REVOLUCIÓN QUE TRANSA…

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Roberto Hernández Guerra

Algunos críticos de buena fe consideran que Andrés Manuel López Obrador debe evitar abrir tantos “frentes” de lucha para transitar más fácilmente en su proyecto de transformación.  Que el denunciar a los que llama falsos ecologistas o conservadores disfrazados de feministas, enajena la voluntad de los que de verdad lo son. Que mencionar por sus nombres a los traficantes de influencias que se hartaron en el festín neoliberal enfurece a éstos y los radicaliza. Que los cambios deben hacerse “paso a paso” para evitar el disgusto de los grandes empresarios y del gobierno del vecino país del norte. En fin, que una política a la que podríamos llamar “gradualista” sería lo más conveniente para el país.

Podríamos seguir con una larga lista de mencionados en las conferencias mañaneras, que por acción u omisión favorecieron las políticas de los gobiernos de los últimos sexenios. Los señalamientos respecto a la UNAM, o en específico a quienes la controlan, de igual manera que la denuncia a los que convirtieron el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología en un “botín”, son tan solo otros ejemplos más. Pero para qué seguimos con la lista, si sabemos hasta dónde llegó la complicidad y también conocemos la manera de actuar de AMLO, quien seguido repite que “su pecho no es bodega” y “siempre digo lo que pienso”.

¿Pero cuál podría ser una política gradualista que evitara las confrontaciones? ¿Negociar y actuar dentro de las reglas de juego establecidas con anterioridad en la Constitución y sostenidas por el Poder Judicial? Pensamos que hasta ahora es lo que se ha hecho. Las negociaciones con Odebrecht en lo referente a los contratos de suministro de gas, los referentes a gasoductos y a penales privatizados y aun la propuesta de reservar el 46 por ciento de la generación de energía a las empresas particulares son un ejemplo de tal conducta.

¿Qué más se podría hacer para evitar el encono de los que fueron privilegiados en el pasado? ¿Permitir la desaparición de la CFE y la privatización paulatina de Pemex? ¿Continuar con la devolución de impuestos a las grandes empresas? ¿Mantener a una burocracia dorada en el sector público y en los llamados organismos autónomos? Nosotros pensamos que estas no son las respuestas adecuadas, puesto que debe haber límites en el trato con los beneficiarios de un “viejo régimen” en proceso de ser desplazado.

Al respecto hay una lección que se dio en los inicios de la revolución mexicana y que vale la pena recordar. Cuando el régimen porfirista se caía a pedazos a impulsos de las proclamas de Francisco I Madero y del despertar ciudadano, una comisión de representantes del gobierno se reunió con los dirigentes revolucionarios para llegar a un arreglo con aires “gatopartistas”, o sea que todo cambiara para que todo siguiera igual. La propuesta para evitar la confrontación era entregarles a los revolucionarios cuatro ministerios y catorce gobiernos estatales conservando los llamados “científicos” el poder real. Cabe señalar que uno de los motivos que argüían los delegados porfiristas para evitar que siguiera la lucha armada era que los disparos sobre las fuerzas federales que defendían Ciudad Juárez podrían llegar hasta El Paso, Texas, provocando un conflicto internacional.  Cuán semejante a algún pretexto que se da en la actualidad para evitar las reformas a la ley sobre el manejo de la electricidad.

La respuesta a los ofrecimientos de transacción salió de la boca de don Venustiano Carranza: “La revolución es de principios…. Nosotros no queremos ministros ni gobernadores, sino que se cumpla la soberana voluntad de la nación”. Y categóricamente concluyó diciendo: “Revolución que transa es revolución perdida”.

Y por nuestra parte, creemos pertinente recordar que la Cuarta Transformación es también una revolución, aunque pacífica y de las conciencias.