La Covacha del Aj Men – Viaje Chamánico al Centro del Yo

Claudio Obregón Clairin

El Master en Cultura Científica, César Tomé López, plantea que el Yo, además de ser una ilusión del encéfalo ligada a los recuerdos, es la confusión de un “sentimiento” con una “cosa”.

Transcurrieron siglos de introspección para finalmente descubrir que el Yo no existe, o mejor aún, que es la construcción del pensamiento sustentado en el recuerdo.

Pero lo complejo inicia cuando el pensamiento crea a un pensador, ya que son muchos los pensamientos que piensan al Yo.

En este contexto, recordemos la célebre y profunda frase del futbolista chileno Carlos Caszley quien en entrevista afirmó: «no tengo que estar de acuerdo con lo que pienso”.

¿Cuándo empezamos a percibir la sensación del Yo?

Las improntas paleolíticas nos indican que al menos hace 60 mil años, nuestros mayores se reconocieron conscientes de sí mismos y de su entorno. En aquellos lejanos soles, los seres humanos tuvieron las mismas posibilidades para diferenciarse y fue a través de los recuerdos y de los sueños, como empezaron a reconocer a su Yo.

Provistos de la ensoñación, los rituales y la magia, los chamanes paleolíticos lograron ser otros además de su Yo. Para tal fin, aquellos seres de grandes conocimientos morían en vida para ser otros y así auxiliaban a sus congéneres a lidiar con los embates de la impermanencia y con los conflictos derivados de los Yo.

En aquellos paleolíticos soles, surgió la Teriantropía, que es la capacidad chamánica de convertirse en un animal. Esta capacidad de transgredir la percepción de los otros y del Yo, sigue vigente en comunidades veracruzanas y yucatecas, se les conoce como el nagual y el waychivo.

También existe la «Pirotropía» (término no utilizado pero presente en el imaginario mesoamericano y de otras culturas), que consiste en convertirse en fuego. La serpiente de fuego engalana algunos Juegos de Pelota zapotecos «Yahui» y, para los mexicah (aztecas), es la prodigiosa Xiuhcoatl.

La «Fitotropia» es la capacidad de transfigurarse en una planta, tal es el caso de la Entidad Divina del Maíz Maya, quien cuando fue humano, se llamó Hun Ahau y luego murió en el Inframundo. Más tarde, fue rescatado por sus hijos (mitad humanos mitad divinos) quienes al llevarlo a la superficie, se transfiguraron en el Sol y en la Luna. En tanto que Hun Ahau se convirtió en la Divinidad del Maíz.

Volviendo la vista atrás, encontramos a los chamanes paleolíticos y a las divinidades agrícolas transformándose en otros Yo ya sea por mandato de los espíritus que regián la existencia humana desde lo supranatural o porque los mitos fundacionales requieren de  un sustento desde la magia y la transfiguración.

Reflexionando el camino recorrido por nuestros antecesores y mirando a nuestro alrededor, encontramos que en nuestro tiempo, los Yo en lugar de buscar a los otros, han decidido prescindir de los otros para realizarse y la atención se centra en el consumo irreflexivo de los objetos, en la violencia y en la intimidad ajena.

Hay quienes fuera del vórtice profesan la deconstrucción del Yo, lo cual además de disciplina, precisa de un acercamiento al silencio mental para situarse donde el Yo es parte del todo… como se experimenta en los viajes de hongos o después de años de meditación.

Pero esa deconstrucción es para espíritus tenaces y guerreros, para el común de los humanos: el Yo resulta ser un necio y tiene la manía de cambiar todos los días porque se construye tanto de recuerdos (los cuales se transforman o desaparecen) como de un proceso bioeléctrico en el encéfalo.

El Yo para el budismo y para la neurociencia, es inexistente, los chamanes lo expandieron para ser “los otros”.

Nosotros

fragmentos de luz

sueños de dioses inorgánicos

resonancias concentradas en un ego

deseos vueltos conciencia en un aro de fuego

Coc.

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Literatura y Mundo Maya