Los ‘Republicanos’ de Felipe VI | EL BESTIARIO

España está orgullosa de Juan Carlos I, el Rey de la ‘Transición Democrática’ y sus desmanes sexuales; su yerno, Iñaki Urdangarín, era el novio preferido por las suegras; los dos son bandoleros del siglo XXI para la Hacienda, los ‘Coronavirus’ de la monarquía constitucional

 

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Ha sido tan la intensa vida amorosa del ‘Don Juan Tenorio’ de la globalización y todavía marido infiel de la sufrida Sofía de Grecia, que es una ‘Misión Imposible’ el diferenciar el rumor de la realidad. Durante muchos años, gracias al silencio cómplice de los ‘mass media’ eran ‘secretos de Estado’ los romances extramatrimoniales con protagonistas de la farándula cultural como la actriz alemana Nadiuska, secundera en ‘Conan el Bárbaro’, con Arnold Schwarzenegger, la italiana presentadora y cantautora de ‘Fiesta’ Raffaella Carrá, la ‘Evita’ madrileña y Premio Granmy Latino Paloma San Basilio o hasta la manchega ‘violetera’ Sara Montiel. En la larga ‘Lista Schindler’ del romántico José Zorrilla, aparece la mismísima Diana de Gales, esposa entonces del eterno jubilado aspirante a la Corona Británica hasta que su madre Isabel II del Reino Unido lo quiera, Carlos de Gales. Las relaciones ‘reales’ fueron con la diseñadora balear Marta Gayá, la princesa de origen danés Corinna zu Sayn-Wittgenstein, y la vedette y ex esposa del domador de tigres Ángel Cristo, la locuaz y cruel Bárbara Rey: “Estas son dos tetas y no las de la Reina”.

Finales de agosto de 1992. Recién acabados los Juegos Olímpicos de Barcelona y con la Expo de Sevilla todavía en su esplendor. El entonces jefe de la Casa del Rey, Sabino Fernández Campo, llama por teléfono al periodista Jaime Campmany. La revista Época, que él dirigía, acababa de sacar al mercado su número 392 con el título ‘La dama del rumor: Atribuyen al Rey una relación sentimental con Marta Gayá, con foto en portada de esta última y firmada por mí’. Sabino le cuenta a Campmany que le llama desde el punto de vista personal, no como jefe de la Casa del Rey: “Mira, Jaime, te llamo desde el punto de vista humano; la reina está rota, no para de llorar, no hay persona que pueda consolarla. Te pido, desde nuestra amistad, que dejes de publicar más cosas sobre el rey y Marta Gayá, es lo único que podemos hacer por la reina como mujer”. Más de un cuarto de siglo después, la historia se repite. La reina emérita, doña Sofía, presidía junto a don Juan Carlos y los reyes Felipe y Letizia el acto de entrega de los Premios Nacionales del Deportes y que se celebró en el Palacio de El Pardo. Ese mismo día, la periodista Pilar Urbano contaba a través de sus ‘Cuadernos Cerrados’ la historia de cómo un diamante de dos millones sirvió de prenda entre Bárbara Rey y Juan Carlos. Tanto en los prolegómenos como después del acto de entrega de los deportivos galardones, se podía atisbar a una reina Sofía triste, abatida y apagada. Un pequeño círculo de personas próximas comentaba en privado que estaba desolada. Y así, incluso, lo comentó ella en audiencia privada: “Lo estoy pasando muy mal”. Se refería a la aparición de nuevo en los medios de comunicación de los amoríos del rey Juan Carlos. La reina se refugia cada vez más en su propia familia, siempre tan unida y ahora protectora de doña Sofía: su hermano Constantino, su hermana Irene y su prima Tatiana. Reside sola en España e intenta llevar con el mayor temple posible el revuelo mediático, aunque no siempre lo consigue.

En la intensa vida amorosa de don Juan Carlos lo más difícil es diferenciar el rumor de la realidad, habida cuenta de los infinitos rumores que han circulado durante años apuntando nombres tan variopintos como Nadiuska, Raffaella Carrá, Paloma San Basilio o hasta Sara Montiel, sin olvidar algo tan absolutamente improbable como un posible flirteo con Diana de Gales; sin duda, fruto de fantasías muy fértiles. Pero las relaciones con Marta Gayá, Barbara Rey y la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein han sido más que suposiciones. Durante muchos años, la decoradora Marta Gayá formó parte del núcleo duro de amistades que rodeaban al rey don Juan Carlos en Mallorca, junto al príncipe Tchokotua y su entonces mujer Marieta Salas o el aristócrata-escritor José Luis de Villalonga. Un grupo en el que el primer requisito era la discreción, y en el que entraban y salían “otros amigos” dependiendo de su “prudencia”. Cualquier filtración o rumor era suficiente para que se le “expulsara” del mismo. En este punto Marta Gayá siempre lo ha cumplido a rajatabla. Siempre ha sido muy difícil captarla en cualquier acto público junto al monarca. Hija de una acaudalada familia mallorquina con recursos económicos propios, se casó muy joven con un ingeniero de renombre, de quien tiene una hija y del que se divorció al poco tiempo.

Conoció a don Juan Carlos en 1978 y su relación más íntima comenzaría más tarde, a finales de los años 80, aunque su nombre no saltaría a la prensa hasta 1990, tras un cúmulo de circunstancias. El monarca empezó a descuidar las obligaciones familiares e, incluso, las oficiales. En un principio sus encuentros eran protegidos con gran cautela, los periodistas que cubrían la información en Mallorca siempre estaban atentos a cualquier salida de don Juan Carlos, pero públicamente nunca se le vio con Marta. Pero la relación empezó a tener consecuencias políticas y se convirtió en un serio conflicto cuando el rey desapareció del mapa. Fue el expresidente socialista Felipe González, quien el 18 de junio de 1992 a la pregunta de un periodista sobre el nombramiento del ministro que sustituiría en Asuntos Exteriores a Francisco Fernández Ordóñez, tras la renuncia de este el 2 de junio de 1992, apenas dos meses antes de su fallecimiento, quien levantó las sospechas: “No he podido hacerlo porque el rey no está”. Don Juan Carlos regresó un sábado por la mañana, despachó con el entonces presidente socialista Felipe González antes del mediodía y comió en privado con el presidente de Sudáfrica, Fredierik De Klerk, que estaba en Madrid de visita oficial. Por la noche ya estaba de nuevo en Suiza. Dejó plantada, sola, a doña Sofía, entre lloros.

En las relaciones personales del hoy rey emérito cabe diferenciar tres épocas claramente marcadas. La primera, los años de su vida entre Estoril y Madrid previos a su matrimonio. Años que incluyen desde los primeros devaneos de la adolescencia con jóvenes de su entorno, como una de las hijas de la familia Posser de Andrade, hasta con la bella, avanzada y moderna aristócrata belga Chantal Stucky de Quay, hija del conde Stucky de Quay, luego casada y divorciada del español Alberto Coronel y ahora dueña de una tienda de tono en Estéril. O su sonadísimo romance, de fuerte carga sexual, con Olghina Nicolis de Robilant. De él anduvieron enamoriscadas las princesas Isabelle y Hélène de Orleans, hijas de los condes de París, pero aquello, como el romance real y continuado en el tiempo con la princesa Maria Gabriela de Saboya, fueron seguramente relaciones más platónicas y dentro del orden de lo conveniente en los circuitos regios que otra cosa. La relación con la “frívola” Olghina Nicolis de Robilant duró hasta su boda con doña Sofía en 1962. Según los especialistas en Casa Real, “ninguno de aquellos amoríos debió de ser exclusivo sino simultaneado”. También se habló por entonces de la bella Charo Palacios, luego condesa de Montarco y musa de Elio Berhanyer, de quien se dice que durante años tuvo una gran influencia sobre él, aunque sus amoríos fueron en los tiempos de Estoril.

La segunda época es la que va desde su matrimonio con la reina hasta la muerte de Francisco Franco. Fueron años sin duda más sobrios pues el dictador, que tenía al príncipe sometido a un estricto control, no hubiera permitido devaneos de ese tipo. Dicen que lo que pudiera haber por entonces habría tenido lugar con más probabilidad en viajes fuera de España. A eso hay que añadir la parca economía de los príncipes en aquellos años. La tercera época es la que comienza con el reinado y la libertad de acción que eso le permitió en base a su código moral. La primera gran quiebra de la pareja tuvo lugar en enero de 1976 cuando doña Sofía, aparentemente enterada de una sonada infidelidad, se marchó a la India llevándose con ella a sus tres hijos permiso explícito del Gobierno. Aquello dio lugar a una gran rumorología, y se cubrió bajo la pantalla de un viaje de la reina y sus hijos a la ciudad de Madrás para visitar allí a su madre la reina Federica de Grecia. Parece que aquella marcha de la reina se debió a una relación del rey con una folclórica, que podría haber sido Sara Montiel.

Pero las tres relaciones importantes de las que se tiene constancia, por ser las que se mantuvieron por más largo tiempo, son las conocidas: Bárbara Rey, Marta Gayá y Corinna zu Sayn-Wittgenstein. La primera relación seria del monarca fue con Bárbara Rey, antes que con Marta Gayá. Comenzó a principios de la Transición Democrática. Se hicieron amigos por medio de Adolfo Suárez, otro amigo de la entonces vedette en una etapa en la que ella apoyaba al líder de UCD (Unión de Centro Democrático). La relación, iniciada a comienzo de los años ochenta, continuó de manera intermitente a lo largo de muchos años, hasta que un buen día, en el mes de junio de 1994, don Juan Carlos, con frases amables, le hizo saber que la historia había acabado. Pero Bárbara no estaba dispuesta a pasar página tan fácilmente, y más de dos décadas después siguen saliendo más detalles a la luz.

Mientras que la relación del monarca con Bárbara Rey fue intermitente, la unión con Marta Gayá fue una relación casi matrimonial que se alargó en el tiempo hasta la aparición de la ínclita Corinna zu Sayn-Wittgenstein, la “amiga entrañable”. La princesa alemana (de soltera Corinna Larsen) y don Juan Carlos se conocieron en una cacería en Ciudad Real, en el año 2004. Ella, aunque aún no se había divorciado de su segundo marido, hacía ya vida separada. Desde entonces mantendría una larga relación con el rey Emérito no exenta de altibajos. Don Juan Carlos la introdujo en los círculos de la buena sociedad madrileña presentándola en cenas, acudiendo a monterías e incluso formando parte de la comitiva real en viajes de Estado. Tras estudiar Relaciones Internacionales en Ginebra, marchó a París con 21 años para trabajar. Tres años después contrajo matrimonio con Philips Adkins, padre de su primera hija y hombre de confianza del rey en la actualidad. De hecho, estaba en la cacería de Botsuana junto al monarca y Corinna. En el año 2000, Corinna se convirtió en princesa consorte al contraer matrimonio con Johann Casimir zu Sayn-Wittgenstein. El acuerdo de divorcio permitió a la aristócrata utilizar el título de princesa y el apellido de la familia de su ex de manera vitalicia, algo que ha utilizado para sus negocios. El campo de acción de zu Sayn-Wittgenstein siempre ha estado principalmente en el Golfo Pérsico y los países de la extinta Unión Soviética. Hay que recordar que la princesa era una de las organizadoras de cacerías para estos magnates a través de la influyente armería británica, Boss, de la que era directora general.

Durante mucho tiempo la vida privada del monarca español sólo se publicó en revistas internacionales. Por ejemplo, el periódico inglés The Daily Telegraph no dudó en airear el gusto del Rey por las mujeres. Hoy, la prensa española ya acapara en sus portadas los supuestos escándalos sentimentales. Con el paso de los años parece que la relación con Marta Gayá ha sido una simple anécdota al lado de todo lo que ha venido. El rey Juan Carlos I ha estado considerado durante años en Europa como un ‘bon vivant’. Como ya es de sobras sabido, Bárbara Rey fue la amante -o una de ellas- de Juan Carlos I durante años. Al otro lado, se encuentra la Reina Sofía, la engañada por su marido, y que hoy en día sigue pasándolo mal por aquellos hechos, todavía más cuando toca revivirlos sí o sí. Desconocemos si la Reina emérita y la vedette se han visto muchas veces en su vida, pero de las no demasiadas ocasiones en las que Bárbara Rey ha dicho algo sobre el tema, no lo ha hecho precisamente con compasión o respeto… “Pues yo podría llevar mejor que otras el título de reina”, en clara referencia a la mujer de Juan Carlos I. Como buena amante quería ocupar el puesto de la esposa oficial. Otra locura de la Rey, cuyo apellido no era ‘noble’, y mucho menos, sus frases nada respetuosas y benévolas con la Corona. “Estas son dos tetas y no las de la Reina”, afirmaba un día sí y el otro también la cabaretera. Bárbara Rey tvo que defenderse de acusaciones de haber realizado grabaciones “con finalidad intimidatoria” contra Juan Carlos I. La prensa rosa abrió la veda de ‘caza’ contra la Familia Real, uno de cuyos ex integrantes, Iñaki Urdangarín, es desde hace meses atrás reo real, por corrupción de dinero público. Su esposa, la todavía Infanta de España, Cristina de Borbón, ha visitado la cárcel para ver al yerno más importante de la España post dictatorial. Todas las suegras soñaban con tener a un Iñaki en casa. Hoy no le quieren. Quereres compatibles en la España profunda de nuestro Federico García Lorca y ‘La casa de Bernarda Alba’, una obra teatral en tres actos de quien fuera asesinado por los falangistas de 1936, en pleno Golpe de Estado del Caudillo Franco.

La Casa del Rey difundió el domingo, 15 de este mes de marzo, un comunicado en el que Felipe VI hacía pública la renuncia a la herencia de su padre, don Juan Carlos, y retiraba a este la asignación económica prevista en el presupuesto de la Jefatura del Estado. Estas decisiones responden a las informaciones publicadas sobre la existencia de dos fundaciones en el extranjero en las que el Rey emérito aparece como beneficiario y no declaradas en España, una de las cuales habría recibido pagos de Arabia Saudí y en la que, sin su conocimiento, aparecería el rey Felipe VI, también como beneficiario. La gravedad de unos hechos presuntos sobre los que ya trabaja la justicia no puede ser minimizada con la excusa de proteger el sistema constitucional de 1978. Felipe VI ha tenido sus Annus Horribilis, Años Terribles, por acciones protagonizadas por miembros de su propia familia, por su cuñado Iñaki Urdangarín y su esposa Cristina de Borbón, y por su propio padre Juan Carlos I.

La ‘sangre azul’ de la realeza no la inmuniza del bandolerismo que acompaña a las élites políticas, económicas, culturales, sociales… de nuestros siglos XX y XXI. Los asaltantes de las diligencias que trasportaban oro, joyas, dinero y otros enseres, en el pasado siglo XIX, caracterizados en series televisivas como ‘Curro Jiménez, con largas patillas, despeinados y con barbas de varios días, subidos a sus caballos y armados de trabucos, todos miembros de las plebes, que querían emular al anglosajón Robin Hood, se han transformado en reyes, príncipes, presidentes, empresarios, políticos, policías… Ante los desmanes de Iñaki y Juan Carlos en España, y sus problemas, con el primero en la cárcel y el segundo a punto de ser llamado por los jueces, la plebe, el pueblo, carcajea…

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