¿POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS? EN LOS SANFERMINES

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EL BESTIARIO

El COVID-19 obliga a suspender las fiestas de los encierros de los toros bravos que inmortalizó Ernest Hemingway, The Rolling Stones nos impidieron llegar a Pamplona, España, el 7 de julio de 1982…

 

 

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

El cielo de la capital de Navarra, lleno de nubarrones, despertó a una ciudad triste en el que hubiera sido su día grande, este 7 de julio. La pandemia, provocadora de 4 millones de muertos en el mundo desde inicios del 2020, ha vuelto a borrar del calendario esta fecha marcada en rojo y San Fermín ha entonado el ‘Pobre de mí’ antes incluso de haber estallado la fiesta. La Plaza Consistorial ha enmudecido a las 12 del mediodía, Iruña -el nombre en vasco de esta ciudad- no se ha teñido de color y la alegría ha quedado embargada hasta nuevo aviso. Ese día, el alcalde, Enrique Maya, adelantaba lo que era un secreto a voces para muchos, aunque no exento de polémica. El coronavirus volvía a robar sus encierros, sus tradiciones más arraigadas y sus emociones blanquirrojas al gris más anodino. Esta es una de las celebraciones más famosas en el mundo gracias a la presencia del escritor norteamericano y Nobel de Literatura Ernest Hemingway, el autor de ‘El viejo y el mar’ novela que se desarrolla en las aguas del Golfo, cercanas al pueblo cubano de Cojímar, al este de La Habana, azotada días atrás por el ciclón Elsa. Hemingway escribió ‘Fiesta’ donde narra los encierros de toros bravos por las calles del casco histórico de Pamplona…

La imagen de Ernest Hemingway, icono internacional de los ‘Sanfermines’, vuelve a provocar diferencias en el seno de la sociedad pamplonica. El escritor falangista pamplonés Rafael García Serrano decía que Hemingway era “el mejor agente publicitario de las fiestas de San Fermín”. La propia propaganda franquista, pese a la contrastada postura del personaje en favor de la causa republicana, y porque le venía fetén, lo vendió como un mujeriego machista, simpaticote y buscabroncas, bebedor sin límite, amante de las viejas tradiciones de la patria española, enamorado de los toros y cazador de todo tipo de bestias -vaya, algo más parecido a un tipo de Illinois que votara a Vox que a un reportero militantemente rojo-. Juanito Quintana, propietario del hotel del mismo nombre (y en el que siempre se alojó Hemingway, en contra del mito del hotel La Perla, donde según los grandes expertos del tema nunca durmió) y en verdad el único amigo íntimo que el escritor hizo en Pamplona, lo definió así: “Ernesto era un tipo muy raro. Tenía mal carácter. Era orgulloso. Con el que le era antipático se ponía insoportable, sobre todo cuando bebía. Y era un tacaño”.

Finalmente, el propio Ernest Hemingway se autorretrató en una carta a su amigo Francis Scott Fitzgerald enviada desde la localidad navarra de Burguete, adonde solía ir a pescar, dándole su personal receta del paraíso: “Una plaza de toros y un río con truchas”. Todas estas frases y una montaña más de anécdotas, verdades, mentiras, mitos y bulos los encontrará el lector interesado en el autor de Fiesta o en los sanfermines (o en las dos cosas) en las páginas de ‘Hemingway en los sanfermines’ (Ediciones Eunate), libro del escritor y abogado pamplonés Miguel Izu. “Las leyendas abundan y a menudo desplazan a la historia”, cree Izu. Por ejemplo, y para desgracia de mitómanos mentirosos, Ava Gardner nunca pisó los sanfermines. Ni Gertrude Stein, ni Picasso, ni Errol Flynn, ni Man Ray, ni Lauren Bacall, ni…, ni…, ni… No es cierto que Hemingway se pasara la vida de sanfermines. Fue, eso sí, 10 veces. La primera, en 1923. Viajó con su primera esposa, Hadley, embarazada de seis meses. Volvieron en 1924 con el escritor John Dos Passos. Hemingway iba a los encierros, pero lo que de verdad le interesaban eran las vaquillas emboladas, que solía recortar. Regresaron en 1925. Y en 1926, cuando el escritor conoce uno de sus templos predilectos: Casa Marceliano, donde se ponía ciego de ajoarriero, vino clarete de Las Campanas y whisky. En 1927, cuando ya era una celebridad tras haber publicado su novela ‘Fiesta’, popularizando los sanfermines en todo el mundo; en 1929, en 1931… y, ya mucho después, en 1953. Volvió en 1956 (ya tenía el Nobel) y cerró el ciclo en 1959, dos años antes de pegarse un tiro en su casa de Ketchum, Idaho. Estuvo en los sanfermines con cuatro esposas distintas, siempre rodeado de una cohorte de amantes, amigos y pelotas. Comió y bebió en Las Pocholas, el Txoko, el Torino y el Kutz, amó, escandalizó (solía llegar al hotel Quintana de madrugada como un ciclón y con un buen ciclón), desayunaba pollo y langosta…, y se las arregló para no hablar de política ya en pleno franquismo. Hasta ahí, todo verdad. Pero ni escribió sus libros en las mesas del café Iruña, ni fue detenido junto a su amigo Antonio Ordóñez, ni recorrió las calles de la vieja Iruña junto a los rostros más famosos de Hollywood, ni…, ni…, ni… El libro de Miguel Izu deja cada cosa en su sitio. La verdad, la leyenda, el mito, el bulo. Impagable. Riau-riau.

¿Por quién doblan las campanas?, en inglés For Whom the Bell Tolls, es una novela publicada en 1940 por Ernest Hemingway, quien participó en la Guerra Civil Española como corresponsal, pudiendo ver los acontecimientos que se sucedieron durante la contienda. El título procede de la Meditación XVII de Devotions Upon Emergent Occasions, obra perteneciente al poeta metafísico John Donne, y que data de 1624: “Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la masa. Si el mar se lleva un terrón, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa señorial de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”.

The Rolling Stones nos desviaron de los ‘Sanfermines’ a Madrid, fue lo mejor que nos pudo pasar en nuestras vidas. Como todos los jóvenes del País Vasco, las fiestas de Pamplona eran una cita obligada. Nos servía de catarsis tras los exámenes de bachillerato y universidad de los meses de junio. Eran las 21:03 del 7 de julio de 1982. Una espectacular tormenta cae sobre Madrid al tiempo que los Rolling Stones saltan al escenario del estadio Vicente Calderón para ofrecer un concierto legendario, que ha quedado en el imaginario colectivo como uno de los más importantes de cuantos se han celebrado en España y del que ahora se cumplen 39 años. Los Rolling Stones eran entonces la banda más importante del planeta, unos supervivientes de los 60 y de los 70 que abanderaban en esos incipientes 80 el llamado ‘arena rock’, el rock de estadio, en el que el espectáculo es tan importante como la música. Habían entrado en la nueva década con un disco irregular, ‘Tattoo you’, que en realidad era un conjunto de descartes pero en el que brillaba un tema, ‘Start me up’, que les había hecho volver a las listas de éxitos.

Desde la ciudad de Eibar, Gipuzcoa, País Vasco, y con 26 ‘tacos’ encima, salimos de excursión hasta Madrid para ver a Mick Jagger y los suyos. Íbamos en un ‘Dos caballos’, un Citröen viejo. Conducía José A. Fernández, integrante del grupo de rock vasco Itoiz. Los otros integrantes de la ‘expedición’ eran Roberto Ruiz Sarasketa, empresario, y entonces disc jokey en la sala de fiestas Mickey Mouse de Eibar y director de comunicación social del Centro de Investigación Tekniker del Gobierno Vasco, Roberto Morales, periodista de Onda Cero y el que escribe esta pincelada, reportero ya en aquellos años… Digo ‘expedición’ pues soportamos una temperatura que superaba los 40 grados. Recuerdo que en Burgos, los gorriones no podían casi volar. La carretera general, la N1, no era muy diferente a un camino rural de la etapa imperial romana. Tardamos en cubrir los casi 500 kilómetros, no menos de diez horas.

Llegamos justo para el concierto. Dejamos aparcado el destartalado coche en el barrio enrollado entonces de Malasaña, muy cerca de la cafetería ‘La vía láctea’. A la vuelta nos encontramos con el carro abierto. Recuerdo que me robaron un chaqueta vaquera Levi´s 505, recién comprado en un viaje que hicimos a Biarritz, a la Francia liberal que nos atraía en aquellos años negros días de la España ‘imperial’. En ‘el otro lado’ nos hacíamos con libros de Hugh Thomas, Ian Gibson, Stanley G. Payne, Gerald Brenan…, quienes nos contaban nuestra historia de España más cercana a la realidad que la del ‘historiador oficial’ de entonces, Ricardo de la Cierva. Las crónicas de la época relatan el asfixiante calor que vivimos los más de 60 mil  espectadores que nos congregamos en el estadio del Atlético de Madrid en aquella tarde de julio. Mientras esperábamos a la salida de los teloneros, la J. Geils Band -que saltó al escenario con una hora de retraso, debido a los problemas de acceso al campo- los asistentes se duchaban con agua mineral, coca-colas y cualquier líquido que pudiera rebajar el bochorno. Los técnicos regaban con mangueras a los espectadores de las primeras filas.

Todo ello bajo la atenta vigilancia de un amplísimo dispositivo de seguridad: en torno a 600 policías nacionales y 500 municipales, según la crónica de ABC, que apenas tuvieron trabajo ya que los ‘rockeros’ -con comillas, como recogían los periódicos de la época- dieron una lección de civismo que pocos esperaban. Entre los asistentes, rostros muy conocidos como el entonces secretario general del PSOE y próximo presidente del Gobierno, Felipe González, o los músicos Ana Belén, Víctor Manuel o Ramoncín. Cuando Jagger, Richards, Wood, Wyman y Watts -sí, entonces todavía eran cinco- salieron al escenario, por un momento pareció que el mundo se iba a acabar. Como si estuviera preparado por un manager particularmente influyente, los cielos se abren en un tormentado apocalíptico: la cortina de agua es tan espesa que difumina el escenario. Una valla de uralita se derriba con estruendo, los rayos cruzan muy decorativamente por encima de las cabezas de la gente. Los racimos de globos que decoran el escenario caen sobre las primeras filas y los paneles laterales son sujetados a duras penas por los técnicos. Pero la banda arremete con fuerza ‘Under My Thumb’ como si nada estuviera pasando mientras el agua inunda el piso sobre el que Mick Jagger intenta mantenerse en pie. A estas alturas ya estaba claro que la lluvia no iba a detener a los Stones, que van desgranando un repertorio formado temas nuevos y clásicos como ‘You Can’t Always Get What You Want’, ‘Brown Sugar’ o ‘Angie’. Mick Jagger se cambia de ropa y corretea por el escenario como un chaval. “Da gusto pensar que tiene 38 años y todavía tiene humor para estas cosas”, decían los periodistas de entonces en sus programas radiofónicos. Cuando dos horas después del inicio del concierto, durante la interpretación de la inevitable ‘Satisfaction’, Mick Jagger salió envuelto en una bandera española, las 60 mil almas que llenábamos el Calderón teníamos ya el convencimiento de que habíamos asistido al concierto de nuestras vidas. Desde Madrid nos dirigimos a Pamplona. Allí logramos ‘sobrevivir’ un par de días. Recuperados, tras descansar unos días en el País Vasco, tomamos el tren en Hendaya… El Trastevere de Roma y Federico Fellini nos esperaban. Eran nuestros veranos locos de los ochenta. El concierto de Mick Jagger en Madrid de aquel 7 de julio de 1982 fue lo mejor que nos pudo pasar en nuestras vidas.

@SantiGurtubay

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