ROBERTO HERNÁNDEZ GUERRA

La llamada “guerra de castas” o guerra social, que a mediados del siglo XIX desoló la península de Yucatán, tiene lecturas diferentes en los tres estados que conforman la región.  Salvo en Quintana Roo, cuyos más lejanos orígenes se relacionan con el conflicto, por la existencia del estado autónomo de Chan Santa Cruz, capital de los “cruzoob” e incluso en su himno se menciona la gesta de los rebeldes mayas, en los dos estados vecinos se procura guardar un silencio piadoso. Y no podía ser de otra manera, por la estela de destrucción que dejó el conflicto en bienes materiales y en vidas humanas; baste señalar que la población peninsular se redujo a la mitad, a causa de muertes en combate, degolladero de civiles, epidemias, hambrunas y emigración.

No es nuestra intención juzgar el grado de culpabilidad de uno y otro bando, mismos que no se midieron en sus actuaciones. Considerar que si fue el fusilamiento de Manuel Antonio Ay o la matanza de habitantes de Tepich que ordenó el caudillo Cecilio Chí lo que detonó la violencia, o quizás la respuesta posterior de los soldados del gobierno, que quemaron las casas de la misma población con sus habitantes mayas dentro, no es nuestro propósito.  Aquí para salir por “peteneras”, o sea para escabullirnos del conflicto, podemos pedir prestada la frase del poeta español Manuel José Quintana, por cierto crítico de la conquista, quien en una cuarteta de su poema a la expedición para llevar la vacuna para prevenir la viruela a las Américas escrito en 1806, dijera; “,, Yo olvidaría/ El rigor de mis duros vencedores/ Su atroz codicia, su inclemente saña/ Crímenes fueron del tiempo y no de España”. 

Sin embargo hay un evento, que por sí mismo justifica pedir perdón, aunque sea a más de170 años de distancia y este fue la venta de mayas yucatecos a los esclavistas de la isla de Cuba.  El caso es que a un gobernador del estado en el fatídico año de 1848, Miguel Barbachano, consideró más humanitario exiliar, condenando a trabajos forzados, a los rebeldes agarrados con las armas en la mano que fusilarlos de inmediato. Desde luego que los principales interesados en la adquisición de los mayas yucatecos eran los esclavistas de Cuba, escasos de mano de obra por las restricciones de Inglaterra a la trata de esclavos.  Para ser justos, la costumbre de ejecutar a los enemigos derrotados era una práctica común en ambos bandos. Los gobernantes sucedáneos, Pantaleón Barrera, Martín F. Peraza, Liborio Irigoyen y Agustín Acereto, continuaron con la práctica por lo redituable que era para las arcas públicas, pero a falta de rebeldes ampliaron el negocio capturando a pacíficos pobladores de la región.

A petición del Presidente Juárez, el General Juan Suarez Navarro presentó un informe en el que denuncia con nombres y señales a los traficantes de esclavos mayas y del que vale la pena mencionar algunos episodios. Señala el enviado presidencial que el gobernador Irigoyen continuó con el negocio de sus antecesores y abriendo nuevos mercados “exportó” a algunos mexicanos que se hallaban en la península, soldados del 6º batallón, que después se llamó Fijo de Yucatán; agrega que por su parte,  el citado gobernador Acereto, cuando preparaba en 1860 una expedición en contra de la población rebelde de Chan Santa Cruz, adelantó un convenio con las estipulaciones sobre la venta de los presuntos prisioneros y como los mayas derrotaron a sus enemigos, para cumplir el contrato tuvo que recurrir a “robarse a los indios pacíficos de las villas, pueblos y ciudades”.  Para remediar este indignante asunto, el Presidente Juárez expidió un decreto, el 6 de mayo de 1861, donde prohibía “la extracción para el extranjero de los indígenas de Yucatán, bajo cualquier título o denominación que sea” ,  incluyendo como condena a los culpables de transgredirlo la pena de muerte.

Pero la historia da vuelcos inesperados. Los Generales mayas que gobernaron por cerca de cincuenta años el estado autónomo cuya capital era la citada Chan Santa Cruz, aprendieron de sus enemigos y establecieron la esclavitud en su territorio con los ladinos capturados. Sacerdotes, músicos, artesanos y mujeres de todas las condiciones sociales vivieron en carne propia lo que los mayas enviados a Cuba sufrieron por su parte.

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