Los samuráis de ‘Yakuza’, la oscura mafia japonesa | EL BESTIARIO

Este es el retrato más íntimo de una de las organizaciones mafiosas más poderosas del mundo, que ‘enganchan’ al actor Jared Ledo y al director de cine Quentin Tarantino.

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

 

Este es el retrato más íntimo de una de las organizaciones mafiosas más poderosas del mundo. Por primera vez, un fotógrafo europeo, el belga Anton Kusters ha convivido con ellos, ha tenido acceso a sus campos de entrenamiento, a sus costumbres, y ha podido fotografiar a sus capos. El año en el que algunas leyendas sitúan la semilla del crimen organizado en Japón es el 1612. Por aquel entonces no se hacían llamar ‘yakuza’, no conducían coches de lujo, ni vestían trajes caros: en realidad, eran grupos de samuráis que defendían a los pequeños pueblos de los guerreros renegados, mercenarios que en tiempos de paz habían decidido pasarse al saqueo y la delincuencia. Los ‘machi-yokku’, como se llamaba a los servidores del pueblo que luchaban contra los ‘ronin’, son parte fundamental para entender las simpatías que siguen suscitando en parte de la sociedad japonesa los modernos ‘yakuza’… Los ‘machiyokku’ gustaban de la bebida y el juego, y fue esto último -si creemos la leyendalo que acabó dando nombre a los ‘yakuza’: en algunos dialectos, ‘ya’ significa 8; ‘ku’, 9, y ‘za’, 3. La suma de estos números, 20, es una de las peores manos del ‘hanafuda’, un antiguo juego de cartas. Con el nombre por bandera, los integrantes del grupo se catalogaban a sí mismos de perdedores: una curiosa forma de definirse. Ahora bien, otros afirman, en una versión que parece más fiable, que en realidad el crimen organizado nipón desciende directamente de los ‘kabuki-mono’, un grupo de samuráis que se distinguía por sus desmanes, su excentricidad, sus peinados, su forma de hablar y las largas espadas que pendían de sus cintos. Esta versión de la historia no gusta a la ‘Yakuza’, que se considera más la hija de los defensores del pueblo que de unos chiflados sin señor y de comportamiento anárquico que se dedicaron a sembrar el pánico en un Japón feudal. La anécdota, lejos de ser banal, ilustra la creencia de que este imperio del crimen (con cinco veces más efectivos que la mafia en Estados Unidos) se ve a sí mismo como un Robin Hood moderno que sabe cómo cuidar de los suyos por encima de cualquier otra consideración.

The Outsider’ es un thriller norteamericano dirigido por Martin Zandvliet con guion original de Andrew Baldwing. Está protagonizado por Jared Leto y cuenta la historia de un norteamericano que pasa a formar parte de la Yakuza japonesa. La película se estrenó también Netflix. La acción transcurre en el año 1954, después de la ocupación norteamericana de Japón tras la Segunda Guerra mundial. Nick Lowell (Jared Leto) es el único prisionero extranjero en una prisión de Osaka. La mayor parte de los presos son criminales miembros de diferentes clanes de la Yakuza, reconocibles por sus tatuajes Irezumi. Nick salva de morir ahorcado a un preso llamado Kiyoshi, miembro del clan Shiromatsu, que decide pagar su deuda con Nick liberándolo. Pero además el clan le propone un trabajo: Anthony Panetti, un comerciante de cobre estadounidense con una profunda aversión hacia los japoneses, se ha negado a negociar con el clan Shiromatsu, pero sí ha aceptado negociar con otro clan porque su interlocutor era norteamericano. Nick accede a ayudarles. Sin embargo, en el primer minuto de su entrevista con Panetti, Nick acaba golpeándole violentamente en la cabeza con una máquina de escribir… Jared Joseph Leto (Bossier City, Luisiana, Estados Unidos; 26 de diciembre de 1971), es un actor, músico, director y productor estadounidense. Leto además es vocalista, guitarrista, bajista, pianista, compositor y fundador de la banda de rock alternativo ‘30 Seconds to Mars’. Entre sus principales éxitos está la canción ‘The Kill’. Su debut cinematográfico se llevó a cabo en How to Make an American Quilt. Más tarde participó en las películas Secuestro (1997), Urban Legend (1998), La delgada línea roja (1998), Fight Club (1999), Requiem for a Dream (2000), Panic Room (2002), Alexander (2004) y Lord of War (2005) entre otras.

La ‘Yakuza’ tal como la conocemos hoy día nace a finales del siglo XIX, cuando Japón sufrió la transformación que le llevó de su pasado tradicional a la modernidad, en términos políticos y militares. De repente, las filas de la organización se llenaron de obreros deseosos de adquirir un nuevo estatus. El Gobierno reclutó a muchos de ellos con el propósito de controlar a sus adversarios políticos y los ‘yakuza’ empezaron a ser usados como fuerza de choque. Al mismo tiempo, su control de actividades como el juego creció y su presencia en todos los ámbitos de la sociedad japonesa se multiplicó. Antes de los años treinta, la ‘Yakuza’ asesinó a ministros y participó en varios golpes de Estado; y se reavivó después de la derrota de los nipones en la II Guerra Mundial. Tras la invasión americana, los aliados trataron de acabar con la organización, pero renunciaron en los años cincuenta: la ‘Yakuza’ estaba demasiada agarrada al pueblo como para que fuera posible separarlos. Cuatro siglos después, en la actual década y sea cual fuere la versión que uno desee creer, la mafia japonesa cuenta con más de 100.000 miembros integrados en 2.500 familias distintas y existen pocas dudas de su implicación en muchísimos sectores de la política y la sociedad nipona con tentáculos que se extienden por Japón, Asia y muchos otros países del mundo, incluido Estados Unidos. Sin embargo, muchas cosas han cambiado en el seno de la ‘Yakuza’ con el paso del tiempo: para empezar, la conexión de este colectivo con la política, un ‘amigo’ imprescindible para asegurar la continuidad de sus múltiples negocios. Un vínculo fortalecido por los años y que sigue vigente. Otro asunto es el cambio en muchas familias, cuyos miembros más jóvenes no respetan los estrictos códigos de honor que han regido la organización durante años y que no sienten aprecio por la vieja escuela. Esto último preocupa por igual a los ‘yakuzas’ veteranos, a políticos y especialmente a las fuerzas del orden, que ven cómo sus relaciones con el crimen organizado pueden irse al traste de un momento a otro y dar paso a un caos desconocido por estos lares.

Aun así, parece que la tradición sigue manteniendo su jerarquía en las principales familias a lo largo y ancho de Japón, con Tokio como base de operaciones. Una de esas familias, los Shinseikai, que controlan el famoso distrito rojo de la capital nipona, ha permitido al fotógrafo Anton Kusters convivir con ellos durante casi 1.000 días. “Cierto es que la ‘Yakuza’ no es tan opaca como otras organizaciones criminales. Pero dejar al descubierto los movimientos de sus mandos, de sus jefes, es algo que nunca había sucedido antes, al menos con un extranjero. Penetramos con cámara en estancias llenas de humo, asistimos a rituales privados, paseamos por campos de entrenamiento en paradero desconocido y hasta nos colamos en el funeral de un jefazo”. “La primera vez que vi a un ‘yakuza’ fue en Kabukicho”, sigue explicando Kusters, “estaba sentado con mi hermano Malik en un bar. Hasta ese momento veíamos a la Yakuza como todo el mundo: un grupo de locos con tatuajes que iban por ahí con espadas y pistolas matándose entre ellos a la menor oportunidad”, afirma el autor en el prólogo de “Odo Yakuza Tokyo”, el libro que ha surgido de esta aventura. Él mismo se ríe cuando habla desde Bélgica y se le comenta este detalle: “La verdad es que sí que pensaba que eran así, chalados con armas, nunca me había tomado la molestia de estudiar el tema a fondo. Ahora pienso que no es blanco y negro, que hay un montón de grises. Pueden ser buenos y pueden ser monstruos… pero también creo que cuando son buenos es para evitar el peso de la ley”. En 1986 y en su imprescindible libro “Yakuza” (publicado después en 2003 en una edición extendida), los periodistas estadounidenses David E. Kaplan y Alec Dubro dejaban al descubierto el entramado de la organización criminal. Cuatro años de investigación y centenares de entrevistas cimentaron una obra esencial para comprender el poder y la expansión de la ‘Yakuza’ en toda el área del Pacífico. Kaplan y Dubro llegaron tan lejos por lo que se refiere a nombres, fechas y cifras que su obra estuvo prohibida en Japón hasta 2001. Los tiempos han cambiado y aunque aquel libro enseñó a los gánsteres nipones a salvaguardar su intimidad con más recelo, lo cierto es que algunos capos nunca han podido renunciar a un cierto nivel de exhibicionismo en su relación con la prensa. “Es bastante sencillo ir a Tokio, pasarte una semana allí y volver con algunos buenos retratos”, cuenta el que ha sido invitado de lujo del submundo nipón. “En ese sentido, la ‘Yakuza’ es bastante accesible. Lo que yo le pedí a la familia Shinseikai era un proyecto a largo plazo. Quería permanecer con ellos, aprender sus costumbres. Creo que esa fue la clave, decirles que quería aprender de la subcultura ‘yakuza’ y de la cultura japonesa, que no tenía prisa. Además fui muy específico con mis intenciones, les expliqué claramente por qué quería hacerlo, y todo lo hice con mucho respeto. Creo que también fue muy importante el hecho de que soy un fotógrafo europeo. No quería dar un tratamiento sensacionalista, quería hacer algo distinto”.

La Yakuza es sobre todo una forma de vivir: los jóvenes buscan un sentimiento de pertenencia a algo más grande, más poderoso que ellos; para los veteranos, los jóvenes representan una oportunidad de pasar sus enseñanzas. Pero además algunos buscan buena prensa en el mundo exterior, como si hubieran aprendido el arte de caminar por el lado bueno y el malo de las cosas al mismo tiempo. Lo mejor, por decirlo de alguna manera, es la sutilidad, los detalles, que es algo que normalmente nos perdemos. Tardé más de 10 meses en aprender a mirar… recuerdo la primera vez que tuve la oportunidad de fotografiarles: era un viaje de cinco horas en coche a la prisión de Niigata con varios miembros de la familia que iban a recoger a dos ‘yakuza’ que salían de la cárcel. Si hubiera un medidor de tensión en el aire, creo que ese día se hubiera roto”, dice el belga. A pesar de ello, aclara que nunca presenció ningún acto de violencia, un elemento muy presente en la vida de la Yakuza, y que esto le ahorró “un montón de problemas” ya que había pactado una cobertura sin restricciones de las actividades de la organización. “¿Si tuve miedo? Lo que daba miedo era pensar lo que estaba pasando en realidad. A mí me enseñaron lo que yo llamo la ciencia de la violencia: los campos de entrenamiento, los combates… Debido a los detalles del acuerdo, estaba claro que no iba a ver peleas o nada parecido. ¿Miedo de revelar detalles delicados o secretos? De existir, lo debería tener yo. Si digo algo que rompa nuestro acuerdo, no tengo duda de que vendrían a por mí. Que ejercen la violencia física es algo seguro, en eso no me llevo a engaño”. La ‘Yakuza’ ya no es lo que era, ahora la mayoría de sus inversiones son legales, su dinero se encuentra en empresas respetables y sus miembros -aunque extremadamente peligrosos no son percibidos como esos samuráis de pelo raro que atormentaban a las aldeas hace varios siglos. Eso no significa que hayan dejado atrás el control del tráfico de drogas o la prostitución, sino simplemente que dejan que los novatos se ensucien las manos mientras la vieja guardia cuenta los billetes.

Cuando ‘Kill Bill: Volumen 1’ se estrenó en octubre de 2003, los amantes de las artes marciales, las catanas y la cultura nipona en general crecieron notoriamente. Escrita y dirigida por Quentin Tarantino, narra la historia de una mujer embarazada que es casi asesinada en el ensayo de su boda y, tras cuatro años de coma, despierta pensando solo en la venganza. Esta se llevará a cabo en Japón en la primera parte de esta obra de culto del director americano. Uma Thurman tuvo que prepararse a conciencia y se entrenó en varias disciplinas de artes marciales, aprendió el manejo de diferentes tipos de espadas japonesas y estudió el idioma. Las referencias a la cultura, al cine y a la tradición niponas en el largometraje son tan numerosas que el propio Tarantino ofreció una recompensa de un millón de dólares al que se las enumerara en su totalidad (incluyendo las dos entregas). Que se sepa, actualmente el premio está desierto:

La escena más importante de ‘Kill Bill: Volumen 1’ es una gran batalla en la que la protagonista, ‘La Novia’, se enfrenta a los ‘yakuza’ que forman el grupo ‘Los 88 maníacos’. El festival de sangre se desarrolla en un restaurante típico japonés y fue editado en blanco y negro para salvar la censura en todo el mundo salvo en Europa y Japón. Este local existe en realidad y está abierto al público. Se llama ‘Gonpachi’, está situado en el barrio tokiota de Minato y, además de ser famoso por ser el escenario de la gran matanza de la película, es muy conocido por sus excepcionales ‘soba noodles’. Soba es la palabra japonesa para el trigo sarraceno, sin embargo, se utiliza más comúnmente para referirse a los fideos finos empleados en la cocina japonesa elaborados con harina de dicho grano. Se sirven fríos con una salsa o caldo en que se los sumerge, o en caldo caliente como el ramen. El maestro artesano de catanas, que ayuda a ‘La Novia’ a hacerse con una de estas armas, está interpretado por Sonny Chiba, un icono del cine de artes marciales de los 70 y también fabricante de espadas japonesas. La secuencia de la llegada de ‘La Novia’ a Tokio en avión está grabada con la técnica de las películas japonesas de ‘kaiju’ de los años 60, como ‘Godzilla’, y consiste en la utilización de pequeñas maquetas de cartón. Precisamente, la ciudad de Tokio que aparece en esta escena es una de estas miniaturas que los Estudios Toho usaron en las producciones del monstruo nipón más famoso. En los créditos de inicio del largometraje de Quentin Tarantino, se incluye una dedicatoria al director japonés Kinji Fukasaku, creador de la popular película ‘Battle Royale’. En este film, donde Takeshi Kitano interpreta el personaje principal, unos adolescentes de un instituto tienen que matar para vivir en una macabra competición. Una de estas estudiantes, llamada Gogo e interpretada por la actriz Chiaki Kuriyama, aparece también en ‘Kill Bill’, de la mano de la misma intérprete y enfrentándose a la protagonista con la misma arma que tenía en la obra de Fukasaku: una gran bola de hierro con púas atada a una cadena. El estilismo de ‘La Novia’ en la primera parte de ‘Kill Bill’ tampoco es casual. Está inspirado en un traje amarillo y negro que lleva Bruce Lee en la película ‘The chinese connection’, de 1972. ‘Kill Bill: Volumen 2’ está protagonizada por Uma Thurman y David Carradine. Las dos películas siguen a un personaje inicialmente identificado como ‘La Novia’, exmiembro de un equipo de asesinos, que busca vengarse de sus excolegas que masacraron a los miembros de su fiesta de boda e intentaron matarla. La película a menudo se destaca por su estilo de dirección y su homenaje a los géneros cinematográficos como las películas de artes marciales hongkonesa, las películas de samuráis, spaghetti western, chicas con armas, y cine de violación y venganza.

Érase una vez en… Hollywood, de Quentin Tarantino’, compitió en el último festival de Cannes, cuya 72ª edición arrancó el 14 de mayo del 2019. Thierry Frémaux, delegado general del certamen, confirmó la presencia del director y actores estadounidenses. Quentin Tarantino ganó la Palma de Oro, en 1994, con la mítica ‘Pulp Fiction’: “Temimos que la película, que se estrena finales de julio, no estaría lista, pero Quentin Tarantino, que no ha abandonado la sala de montaje en cuatro meses, es un auténtico hijo de Cannes, fiel y puntual”. Además, junto a Tarantino visitaron el certamen Brad Pitt, Margot Robbie y Leonardo DiCaprio, sus protagonistas. Según su sinopsis, el protagonista del filme -que se desarrolla en Los Ángeles en 1969-, Rick Dalton (DiCaprio), es un actor de series de wésterns en televisión venido a menos. Su mejor amigo es su doble en las secuencias de acción, Cliff Booth (Pitt). La pareja intenta abrirse camino como puede en un Hollywood en el que Dalton ya no conoce a nadie, por culpa de los vientos de cambio. Justo como el que sale de la casa de al lado de Dalton, ocupada por una de esas nuevas estrellas, una actriz llamada Sharon Tate, encarnada por Margot Robbie, ex esposa de Roman Polanski, director de cine de origen judío, nacido en Francia, y que fue asesinada por ‘La ‘Familia’ de Charles Mason. Era la madrugada de 9 de agosto de 1969. Sharon Tate estaba a dos semanas de dar a luz.

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