LA DELINCUENCIA…COMO PEZ EN EL AGUA

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ROBERTO HERNÁNDEZ GUERRA

 

Más allá de la posible colusión entre la delincuencia organizada y los cuerpos de seguridad pública, estos últimos seguramente sujetos a la disyuntiva de “plata o plomo”, más allá de la voluntad política de los gobernantes para enfrentar el problema de inseguridad y ni qué decir de las inconsistencias en el poder judicial, hay un factor que impide obtener buenos resultados. Esta situación pocas veces considerada es la tolerancia de gran parte de la población, si no es que su cooperación plena hacia aquellos que desafían a las instituciones y obtienen cuantiosos recursos de las actividades delictivas. Ejemplos los hay en abundancia tanto en el medio rural como en las zonas marginadas de las ciudades; el apoyo reciente de la población a “el Mencho” y “el Toñin” en regiones de Guanajuato y Puebla respectivamente, es una muestra de lo que afirmamos.

Pero hagamos un poco de historia para sustentar nuestra especulación. Cuando en la segunda mitad del siglo pasado los movimientos revolucionarios violentos eran frecuentes en los países de nuestra América, se citaba el ejemplo de “la gran marcha” de Mao Tse Tung que lo llevó al poder en China y se repetía su consigna de que “el guerrillero debía moverse entre el pueblo, como el pez en el agua”. Quien no tomó en cuenta esta recomendación, como fue el caso del Che Guevara en Bolivia, sufrió las consecuencias por la vía de traiciones y delaciones.

¿Pero donde podemos encontrar el punto de convergencia entre la lucha guerrillera cuyo objetivo era revertir las condiciones de injusticia y explotación, con una actividad que únicamente busca satisfacer ambiciones personales y que genera daños colaterales en la población civil? ¿Qué les permite al delincuente “nadar como pez en el agua” entre la gente, sin ser delatados? La respuesta, a mi juicio, la podemos encontrar en  la persistencia de aquel conflicto central en toda sociedad organizada políticamente, mismo que proviene de la desigualdad y la marginación.

Carlos Marx llamó a dicho conflicto “lucha de clases” y la consideró motor de la historia, estableciendo como causal las relaciones de propiedad; la existencia de capitalistas y clase obrera como estamentos antagónicos e irreconciliables. Pero para entender lo que pasa en la actualidad es necesario utilizar un concepto más amplio y para eso recurrimos a Nicolás Maquiavelo, quien  en el Siglo XVI señalaba: “En cualquier ciudad hay dos inclinaciones diversas una de las cuales proviene de que el pueblo desea no ser dominado ni oprimido por los grandes; y la otra de que los grandes desean dominar y oprimir al pueblo”. Y en otra parte de su escrito insiste: “En toda República hay dos espíritus contrapuestos, el de los grandes y el del pueblo, y todas las leyes que se hacen en pro de la libertad nacen de la desunión de ambos…”. Hay que recordar que hacía estas recomendaciones a los dirigentes de las florecientes ciudades-estado italianas, en su conocida obra “El Príncipe”.

Más allá de Marx y Maquiavelo, lo que cabe preguntarnos es si las medidas de apoyo social de la 4T serán suficientes para dejar “sin agua en que nadar” al crimen organizado. Esperamos que así sea. Lo que es obvio es que quienes más sufren por las acciones de todo tipo de criminales son los sectores con mayores ingresos y por tanto mejores niveles de vida. Pero el riesgo para ellos no termina con esto y no proviene de “ya saben quién”, sino del estallido social que se ha evitado hasta ahora, por la esperanza de la población marginada de que los cambios se logren por la vía democrática.

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