NEOLIBERALISMO CON OLOR A GAS

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ROBERTO HERNÁNDEZ GUERRA

 

Todo al usarse, acaba por desgastarse. Y no son la excepción las palabras. De tanto condenar al “neoliberalismo” se ha perdido su verdadero sentido, convirtiéndolo en un calificativo denigrante para los que no piensen igual a nosotros. Se le ha ligado íntimamente con la corrupción rampante de nuestros gobernantes de las últimas décadas y se perdió su verdadero sentido, el de un modelo económico con características muy específicas.

Desde luego que neoliberalismo y corrupción se combinaron en nuestro país, potencializando sus efectos; el resultado último fue pobreza y marginación en la mayoría de la población, reflejada claramente en una distribución de la riqueza a todas luces desigual.

Pero sin tratar de ser exhaustivos tratemos de señalar la esencia de dicho modelo, que a lo largo de más de tres décadas  echó raíces no solo en la economía sino también en la mente de los mexicanos y que cual mala yerba debemos extirpar.  Sus características las conocemos porque se aplicaron en México con singular alegría: privatización de empresas públicas, disminución del gasto social y libertad de mercado que llegó al libertinaje. En esencia se buscó privilegiar la mano invisible del mercado para la determinación de precios, inversiones y creación de empleos,  recurriendo cuando es necesario a la mano visible del estado para acallar descontentos. En el colmo de la enajenación, sus panegíricos nos han querido convencer de que únicamente el capital invertido genera riqueza, dejando a un lado la aportación del “trabajo”.

Un modelo que procura la ganancia de la empresa por encima de una más justa distribución del ingreso, soslaya al “mercado interno” porque éste se encuentra deprimido a causa de los bajos salarios. La apuesta fue convertirnos en un país maquilador y exportador, lo que lograron a final de cuentas.

Pero más allá de las teorías, veamos un ejemplo práctico de los resultados del modelo. La llamada “reforma energética” de Peña Nieto, lubricada por los funcionarios de Pemex no con aceites sino con billetes, liberó los precios del gas LP con el pretexto de que la competencia ajustaría los precios a la baja. Desde luego que ocultaron que a nivel nacional cinco empresas controlan el 50 % del mercado, lo que les permite establecer acuerdos de precios. En última instancia un “cártel del gas” como se le llama a ese tipo de asociaciones.

Siendo el gas LP un producto que emplean el 76 % de las familias en el país e insumo sustancial para  muchas actividades, el descontento general llevó en marzo de 2021 a la siempre complaciente con los monopolios, Comisión Federal de Competencia (Cofece) a emplazar a “a las diversas empresas y personas físicas por su probable responsabilidad en la realización de acuerdos ilegales para manipular precios o repartirse el mercado de la distribución y comercialización del gas LP”. Desde luego que ese emplazamiento y “la carabina de Ambrosio” sirvieron para lo mismo.

Para tener una idea del margen de ganancia de estos beneficiarios del “libre mercado”, basta comparar el precio superior a 25 pesos por kilo que pagamos en Quintana Roo recientemente, con los 12.50 pesos que según el Director de Pemex señala como costo para los distribuidores del gas LP.

La medida tomada por la Comisión Reguladora de Energía (CRE) de fijar precios máximos junto con el anuncio de la creación de la empresa pública “Gas del Bienestar” provocó la reacción del “pulpo gasero”; chantaje  que por fortuna no pasó a más. Desde luego que  los organismos empresariales consideraron su deber defender la sacrosanta libre empresa, criticando las medidas anunciadas por el Gobierno federal, pero seguramente la mayoría de la población estará de acuerdo que todo ese “sainete” tiene mal olor, “huele a gas”.

 

 

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