EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Todo vale, antivacunas, reptilianos, etés…, y un mensaje demoledor: “Sé algo que las élites no quieren que sepas”

Todos los grupos de WhatsApp, por ejemplo, tienen su magufo. Yo creo que hay una asociación que los adjudica aleatoriamente. La idea de quedar por encima de los otros con un demoledor “Sé algo que las élites no quieren que sepas” es tan antigua como la misma humanidad, supongo. Con la intención de ampliar el espectro epistemológico lo máximo posible, vamos a exponer las magufadas más extendidas, para que las conozca todas y pueda escoger esto de esta, esto de la de más allá, como si fuera un bufé libre de delirio y caspa. Empezamos fuerte. Nuestros líderes mundiales no son lo que parecen. Hasta aquí todos de acuerdo, un poco lo suponíamos. Pero hay más. Ni siquiera pertenecen a la raza humana. No. Son reptiles antropomorfos que se disfrazan mediante sofisticadas técnicas para que su piel parezca lisa y suave. O algo parecido, vaya, que uno de los reptilianos supremos es la reina de Inglaterra y tampoco es que tenga el cutis como para protagonizar anuncios. Ustedes pueden reconocerlos de forma muy sencilla. Escamas, pupilas rasgadas, desprecio por la luz del sol y piel fría. La extensión de esta descacharrante teoría se la debemos a David Icke, rubicundo hijo de la Gran Bretaña que primero fue portero de fútbol (malo), luego locutor deportivo (malo) y ahora ejerce como chiflado a tiempo completo (éxito). Existen dos grandes ramas dentro de la hipótesis de los reptilianos. Aquí también hay Frente Popular de Judea y Frente Popular Judaico. Una nos dice que estos bichos tan simpáticos habitan nuestro mundo desde eones, solo que lo hacen escondidos en ciudades subterráneas. La otra representa un crossover épico con los extraterrestres. George Bush, Barack Obama, el músico Kris Kristofferson… Todos ellos son reptilianos disfrazados. ¿Su objetivo? Pues el de siempre, esclavizarnos.

Están todos ustedes equivocados. Todos. La Tierra no es redonda, no, sino plana. Plana. Como una tabla de planchar. Y hay un montón de gente dispuesta a defender esto. Con fotos, datos incontrovertibles, llamadas al “no seas iluso”. En fin. Si hasta el ministro de Ciencia y Tecnología de España explicó un día, amablemente, que nuestro planeta es (casi) esférico, que él lo había visto, porque estuvo en el espacio, no sé si saben. Y los terraplanistas se le echaron a la yugular con gritos de “mentiroso”, “felón”, “ilustrado”. Estas cosas tú las decías hace un par de siglos y te señalaban por las calles entre risas. Hoy grandes mentes de nuestra era defienden a capa y espada el asunto, con argumentos sacados de Twitter, Tik-Tok y los programas esos de madrugada que nunca ve nadie. La pandemia de 2020 hizo que se pospusiera el proyecto definitivo de los terraplanistas: un crucero para alcanzar el borde del mundo (supongo que es tocar y volver, como cuando estas en la playa y vas paseando al muelle). Ya ven, empirismo puro y duro, método científico. Ojalá puedan hacerlo próximamente. Mi sueño es que haya no uno, sino dos. Dos barcos que saliesen a la vez de Ciudad del Cabo, uno en dirección este y otro en dirección oeste. Buscando el límite. Y que esos simpáticos barquitos choquen (ya es casualidad, pero oigan… mi sueño, mis reglas) en mitad del océano Pacífico, ante la incredulidad de los presentes. Esta magufada es hasta graciosa. En Escocia hay un lago muy grande, y allí vive un ser con aspecto de dinosaurio, tamaño monstruoso y cierta propensión para aparecer en fotos no muy claras. El tema Nessie (permitan la familiaridad) viene de 1934, cuando R. K. Wilson, cirujano de profesión, tomó la famosa fotografía donde se ve una enorme cabeza asomando de las frías aguas. Uhhh, espanto y terror. No importa que más tarde se confesase el engaño (incluyendo explicación minuciosa sobre cómo habían hecho al supuesto bicho), qué más da. A partir de ese momento aparecieron legajos antiquísimos, auténticas joyas, que databan avistamientos del simpático saurio hasta en el siglo VI. Que cierto santo luchó contra un dragón. Ya ven, incontrovertible. El whisky escocés es causa segura de muchos avistamientos.

Esta es una de las más conocidas. Que todo lo del aterrizaje en la Luna es un montaje. Jamás llegamos allí. O llegamos, pero no de la forma en que nos contaron. Eso fue una película filmada hábilmente por Stanley Kubrick, porque si andas en plan deep fake ya contratas al mejor de los mejores. Hay hasta un documental que recoge fotos del rodaje. Armstrong, Aldrin y Collins estaban calentitos en sus camas mientras el mundo miraba esperanzado al cielo. Algo así. Las pruebas son innumerables. Piedras lunares con etiquetas de tramoya, sombras misteriosas, incluso banderas orgullosamente erguidas en lugar de tenuemente lánguidas… Y ¿por qué no dijeron nada los soviéticos?, se preguntará usted, taimado e incrédulo lector. Pues porque tenían mucho que callar… La gracia es que tenemos ramificaciones, por si no nos gusta lo anterior. La Luna es una antigua nave extraterrestre abandonada (que, me dirán ustedes, bien fea les salió la nave, ¿no?). Otra es que no solamente fuimos a la Luna, sino que además encontramos allí restos de una civilización anterior (restos ciclópeos, porque estas cosas o son ciclópeas o no son) y arrasamos el asunto con unos cuantos pepinos atómicos. Algunos magufos cum laude te defienden una versión o la otra dependiendo del día y del número de chupitos de tequila. Ya ven, ellos siempre ganan.

Otra teoría con dos variantes. Ambas tienen un punto en común: nuestro planeta está hueco, completamente hueco. Bueno, a ver, hay una pequeña costrita de rocas (para engañar a los mineros y tal), pero por dentro… nada de nada. O un sol. Sí, sí, un sol. Primera versión: la tierra está vacía y nosotros vivimos en su interior (engañados por los poderes fácticos, quienes reciben royalties por aparecer en todas las conspiraciones). Lo que usted, incauto lector, entiende por cielo resulta parte interna del pellejo terrestre, y el astro rey no es sino nuestro núcleo. Ya ven, ciencia a lo grande. La otra opción es que efectivamente estemos en la superficie, y el interior esté habitado por civilizaciones acojonantes, que han alcanzado un desarrollo técnico y físico tan elevado como para vivir en las alcantarillas. Ah, estas ideas eran muy de nazis.

A ver, la movida madrileña fue jodida. Muy jodida. Desenfreno, pijos, drogas. Todo eso. Entonces yo entiendo que algunos quedaron tocados (tocados… ya saben) y no se les puede juzgar como al resto. Pero la tendencia antivacunas entre sus viejas glorias (y algunas no tan gastadas) solo puede obedecer a un egoísmo sudapollista bastante grave. Que las vacunas han sido uno de los grandes avances en la historia de la humanidad era algo que, hasta hace unos años, nadie te lo discutía. Pero ahora, miren. En sitios del llamado Primer Mundo estamos recuperando enfermedades que pensabas extirpadas solo porque algunos niños tienen padres idiotas. Padres que se creen lo que cuentan en grupos de WhatsApp, foros de internet y memes (en el siglo XXI un meme vale tanto como un paper). El problema es cuando te encuentras titulares tipo “El antiguo virólogo Clodoveo Chifladez afirma que…”, y, claro, luego abres la noticia para contextualizar y la frase es más amplia. “El antiguo virólogo Clodoveo Chifládez, quien juró haber mantenido relaciones de tipo carnal con cuatro sasquatchs, un pájaro dodo y el reparto completo de Los Goonies, afirma que…”. Pero eso está pasado de moda. Lo de ir más allá del titular, digo. Es mejor cargarse a los vecinos por puro esnobismo egoísta.

Cuando estás fatal de lo tuyo te puedes creer cualquier cosa. Hasta que Donald Trump es un enviado de la Divinidad (bueno, esto también lo cree Donald Trump) que lucha contra una conspiración secreta para dar un golpe de Estado, orquestada por villanos como Barack Obama y Hillary Clinton, quienes discuten estos asuntillos mientras violan menores de edad (o realizan rituales sangrientos con ellos, depende de la versión). Los efebos son proporcionados por una red de pedofilia con base en una pizzería. Las anteriores revelaciones, sin duda auténticas exclusivas, las realizó un sujeto que firmaba como ‘Q’ en el foro 4chan (que es donde se hacen este tipo de anuncios trascendentales para la humanidad) y pronto empezaron a repetirse entre la extrema derecha (primero la yanqui, más tarde por todo el mundo, las tonterías se globalizan fácil). Da igual que suene tan delirante como es, o que las pruebas tengan la misma base teórica que un libro de Tristanbraker… cuando uno quiere creer, cree. Y ya, más tarde, igual hasta asalta el Capitolio de Estados Unidos sin camisa y con unos cuernos de bisonte en la cabeza.

A ver, esto es muy amplio. La homeopatía, en sentido “estricto”, es intentar curar a alguien dándole pequeñas cantidades de productos que, a gran escala, serían perniciosos. Ya ven, según ese punto de vista un bofetón chiquituco es mano de santo. Ocurre que, siendo menos precisos (y estas cosas son de ser bastante poco precisos), por homeopatía entendemos toda aquella terapia que tiene sobre el cuerpo humano idéntico efecto que abrazar un madroño. Ninguno. Bueno, raspa. El madroño, digo, la homeopatía normalmente no, porque su creación más perfeccionada es (genios entre los genios) agua con un poquito de azúcar diluido. Vendido a precio de oro, claro, que somos homeópatas pero no gilipollas. A ver, es un decir. Pero nos gusta el dinerillo, vamos. El tema con esto de la homeopatía es que normalmente introduce elementos espirituales a propósito de la salud. Y eso es feo. Moralmente feo. ¿Un mono? Pero ¿de verdad? ¿Usted ha visto un mandril? No tiene nada que ver con nosotros. No, no, los hombres (y las mujeres, pero los hombres más) fuimos creados directamente por Yahvé la noche del 23 de octubre del 4004 antes de nuestra era. En Estados Unidos el tema está bastante extendido, y hay museos creacionistas, atracciones en cunetas donde se reproduce a escala el arca de Noé y unos cuantos telepredicadores para noctivagos penitentes. Existe hasta versión depurada, que se llama “diseño inteligente”… Esta última magufada de nuestra lista es muy sencilla. Existe la vida extraterrestre. Más aún, nos han visitado a lo largo de la historia y siguen haciéndolo hoy en día. Más aún, con regularidad. Más aún, están infiltrados entre nosotros. Más aún, si usted no los ha visto es porque no presta atención. Nazis y extraterrestres, templarios y extraterrestres… Todo vale. Ah, y si usted no sabe que están entre nosotros es porque… en fin, ellos no quieren que lo sepa. Ellos. Permanezcan atentos a las pantallas de sus smartphones (y a algunos canales televisivos en horario de máxima audiencia) porque nuestro futuro está en juego.

Quizás a muchos no les suene el nombre de Roald Dahl, sin embargo es muy posible que sí conozcáis sus obras, pues este escritor británico es el autor de obras tan famosas como ‘Charlie y la fábrica de Chocolate’, ‘Matilda’, ‘Las brujas’ y ‘James y el melocotón gigante’, entre otras. Dahl dedicó gran parte de su vida a escribir historias para los niños y fue padre de dos niñas y un niño, con los que no tuvo demasiada suerte. En 1960, el menor de los tres, Theo, fue atropellado por un taxi cuando iba en su carrito, sufriendo graves lesiones que le produjeron hidrocefalia. Dos años después, en noviembre de 1962, su hija Olivia falleció tras contagiarse del sarampión y Dahl, unos años después, decidió escribir una carta en defensa de las vacunas: ‘Sarampión: Una enfermedad peligrosa’. “Olivia, mi hija mayor, cogió el sarampión cuando tenía 7 años. En tanto la enfermedad seguía su curso habitual recuerdo leerle a menudo mientras estaba en cama y no sentirme particularmente alarmado. Una mañana, mientras se encontraba bien camino de recuperarse, estaba sentado en su cama mostrándole cómo crear animalitos con escobillas limpiadoras de colores, y cuando le tocaba el turno a ella de hacer uno, me di cuenta de que sus dedos y su mente no estaban coordinados y que no podía hacer nada. “¿Te encuentras bien?” Le pregunté. “Tengo sueño”, me contestó. Una hora después estaba inconsciente. Doce horas más tarde estaba muerta. El sarampión se había convertido en una terrible cosa llamada encefalitis por sarampión y no había nada que los médicos pudieran hacer por salvarla. Eso fue hace 24 años, en 1962, pero incluso ahora, si un niño con sarampión desarrolla la misma reacción mortal que Olivia, sigue sin haber nada que los médicos puedan hacer para ayudarle. Por otra parte, hay algo que los padres pueden hacer para asegurarse que este tipo de tragedia no les ocurre a sus hijos. Pueden insistir en que sus hijos sean inmunizados contra el sarampión. Yo no pude hacerlo por Olivia en 1962 porque en aquella época no se había descubierto aun una vacuna efectiva contra el sarampión. Hoy existe al alcance de todas las familias una vacuna segura y eficaz y lo único que tienes que hacer es pedirle a tu médico que la administre. Todavía no está generalmente aceptado que el sarampión pueda ser una enfermedad peligrosa. Creedme, lo es. En mi opinión, los padres que ahora rechazan que sus hijos sean inmunizados están poniendo sus vidas en peligro…”. Roald Dahl falleció en 1990 y, aunque de esta carta hace ya más de 30 años, hoy aún es válida porque son muchos los padres que prefieren no vacunar a sus hijos…”.

 

@SantiGurtubay

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