LAS OTRAS EPIDEMIAS

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Roberto Hernández Guerra

 

Hablar de otras epidemias en momentos en que la Península sufre un rebrote del COVID, sin duda la tercera ola, es de tan mal gusto cual mencionar la “soga en casa del ahorcado”. Pero no nos queda más remedio y nos disculpamos, porque si bien para esta enfermedad ya existen vacunas que le hacen frente y evitan la gravedad y la muerte, las otras hasta ahora carecen de ellas; por esta razón es ineludible estar al pendiente de su propagación.

¿Y cuáles son estas plagas  que se abaten sobre la población de nuestro país? Dos, sin duda alguna: la de enfermedades crónicas y la desinformación conocida como “infodemia”. Y “aunque usted no lo crea”, siguiendo al clásico Ripley, ambas están relacionadas entre sí.

Hablemos de la primera. Las estadísticas oficiales nos señalan que la tercera parte de las muertes ocurridas anualmente en México, alrededor de 250 mil, son causadas por la dieta alimentaria, el tabaco y el alcohol. “Somos lo que comemos” es algo que nadie discute; el problema es que no seleccionamos libremente y si adquirimos alimentos chatarra es porque eso es lo que nos ofrecen. El resultado es el penoso 1-2, empleando el lenguaje deportivo, que tenemos a nivel mundial: primer lugar en obesidad infantil y segundo en la de adultos.

Pero analicemos como llegamos a esta situación, que de lo personal repercute en lo social por los efectos que ha tenido sobre el sistema de salud pública. Y aquí entra en juego el cambio de paradigma que se dio a nivel mundial a partir de los años ochenta; esto es el regreso del pensamiento desregulador con su “dejar hacer, dejar pasar”, de la mano de Ronald Reagan y Margaret Tatcher, dejando las  manos libres a las grandes corporaciones internacionales para lucrar con el sistema alimentario. La “mano invisible del mercado” definiendo lo que debíamos comer, por encima de la obligación del “Estado” de velar por la salud. “Libertad de Elegir” como consigna y título del libro de Milton Friedman, uno de los impulsores de esa corriente de pensamiento; neoliberalismo a secas, aunque parezca repetitivo.

Analizar la incidencia de los alimentos ultraprocesados en la dieta de los mexicanos es muy sencillo; basta revisar los anaqueles de una tienda de conveniencia con tarifas subsidiadas de electricidad, para encontrar las frituras, falsos yogures, pastelitos y refrescos azucarados que contienen. En el consumo de éstos últimos también tenemos un lastimoso primer lugar  promediando 173 litro por persona al año, un 40 por ciento más que el segundo lugar, nuestro vecino del norte. Por cierto, al beber un refresco embotellado de 250 mililitros estamos ingiriendo siete cucharadas de azúcar; imagine usted ponérselas a su tasa de café.

¿Y de la “infodemia” o propagación de falsedades que podemos decir?  Que a semejanza de las tradicionales pandemias también tiene su mecanismo de propagación y niveles de virulencia, a los que podemos agregar sujetos propagadores y replicadores. Lo difícil es contar con formas de combatirlos a semejanza de las vacunas. Está comprobado que el cerebro humano tiene preferencia por lo negativo, lo mórbido, por encima de lo positivo y eso permite la rápida propagación de cuanto pertenezca al lado oscuro de las cosas. Los medios tradicionales de información han hecho uso y abuso de dicha técnica: insistir en el desabasto de medicinas y en magnificar las desafortunadas defunciones por COVID es parte de ella.

¿Y la relación entre la epidemia de enfermedades crónicas y la “infodemia” donde se encuentra? Pues resulta que siguiendo el ejemplo de otros países de nuestro continente, en particular Chile y Perú, el gobierno federal ha tratado de que en lo referente a la alimentación, la decisión del ciudadano pueda ser tomada con información suficiente y veraz, así como que el exceso de desregulaciones del pasado sea corregido. Y resulta que quien ha encabezado esa nueva política, promoviendo tímidas medidas como el etiquetado frontal es, “ni más, ni menos” que el villano favorito de los “conservadores”, el Dr. Hugo López Gattell y en contra de él han enfilado sus baterías los intereses afectados. Como dice el “clásico”, para comprender qué pasa “sigue las huellas del dinero.

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