ROBERTO HERNÁNDEZ GUERRA

No cabe duda de que los dichos populares reflejan la realidad. Las abuelas nos prevenían con algunos de ellos: “quien con lobos anda, a aullar aprende” y que “a  quien anda entre la miel, algo se le pega”. Pero tal parece que el periodista Carlos Loret de Mola hizo caso omiso a estas recomendaciones y se decidió a trabajar al “alimón”, como dirían los cronistas taurinos, con el payaso Brozo, cuyo humor se caracteriza por el sarcasmo, esto es por la ironía y crueldad con que humilla e insulta a sus objetivos.

Pero a don Carlos, al trabajar como “patiño” del “payaso tenebroso”, lo que se le pegó fue una vena de humorismo involuntario que se caracteriza por hacer reír sin buscarlo. Para muestra basta un botón y éste fue la acusación en uno de sus recientes artículos periodísticos de que las obras que se realizan en Palenque, Chiapas, como parte del proyecto del Tren Maya, tienen como objetivo incrementar la plusvalía de la quinta que Andrés Manuel López Obrador posee por esos rumbos.

Pero veamos donde, a nuestro juicio, se puede encontrar lo risible. Considerar que el objetivo de este proyecto ferroviario está ligado a los intereses personales del presidente de la república, es repetir un rumor que se dio en otra época y con un presidente muy diferente, Porfirio Díaz. En aquellos tiempos, las malas lenguas corrieron el rumor de que la construcción del ferrocarril del Istmo tuvo por objeto facilitar la visita del mandatario a la casa de su presunta amante, doña Juana Catalina Romero, ya que la vía pasaba junto a la propiedad de dicha señora. Tan poco serio es esto, como lo que Loret pretende hacernos creer.

Pero hagamos un poco de historia. Doña Juana Cata, como se le llamaba, fue una mujer de gran belleza y especial talento para los negocios. Tuvo amistad con el Coronel Díaz, entonces Jefe del Departamento político del Distrito de Tehuantepec en tiempos de la guerra de Reforma. Posteriormente, cuando la estrella de aquel Porfirio brillaba en el firmamento nacional mantuvo una buena amistad con el  mandatario, pero sin que se supiera de amoríos y desvaríos. La honorable dama, víctima de la maledicencia de antaño, era la mayor comerciante de la región y una innovadora en el desarrollo de la tecnología en sus plantaciones de caña de azúcar.  En una época en que se privilegiaba la sumisión de las mujeres, el éxito económico de una de ellas, fruto de su esfuerzo, era imperdonable. Apetitoso botín para los misóginos de ayer, de hoy y de siempre. Y no sé la razón, pero se me vino a la memoria la imagen de la famosa “reata” de Brozo, a  la que no se le permitía hablar, pero sí exhibir su cuerpo, en el programa del comediante.

Atribuir una obra como el ferrocarril del Istmo, trascendente en el pasado para el desarrollo de dicha región, a veleidades e intereses personales, era tan risible como la que hace el periodista yucateco, hoy avecindado en Norteamérica y desde donde lanza sus dardos envenenados. Sin duda que a falta de elementos para una crítica seria, cualquier cosa puede servir.

¿Y que nos falta por leer al respecto, en los escritos del citado comunicador?  No sería nada extraño que completara sus acusaciones señalando que no solo es el aumento de la plusvalía la que lleva a desarrollar el proyecto del Tren Maya. Que así como a Porfirio Díaz buscaba la comodidad de llegar directo, por la vía del tren del Istmo, a casa de su amada, el actual ocupante del Palacio nacional, cuando termine su mandato y se retire a Palenque, quiera tener la facilidad de visitar Cancún para tomar sus vacaciones ya que la estación del ferrocarril le quedará a la vuelta de la esquina. Y que importa el tamaño de la mentira, pues como dicen las malas lenguas: “lo que no mancha, tizna”.

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