La Habana expulsó al escritor norteamericano Tom Wolfe | EL BESTIARIO

Alojado en el Hotel Nacional del Vedado, comenzó a investigar sobre la vida sexual de Fidel, apenas días después del triunfo de la Revolución Cubana, el primero de enero de 1959…

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

 

Estamos a 61 años de un proceso revolucionario que comienza a gestarse desde fines del siglo XIX, cuando se produce el intento frustrado por parte de los mambises, frente al régimen español, por lograr la Independencia de Cuba, en el cual tuvo una importante participación el Ejército Libertador. Dejando éste su ejemplo de patriotismo y valentía, que fueron heredados por la joven generación de mediados del siglo XX, que encabezada por Fidel Castro Ruz, al mando del Ejército Rebelde y, manejando una nueva estrategia de lucha armada contra la dictadura del momento, la de Fulgencio Batista, condujo al triunfo revolucionario. En uno de sus últimos libros, ‘Bloody Miami’, Tom Wolfe, a modo de catarsis y venganza, acusa a los cubanos de asediar al ‘wasp’, el ciudadano blanco, anglosajón y protestante en La Florida. Autor de ‘La hoguera de las vanidades’, junto a Truman Capote, el de ‘A sangre fría’, promovieron el denominado ‘Nuevo Periodismo’

Tom Wolfe volvió a la carga con una novela “racial”, otra radiografía del ‘melting pot’ americano, “’Bloody Miami’, y para ello escogió la ciudad de Estados Unidos que tiene más inmigración reciente. Sudamericanos, haitianos, rusos, pero sobre todo cubanos asedian en Florida al ‘wasp’, el ciudadano blanco, anglosajón y protestante. Al principio parece que Wolfe quiere hacer un análisis sociológico de la ciudad tomando como referentes la policía, la prensa y la oligarquía del capital -como hizo antes con Nueva York y Atlanta-, pero luego, una vez puestas las fichas en el tablero, el satírico cronista se relaja y deja que sus personajes le diviertan. Wolfe sabe bien que se trata de eso, de un divertimento. No va a escribir a estas alturas de su carrera la “gran novela americana” ni una obra maestra de la literatura posmoderna, que no le interesa nada. Y el pacto con el lector está claro: levantaré para ti una ciudad con una prosa musculosa y chispeante, y te diré que es Miami, te trasmitiré ciertas emociones y cerrarás el libro sin asomo de dolor de cabeza. Y lo cumple, a su manera, llenando su prosa de exclamaciones, con un estilo brioso y directo.

Tom Wolfe era una referencia obligada en nuestras clases de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Lejona, en el País Vasco. Entre los periodistas y escritores norteamericanos de aquellos tiempos, destacaban dos, Truman Capote, el autor de ‘Desayuno en Tiffany’s’ y su novela documento ‘A sangre fría’ y Tom Wolfe, el de ‘La hoguera de las vanidades’… Tom Wolfe en su libro “El Nuevo Periodismo” sentó las bases del género, identificó a sus protagonistas y emancipó de una vez las noticias. Si en los sesenta se adentró en la cultura juvenil con ojos de un antropólogo que disecciona las modas contraculturales y lo popular, en los setenta usó su sardónica mirada para analizar el delirante y pretencioso mundo del arte y la arquitectura, o simplemente reflejar el absurdo delirio de autorreferencia que guiaba las terapias psicológicas experimentales, de pronto convertidas en un fenómeno de masas. Wolfe, brillante observador, sacaba un jugo inesperado a su doctorado en Estudios Americanos de la Universidad de Yale, alzaba el espejo ante la farsa y se convertía en el ‘periodista del pop’, de los seguidores de Andy Warhol, artista plástico y cineasta estadounidense que desempeñó un papel crucial en el nacimiento y desarrollo del pop art. Esto no le gustó a Tom Wolfe… “Me molestaba que me calificaran de periodista pop, sociólogo pop, experto en arte pop, y esto básicamente significa que lo que dices no tiene importancia”… Tom Wolfe quería ser mucho más trascendental que Andy Warhol.

Andy Warhol adquirió notoriedad mundial por su trabajo en pintura, cine de vanguardia y literatura, notoriedad que vino respaldada por una hábil relación con los medios y por su rol como gurú de la modernidad. Warhol actuó como enlace entre artistas e intelectuales, pero también entre aristócratas, homosexuales, celebridades de Hollywood, drogadictos, modelos, bohemios y pintorescos personajes urbanos. Uno de los aportes más populares de Warhol fue su declaración: “En el futuro todo el mundo será famoso durante quince minutos”. Esta frase de cierta manera vaticinó el actual poder de los medios de comunicación y el apogeo de la prensa amarilla y de los ‘reality shows’. Tom Wolf tiene que escribir una novela para que los grandes medios periodísticos se acuerden de él. Su escenario, Miami, sus principales protagonistas, los cubanos que viven en la capital de La Florida.

Hay quien ve en este libro una ‘autocompensación’ psicológica de Tom Wolfe y lograr que la catarsis le haga olvidar, quizás, el gran fracaso de este ‘periodista pop’, quien fue incapaz de escribir un libro sobre la vida sexual y personal del comandante de la Revolución Cubana, Fidel Castro. Esta tarea imposible se la encomendó The Washington Post. Tom Wolf picó el anzuelo. Pecó de ingenuidad al presentarse en el Hotel Nacional y pretender desde allí, como si se tratara del ‘Studio 54’ de Andy Warhol, investigar sobre la vida privada de Fidel. No era consciente que más de la mitad de los servicios de inteligencia y contrainteligencia cubanos, desayunan en el hotel que siempre está despierto. Los edificios oficiales de los ‘james bond habaneros’ están apenas a unos metros de distancia, en el caso de la contrainteligencia -adosado a él hay un edificio llamado Altamira, como las cuevas de Santander, en el Norte de España-. El edificio de la inteligencia está a unos trescientos metros, en la calle Línea, muy cerca de una pastelería, que se llamaba a finales del siglo XX, ‘El Pan de París’, al lado de teatro Trianón. Recuerdo que cuando paseaba con un par de perras chow chow, Lola y Luna, instintivamente atravesaba la calle y me iba a la acera frente a la sede -entonces verde, hoy, azul- de la ‘inteligencia’. Intentaba que ninguno de aquellos eternamente serios centinelas, le colocara a mis ‘chow chow’ unos transmisores, en sus traseros provocativos e insinuantes, merced a sus siempres erguidas colas. Eran también tiempos de ingenuidad, de un ‘gallego’ todavía muy influenciado por ‘Nuestro hombre en La Habana’ de Graham Green, y ‘La aldea global’ de Noam Chomsky. Años después, descubriría que buena parte de mis amistades habían tenido, tenían y tendrán, algo que ver con este lugar de color celestial, y una de las claves de la victoria de Fidel Castro sobre Estados Unidos, hace 61 años el pasado uno de enero del 2020, año de la pandemia del COVId-19.

El Hotel Nacional es un inmueble de ocho pisos y estilo español, se yergue en la cima de una colina que da al Malecón, por lo cual sus huéspedes pueden disfrutar de vistas panorámicas de la Habana Vieja y el Vedado. Antiguamente este sitio servía a los piratas como lugar de desembarco y durante la ocupación inglesa de la Habana fungió como fuerte. Actualmente, los majestuosos jardines que rodean al hotel son un sito formidable y acogedor para descansar tras un día de exploración por los centros de interés de la ciudad, o simplemente un lugar excelente para disfrutar de una bebida contemplando la enorme expansión del Mar Caribe. Un portero uniformado recibe a los huéspedes a la entrada del extenso ‘lobby’, donde enseguida llama la atención el ambiente aristocrático y lujoso del lugar -una combinación ecléctica de losas mudéjar, lámparas y techos de viga isabelinos, que recuerdan una iglesia medieval y que bien podrían ayudar a entender por qué el escritor cubano Alejo Carpentier se refirió una vez a este edificio como un “castillo encantado”-. El ‘lobby’ suele estar repleto de visitantes y grupos de turistas, al igual que el concurrido bar situado tras las puertas que se abren hacia los jardines. Así, uno termina por tener la sensación de que este hotel nunca duerme. El hotel cuenta con seis bares y un célebre cabaret, ‘Le Parisien’. Al mismo tiempo, el hotel sirve de escenario del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en las últimas semanas de cada año.

Tom Wolfe, fallecido el 14 de mayo de 2018, a los 88 años, en Manhattan, Nueva York, Estados Unidos, no gustaba hablar de su viaje a Cuba como reportero de The Washington Post. Estaba muy celoso de Castro, que era solo tres años mayor que él y a quien todo el mundo ya conocía. Reconoce a sus amigos cubanos que fue un viaje maravilloso. En Estados Unidos tardaron casi un año en comprender que el líder revolucionario no era José Martí sino un ‘gallego’ llamado Fidel Castro, y en la redacción buscaron a un chaval que hablara español. Tom Wolfe lo había estudiado en la universidad y, aunque podía leerlo, no lo hablaba. No fue un problema porque muchos cubanos hablaban inglés y además su mejor fuente eran los ‘periódicos comunistas’ donde informaban puntualmente de las manifestaciones. “Esa prensa fue un regalo”, afirma Tom Wolfe. Un colega inglés llegó a la isla con un telegrama en el que le pedían que investigara una historia sobre la vida sexual de Castro, puesto que el público estaba aburrido de tanta política. Este telegrama fue detectado en el ‘lobby’ del Hotel Nacional. Acabó por ser expulsado y Wolfe terminó con tres policías en la habitación de su hotel. “Mientras uno me hacía preguntas los otros dos estaban fascinados con un bidé y las puertas correderas de la habitación”, cuenta el padre del ‘Nuevo Periodismo’.

El reportaje fallido de Tom Wolfe sobre la vida sexual de Fidel Castro iba a convertirse en un libro. Quizás ha sido su gran fracaso. La misión no era fácil y sobre todo para un ‘escritor pop’, recién aterrizado en del Hotel Nacional. Algunos cubanos preguntaban si aquel norteamericano iba a hacerse santo, al verle vestido todo de blanco, o era algún vendedor piramidal de jabones y otros utensilios de limpieza personal. Hay quien veía en Tom Wolfe a un líder de alguna secta religiosa obsesionado con que Cuba no se hiciera atea… Si algo logró Tom Wolfe es no pasar desapercibido en la convulsa La Habana de aquellos primeros años de los sesenta, de la invasión de Bahía Cochinos, Crisis de Octubre de los Misiles, acusaciones de tramas cubanas en el asesinato de JKF… Tenían razón The Washington Post y sus directores al pensar en el aburrimiento de sus lectores con tanta ‘política’ e ‘historias’ de los barbudos de la Sierra Maestra… Hubo tal saturación de monotemáticas informaciones que optaron por medir aquella estrella del periodismo norteamericano, Tom Wolfe, fichada por ellos, que investigara sobre la vida sexual y personal de Fidel. Se encontró con un muro de silencio, tanto oficial como extraoficial. El líder Fidel Castro lo quiso así y los cubanos le respetaron, en su silencio y discreción. Si uno no vive en La Habana es difícil de entender esta complicidad. En esta ‘dictadura castrista’ uno de las muchas ‘lagunas de libertad’ de la que han gozado los ciudadanos ha sido el de sus relaciones sexuales y personales. El respeto ha sido uno de sus signos de identidad, marginando miserias humanas, que nunca faltan.

Muchos expertos ‘cubanólogos’ no supieron describir a los familiares de Fidel Castro cuando se reunió con el Papa Benedicto XVI en La Habana. El líder comunista vestido de negro, como los integrantes de la Compañía de Jesús de San Ignacio de Loyola, congregación a la que pertenece el Papa Francisco, era ayudado por su esposa e hijos en su último encuentro terrenal con Joseph Ratzinger, con su túnica blanca como el ‘tweed’ de Tom Wolfe. Fidel aparece junto a su mujer Dalia Soto y a sus vástagos Antonio, Alejandro y Ariel, apoyándose en ‘Tony’, el médico de la Selección de Béisbol de Cuba y campeón nacional de golf, deporte tan denostado por su padre y por Ernesto Che Guevara, como deporte de la alta burguesía. El tiempo es implacable con las personas y las ideas. Se le ve desmejorado a Fidel en su ‘encuentro papal’ ante otras tomas ‘oficiales’. Va vestido totalmente de negro. No hay restos de verdes olivo ni de multicolores de chándal Adidas. La imagen de Joseph era también la de un anciano, con gestos y movimientos un tanto ‘robotizados’. Con buen ánimo y jocosamente comentaron sobre la edad de ambos, casi nonagenarios. En un momento de la reunión se produjo una broma que demostró la cordialidad de la cita. Castro, como buen ‘jodedor’ -bromista- cubano, se refirió con sorna a las edades de ambos. El papa, sonriendo, le dijo: “Sí, soy un anciano, pero todavía sigo haciendo mis deberes…”. Ratzinger habló sobre el trabajo y función del Sumo Pontífice al servicio de la humanidad… Del monólogo papal -Fidel no parecía mostrar demasiado entusiasmo- compartieron sobre la problemática de la humanidad, ecológica, cultural, la realidad interreligiosa y cómo cada religión da diferentes respuestas… Castro, también sonriente, parecía reprocharle al alemán sus referencias negativas hacia el marxismo, poco antes de llegar al país de la Caridad del Cobre. El Comandante parecía tener ganas de leerle la cartilla a su invitado, pero quizás pensó que fue cosas pactadas de protocolo. Fidel sigue siendo Fidel, pero no tiene por qué estar en todo. El ‘Papa blanco’ Benedicto XVI y el ‘Papa negro’ Fidel Castro -ni Groucho Marx se lo hubiera imaginado- terminaron hablando sobre el cambio en la liturgia de la Iglesia. Hay quien hubiera deseado, mal pensante por la edad de los tertulianos, una referencia al Reino de los Cielos… No hubo tal. Fidel le solicitó al Papa libros que pueden ayudarle a sus reflexiones sobre los graves problemas que aquejan al mundo… Todo ello, casi en ‘vivo’ con imágenes casi todas en primer plano. El video ‘Dogma’ comienza a ponerse de nuevo de moda. Lo que no podemos dejar de informarles a esos miles de ‘dogmáticos’ que nos aburren a diario en Youtube que con un Fidel Castro, como protagonista, los ‘Dogma’ son entretenidos. Además logramos ver, por primera vez, imágenes inéditas de ellos, que los hacen parecer personas de carne y hueso, con sus defectos y virtudes… Fidel Castro tuvo su vida sexual y personal como todo hijo del vecino. Viví durante muchos años no muy lejos de su residencia en la zona de Santa Fe. Muchos de sus asistentes personales eran vecinos. Editábamos entonces la revista ‘Récord’, con el INDER y Cubadeportes. El hijo de Fidel, Tony, era médico de la Selección Nacional de Béisbol de Cuba…

Tom Wolfe no fracasó en su obra íntima fidelista del ‘Nuevo Periodismo’ por estar en el ‘blindado’ Hotel Nacional de Cuba. Le hubiera ocurrido lo mismo en la Habana Vieja, Centro Habana, Marianao, La Lisa, Miramar, Kohly, 10 de Octubre, Luyanó, San Miguel del Padrón, Vedado, Playa, Plaza de la Revolución, Playa del Este, Regla, Guanabacoa, Boyeros, Cerro, Arroyo Naranjo, Jaimanitas, Santa Fe… La vida sexual y personal es un ‘secreto de Estado’ en Cuba, tanto el de Fidel Castro como el de cualquier ciudadano cubano. Tom Wolfe deberá tomar buena nota de estas pinceladas nada vanidosas en su descanso eterno. Las publicaciones ‘rosáceas’ como ‘Hola’, ‘Paris Match’, ‘Vanity Fair’, ‘Cosmopolitan”’, Quién’… y nuestras ‘Cacunísimo’, ‘Brújula’…, saben que el ‘Caimán Verde’ es un escenario fallido para reportajes del corazón de sus dirigentes y farándula.

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