La Covacha del Aj Men – Las Pilas de los Lacandones

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Claudio Obregón Clairin

Amanecía en la selva, con firmeza sujeté el volante de la combi y a 70 km/h tomé una serie de curvas del antiguo camino de terracería que conducía a Frontera Echeverría. Al salir de la última curva, me encontré con un enorme charco, en fracción de segundos observé que justo a la orilla del charco caminaba tranquilamente un lacandón; al cruzar el charco vi por el retrovisor que había bañado de lodo la túnica blanca y la larga cabellera del lacandón. Si me sigo —pensé—, me va a mentar la madre y si apunta las placas, cuando regrese por la tarde me pueden apedrear la camioneta, si me paro, me va mentar la madre igual pero quizá de regreso no me apedreen y hasta un aventón le pueda dar.

Bajé de la combi, me acerqué y con cara de arrepentimiento le dije: «disculpe amigo, lamento haberlo bañado, es que al salir de la curva no lo vi…» el lacandón se limpiaba el rostro de lodo, me miró con serenidad, sonrió y siguió caminando, al no recibir reclamo, vamos ¡ni siquiera un poco de atención! Mi ego de chamaco se quedó desubicado e intenté alcanzarlo preguntándole si quería un aventón, siguió caminando sin voltear a verme, encendí la camioneta, me aproximé a él y le ofrecí nuevamente un aventón, sonrió… nada más sonrió, ni una palabra me regaló… y siguió caminando.

Ese fue mi primer contacto con los lacandones, algunos meses más tarde acompañé como guía a un excéntrico millonario francés quien deseaba sobrevolar el Estado de Chiapas, viajaba con su esposa quien vestía siempre de blanco y en una de las tantas vueltas que le dimos la selva a bordo de una destartalada avioneta, lo convencí para que visitáramos a los lacandones y aterrizamos en el pueblo de Lancanjá, era mi segundo contacto con los ellos y estaba muy contento de volver a verlos. Apenas descendimos, la mujer vestida de blanco regaló unos dulces a un grupo de niños que llegaron como remolino a su pies, su esposo tomó tres fotografías y volvimos al aire, que es a donde le gustaba estar al turista francés.

Los lacandones se habían vuelto insondables para mí, pero empezaron a vender sus arcos y sus flechas en la zona arqueológica de Palenque, amablemente intenté platicar en una ocasión con ellos y antes de darme la espalda me dijeron: nosotros no damos comisión a los guías por la venta de nuestros arcos y flechas…

Aferrado en querer conocer a los lacandones, tomé mi mochila y sin turistas me fui a visitarlos. Cuando llegué a Lacanha, me recibió un joven lacandón de nombre K’in quien me acomodó en una cabaña de sus familiares y me llevó a conocer una increíble cascada en medio de la selva. Encontramos los vestigios de unos monumentos mayas y le pregunté si en alguna ocasión había visto o se había encontrado con algunas piezas arqueológicas, me dijo que en un montículo encontró unas piezas de jade, como unos muñecos… ¿y qué hiciste? Le pregunté: ahí los dejé —contestó—; apelando a mi instinto chilango y sin reflexionar le pregunté: ¿no los agarraste? —No, me dijo K’in… ¿por qué? Porque tienen dueño, me respondió y siguió caminando por la selva…

En otra visita a la Selva Lacandona, una tarde picaba fruta en una tabla de caoba y K’in me dijo, mira, allá va K’in Obregón… ¿Obregón? ¿Se apellida Obregón? Pregunté… afirmó con la cabeza y salí corriendo a alcanzarlo: Sr. K’in Obregón, disculpe… —el lacandón era alto, fornido, pelirrojo y de piel blancuzca— disculpe, pero es que me dijo K’in que usted se apellida Obregón… me miró fijamente, luego saqué mi credencial de elector, le mostré que yo también me apellido Obregón y le sonreí… miró la credencial de elector, luego me miró a mí y preguntó: ¿tienes pilas? Lo miré desconcertado y le insistí, mire, quizá somos parientes ¿tienes pilas sí o no? No, no traigo pilas le contesté, dio media vuelta y siguió su camino.

Tuve el privilegio de ser amigo de la Doctora Ruth Deutsch Lechuga, fotógrafa, directora de museos, química, filántropa, coleccionista de máscaras y autoridad en la artesanía mexicana, fue una generosa mujer que naciendo allende las fronteras, entregó su vida a México. En las primeras décadas del siglo pasado, Ruth viajaba con Gertrude Blom y Franz Blom por la selva lacandona, fueron ellos y los chicleros quienes por vez primera entraron en contacto con los lacandones.

¿Oye Ruth y cómo encontraron a los lacandones? —le pregunté una vez en el museo de su casa y me respondió—: más bien fueron ellos quienes nos encontraron cuando preparábamos de comer en un claro de la selva y se acercaron tranquilamente hacia nosotros. Ruth me platicó decenas de anécdotas referidas al intercambio tecnológico y sensorial que tuvo con los lacandones, para ellos todo era absolutamente extraño, los humanos que estaban delante de ellos contaban con objetos que parecían salidos de un ensueño; la factura de las pieles y las telas así como los instrumentos de  metales, escapaban a sus referencias visuales.

Ruth alcanzó a presenciar rituales chamánicos que realizó Chan K’in Pancho Villa, uno de los últimos sacerdotes lacandones pero no dejó heredero del conocimiento ancestral, se quejaba de que ningún lacandón quería tomar el conocimiento para sí, partió de este plano existencial llevándose consigo un conocimiento milenario.

Como resultado de las conquistas de voluntades, las entidades divinas lacandonas originales fueron suplantadas por creencias cristianas, un proceso de 50 años en el que se desintegró una civilización para inducir en sus descendientes nuevas creencias ajenas al imaginario ritual de la selva.

Ruth me contó que los muchachos del Instituto Lingüístico de Verano ILV (una organización sustentada por la CIA que con el pretexto de estudiar los idiomas primigenios, sus integrantes viajaron por el mundo para evangelizar y desarticular a las sociedades autóctonas), llegaron a Chiapas en un camper, echaron a andar el aire acondicionado e invitaron a unos dirigentes lacandones a ingresar al fresco.

Para los lacandones debió haber sido una sensación extrañísima pasar de 39 grados a 21 de un sopetón y ya cómodamente sentados, les ofrecieron “hielos”, los lacandones sentían el agua fría en sus manos y en sus bocas, los muchachos del ILV los invitaron a chupar el hielo y entre chupada y chupada, también les enseñaron cantos de una religión cristiana.

Repitiendo el sistema de condicionamiento que el ruso Pavlov experimentó con un perro y de donde derivó la línea psicoanláitica conocida como “conductivismo”, los muchachos norteamericanos del ILV, introdujeron una distante religión en la mente de los lacandones y, al cambiar la codificación térmico-religiosa, se transfiguró de igual manera y sin remedio, su milenaria visión de la existencia.

Los mayas lacandones estuvieron aislados durante siglos, encapsulados en un imaginario ancestral que daba prioridad a la simbiosis de los seres humanos con la naturaleza; súbitamente, los visitaron la modernidad y los misioneros güeritos, el gobierno del ex presidente Luis Echeverría los dotó de bosques y luego se hicieron reservas ecológicas, sin embargo, cada ocasión que voy a la Selva Lacandona, veo o escucho de talas clandestinas realizadas o toleradas por los lacandones.

Ahora la mayoría de los lacandones están encapsulados en nuevas creencias religiosas, morales y éticas, los lacandones que viven en Palenque, por la mañana se visten con sus tradicionales túnicas blancas para vender sus arcos y flechas a los turistas en la zona arqueológica pero cuando bajan al pueblo, se disfrazan de occidentales y abandonan el vestido tradicional, como abandonaron sus tradiciones chamánicas y al imaginario que los acreditaba como descendientes religiosos de los mayas históricos.

Los seres humanos somos el resultado de transfiguraciones mentales que han determinado nuestra historia, todo evoluciona, sin embargo, no toda evolución significa progreso y hoy, los lacandones comulgan con jóvenes misioneros estadounidenses una Fe alejada años luz de su codificación genética pero implantada en su neocórtex como la única realidad existente.

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Centro de Estudios Antropológicos e Históricos Panimil

Literatura y Mundo Maya