La Revolución: anhelos y desencantos

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José Juan Cervera

La literatura que aborda el conflicto revolucionario en nuestro país, especialmente la narrativa, recrea y expresa el desconcierto y los desahogos de la masa social que se desdibuja tras los resonantes nombres de próceres y villanos, a quienes la rigidez de la historia oficial y los resabios de maniqueísmo nos presentan con enfática certeza, fundada con frecuencia en omisiones y vaguedades interesadas.

Al michoacano José Rubén Romero (1890-1952) se le recuerda más por su libro La vida inútil de Pito Pérez (1938) y, como referencia indirecta, por las adaptaciones cinematográficas que de él derivaron. Sin embargo, la revaloración del conjunto de su obra sigue pendiente. Mi caballo, mi perro y mi rifle, publicada en 1936, es otra novela suya, de escritura sobria y de gratificante frescura, cuyo humor amortigua la crudeza y el desánimo que la lucha armada depositó en la entraña de quienes la vivieron, cifrando sus anhelos en frutos que se distribuyeron de manera asimétrica en las manos que se extendieron para recibirlos.

La vida de un muchacho enfermizo emerge en el relato que expone las vicisitudes de la rutina campirana, con sus prejuicios y sus jerarquías, con sus murmuraciones y sus apegos familiares. Memorables son los pasajes del despertar lúbrico del errático Julián, personaje central que desplazó su acento de las criaturas de corral a las muchachas que no abrigaron la sospecha de ser objeto de sus reverentes deseos, hasta contraer las forzadas nupcias que prefiguró una tarde lluviosa en medio de los aleteos de un ave fugitiva.

Romero ilustra la atmósfera social de la novela con la inclusión de tipos populares como la vecina engorrosa y el padre de familia bonachón, el cacique encumbrado merced a incontables marrullerías y el cura venal. Las tradiciones de los pueblos del Bajío afloran en la gastronomía, el lenguaje coloquial, las coplas y la devoción aldeana poniendo de manifiesto el valor afectivo que el terruño envuelve para quienes lo habitan. El orden pueblerino se resquebraja con el advenimiento de los revolucionarios del norte, partidarios del depuesto Madero, que van en busca de pelones huertistas. El entusiasmo que inflama los pasos de Julián en nada se parece a la ruidosa adhesión de los lugareños que al final deciden no arriesgar su vida familiar y sus pertenencias en aras de una militancia efectiva en las filas de los partidarios del nuevo régimen amenazado por infidencias bastardas.

Los animales y los objetos aparecen en esta obra como un recurso de expresión que los aproxima a los valores y a los sentimientos humanos. En el despliegue de semejante prosopopeya, la vaca y el becerro cuchichean en torno a las disyuntivas que enfrenta el pequeño Julián, el cañón y las ametralladoras hacen oír sus cuidadas voces de ostentación escénica mientras el máuser blasfema iracundo y las figuras que dan título al libro intercambian ideas definiendo sus inserción social; el caballo ostenta su altivo porte blandiendo el desdén con que las clases acomodadas miran a quienes gravitan en su órbita sin pertenecer a ellas, en tanto el rifle se jacta del uso de la fuerza, sin titubear ante sus misiones sangrientas. El perro, austero y humilde, con la fidelidad que exalta su condición popular, arrastra el estigma de la penuria y proyecta su lastimosa esperanza en el régimen que despunta. Disiente de sus interlocutores, pero éstos infiltran en su ánimo el agudo filo de la duda.

El desencanto que el autor trasluce en su novela es el mismo de los procesos revolucionarios lastrados con el cúmulo de equívocos que acarrean, palpables cuando los caudillos sientan a su mesa a sus adversarios mimetizados en su nueva bandera. Así, el caballo de Julián, requisado a un terrateniente de la región, es quien exclama con glacial certidumbre, cercenando la candorosa convicción del perro: “Cada revolución canoniza su mártir y forja su tirano”.

La recreación simbólica del amargo e inevitable trago se condensa al final de la obra, cuando el curtido revolucionario desciende del caballo, arroja su fusil e involuntariamente causa la muerte de su perro, replicando la mancilla que el pueblo recibe una y otra vez de quienes proclamaron defenderlo.