La Covacha del Aj Men – Los inuits y los mayas

Claudio Obregón Clairin

 El apelativo “esquimal” apareció por vez primera en un documento escrito en 1584 por el reverendo Richard Hakluyt y, contrariamente al mito popular, en idioma algoconiano, “esquimales” no significa “comedores de carne cruda” sino “hablantes de idioma extranjero”.

En 1977 y en la ciudad de Utkiarviq –al Norte de Alaska– representantes de los pueblos esquimales celebraron consejo y anunciaron al mundo que a partir de ese momento, dejaban de llamarse esquimales para nombrarse “inuits” que significa “los seres humanos” y, en singular, “inuk” que significa persona.

Incluyendo a los “unangan” -habitantes de las islas Aleutonias del Pacifico- y a otras comunidades árticas como las “yupiit, yupiget y alutiiq” actualmente existen 170 000 individuos de origen inuit ubicados en Alaska, el Ártico Canadiense, Nunavut y Groenlandia.

Mitos en común

En frecuentes visitas a bibliotecas canadienses, he investigado los orígenes chamánicos de las mitologías Boreales y, sorprendentemente, he encontrado una serie de mitos, eventos mitológicos y percepciones existenciales que comparten los inuits y mayas con un pasado chamánico-paleolítico en común.

La mayoría de los pasajes mitológicos de los mayas y de los inuits, se fusionaron con versiones del cristianismo; sin embargo, en medio del derrumbe y despojando al texto del mito del tamiz de la Iglesia Anglicana, he ubicado tradiciones vivas así como mitos y leyendas que comparten los mayas con los mestizos canadienses y mexicanos, a saber:

Los mitos del “Robachicos” entre los mestizos de México y su equivalente “El Señor de las 7 de la tarde” entre los mestizos de Quebec o el Okol Pal entre los mayas peninsulares contemporáneos.

La Serpiente de Luz que desciende del cielo, el canto de la Xtabay y los rituales femeninos de cacería inuit; el Culto Mariano relacionado con la Diosa Sedna; los iniciados que son devorados por animales alfa (osos polares-jaguares) y su renacimiento como chamán; el Norte como lugar de residencia de los espíritus; el árbol-eje sagrado (shûmu) alineado con la Estrella Polar; dos hermanos fundadores que se convierten en el Sol y en la Luna, así como el concepto de «la dualidad complementaria» entre otras coincidencias.

Constatamos así, un elenco de semejanzas en los mitos, los rituales y las creencias de  pueblos alejados por el espacio y por el tiempo, pero que reproducen los mismos esquemas mitológicos porque compartieron un lejanísimo tronco común de origen siberiano.

Retomando la tesis del historiador Xavier Blaisel, de la Universidad de Quebec en Montreal, que refiriéndose a los inuit “ubica a la muerte asociada al orden, estableciendo que el orden está marcado por la discontinuidad y que la continuidad no es un avance sino una regresión”: concluimos que así como ocurre en el orden natural, de igual manera acontece en el orden social porque el segundo es una abstracción del primero.

Las tradiciones de las sociedades inuits y de los mayas históricos, han evolucionado. Sus descendientes conservan tradiciones, mitos, usos y costumbres milenarios matizados por el cristianismo en sus múltiples variantes.

Recuperar y decantar la esencia de los rituales chamánicos de nuestros ancestros, no es únicamente un ejercicio intelectual que felizmente concluye en una nueva percepción de la espiritualidad de nuestro pasado histórico; su trascendencia radica en recuperar a la universalidad que durante miles de años nos fue propia y que sigue ahí, entre el cerca y el junto.

Humanos y No-Humanos

Para los inuits todo está relacionado con el espacio y el tiempo, existen tres mundos: el humano, el de los espíritus y el de los difuntos. Los tres interactúan sin barreras pero son percibidos en su totalidad únicamente por los chamanes quienes durante milenios fueron los mediadores y defensores de la comunidad frente a lo inasible.

Es a través de la Palabra que formamos y dibujamos al mundo y al mundo dentro del mundo, la Palabra en el universo inuit -como en el maya- además de procurar la comprensión humana, es un vehículo para comunicarse con las entidades divinas –seres inorgánicos– y los ancestros.

Cuenta la Literatura Oral Inuit que los seres humanos nos componemos de 4 elementos esenciales: timi (cuerpo), anirniq (el soplo divino) atiq (el nombre) y tarniq (la parte sombreada o alma), que es representada por una pequeña bola de aire similar a la que los mayas acostumbraban dibujar al frente de los rostros de algunas de sus entidades divinas y dignatarios.

El cuerpo auxiliado del soplo de vida ocupa un punto en el espacio perceptible y finito en tanto que el nombre es perenne porque se hereda de un familiar difunto a uno recién nacido. Con el nombre, el infante hace propio el conocimiento adquirido por los ancestros (en las dinastías mayas, los nombres de los ahauob’ –reyes– también se reciclaban a través de las generaciones y con ellos, adquirían el prestigio conquistador del ancestro)

Los inuits comentan que venimos a la tierra a recordar y consideran que en el mundo existen diversas sociedades no-humanas y sus integrantes, al igual que los seres humanos, cuentan con la facultad de hablar y nombrar “al otro”.

En el idioma de los espíritus, los seres humanos se llaman Tau, significa “sombra” y hace referencia a la parte invisible del ser. Los difuntos nos dicen Pullaalik en referencia a la bola de aire que representa al alma y, los osos polares, nos nombran Kanaaqiarjuk haciendo referencia a nuestras flacas piernas. Existen igualmente diferentes pueblos no-humanos como los “los ljirait” (los invisibles) que aparecen en forma de Caribú; “los taqriassuit” (los sin-sombra) quienes no dejan huellas y provocan el desvarío de los inuits; los itiqanngittut (los sin-ano) quienes desprovistos de órganos genitales, tienden a friccionar sus cuerpos para reproducirse.

El elenco de no-humanos que convivió con los inuits durante milenios hasta hace un siglo, se distinguen por ser cazadores, cazan humanos, algunos de ellos, como los Kukilingiattiaraaluit, acostumbraban retirar las pieles humanas (tal y como descarnaban los mexicah a los sacrificados durante el ritual dedicado a Xipe Totec).

Caminando por la tundra o por la nieve, en el mundo inuit era común encontrarse con éstos seres no-humanos y, para evitar algún maleficio al individuo que los veía o a su comunidad, al llegar con los suyos,el testigo reunía a sus congéneres y comentaba detalladamente su encuentro con los no-humanos. Exorcizaba con la Palabra al bizarro contacto energético para evitar la llegada a la comunidad de enfermedades y desgracias. Verbalizar en grupo resulta trascendente ya que el discurso se torna la impronta del instante que deja un testimonio en la memoria colectiva y en ella se hace presente la conciencia adquirida.

Espejos

Al igual que en la cosmogonía inuit, tanto en el Arte Sacro Maya como en el nagualismo (versión del chamanismo en las Civilizaciones Autóctonas), los seres humanos interactúan con entidades divinas, con seres inorgánicos, exploradores, wayob’ o naguales, con seres humanos que se transfiguran en animales o viceversa, así como con un elenco de conciencias inorgánicas que hasta hace 100 años y en el gélido Norte, eran parte integral de la vida humana.

A través de la Palabra, los inuit y los mayas históricos se comunicaban y mantenían contactos energéticos con aquellos seres no-humanos, espíritus, aliados, exploradores y conciencias inorgánicas que transitan en un universo paralelo situado en el Más Acá.

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Literatura y Mundo Maya

Panimil, Centro de Estudios Antropológicos e Históricos