LOS INTELECTUALES ORGÁNICOS Y LA 4 T

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ROBERTO HERNÁNDEZ GUERRA

 

La comedia desarrollada alrededor del cese, nombramiento y posterior defenestración de quien debe encargarse de las relaciones culturales en la Embajada mexicana en España, nos debe permitir más allá de lo anecdótico, entender el papel de los “intelectuales orgánicos” en la sociedad.

Que el funcionario de la Secretaría de Relaciones Exteriores responsable de dicha área, haya demostrado en un principio “celo” excesivo al cesar a quien criticara a un funcionario de segunda, para acto seguido sustituirlo con una escritora más conocida por los “memes” burlescos a la figura del Presidente que por su obra escrita, únicamente puede ser explicado por falta de sensibilidad política. Sus acciones dieron pie a que los “puros”, llamados por algunos “falderos” por buscar un relevo de género para el 2024, deslizaran la idea de que el Canciller, el otro aspirante, era el culpable del desaguisado.

Pero más allá de la comedia que se convirtió en tragedia para el responsable que “pagó los platos rotos” entregando su “renuncia voluntaria”, veamos la importancia que los intelectuales tienen para justificar cualquier modelo económico, político y social, buscando legitimarlo y reproducirlo “por los siglos de los siglos…” A final de cuentas los involucrados en el “sainete de la embajada” forman parte de ese grupo, fustigado frecuentemente en las “conferencias mañaneras”.

Cabe señalar que los “intelectuales orgánicos”, como los denominó el filósofo italiano Antonio Gramsci, no están solos en esta labor de legitimación; son acompañados por escuelas, Universidades, medios de información, organismos de la llamada sociedad civil y en general por quien pueda servir al mismo fin.

Si retrocedemos en el tiempo, antes que los tecnócratas impusieran el neoliberalismo económico y sus secuelas culturales, el “nacionalismo revolucionario” del que presumían los gobernantes en turno,  tenía sus legitimadores; desde novelistas, ensayistas, periodistas, muralistas y cuantos pudieran aportar algo al proceso de consolidación de la hegemonía de quienes detentaban el poder. Claro que a diferencia de Krauze, Aguilar Camín y demás “compañeros de viaje”, no privilegiaban los valores individuales sino los colectivos; era la narrativa de la revolución mexicana la que se reproducía.

En todos los casos, la función de los intelectuales orgánicos es crear los consensos para que no se necesite utilizar la fuerza para controlar a una sociedad. Y muy buen trabajo realizaron en los 36 años en los que neoliberalismo y corrupción, dejaron como saldo al país diferencias sociales que se profundizaron al extremo. Desde luego que la legitimación en las urnas no impidió que el descontento se desbordara por otra vía como fue la de la delincuencia.

Pero de que otra forma, sino por la labor de quienes dirigieron el pensamiento, las aspiraciones y la voluntad política de los mexicanos sirviendo los intereses de una “élite” corrupta, podamos explicarnos que se acepte con naturalidad que las dos terceras partes de los trabajadores reciban ingresos que no rebasan los dos “salarios mínimos” por día; en este momento poco más de 280 pesos, inferior al de los deprimidos países Centroamericanos y sin comparación con los 15 dólares por hora de trabajo en el vecino país del norte. Esa labor se manifestó también entre gran parte de la “clase media”, haciendo que este sector adoptara los valores del grupo minoritario, generando una “falsa conciencia” de comunidad de intereses y una concepción del mundo ajena a su realidad.

A final de cuentas, sólo nos queda especular si el proyecto que promueve  Andrés Manuel López Obrador tendrá tiempo de generar y multiplicar sus propios “intelectuales orgánicos” para ampliar el consenso social, antes de que el reflujo del pasado provocado por quienes están perdiendo sus privilegios y por los “tontos útiles” que los acompañan, barran con los cambios realizados y con las esperanzas de la mayoría de la población.

 

 

 

 

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