalidad que emana de su obra: el dorado impulso que corona la más espléndida literatura.