LA CORRIDA DE TOROS Y LA CHULERÍA DE LOS ‘ANTICASTRISTAS’ DE VOX

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EL BESTIARIO

Por si la fiesta nacional necesitaba más chulería patriótica llega la extrema derecha en España, se apropia de este obsceno sacrificio de reses bravas y lo mete en su programa como un hito de la reconquista…

 

 

SANTIAGO J. SANTAMARIA GURTUBAY

Aunque a estas alturas suene un poco a broma, los toreros, los empresarios taurinos y los espectadores de las corridas, si son católicos practicantes, deberían saber que la bula Salute gregis que emitió el papa Pío V en 1567 contra este cruel espectáculo sigue vigente y que la pena de anatema y excomunión que contenía no ha sido levantada. La bula incluía una cláusula que impedía su derogación y ni Gregorio XIII, ni Clemente VIII ni ningún otro Pontífice de los que ha habido desde entonces hasta hoy se ha molestado en anularla. Pío V invocó la autoridad divina, de la que derivaba su infalibilidad. Sin duda los taurinos se pasan este anatema por el forro e incluso puede que algunos lo consideren como a un incentivo más para ir a Las Ventas. Dado que este perro mundo está lleno de estímulos infames el asistir a una corrida de San Isidro, empinar la bota o comerse un pastelillo de nata entre puyazos, estocadas, vómitos, descabellos y encima salir de la plaza excomulgado puede que para ciertos estómagos constituya un atractivo insoslayable. Pero a la sensibilidad del español medio hoy le resulta más duro que el anatema papal el tener que contemplar esta masacre entre señoritos con un puro ensalivado en la boca apoyados en la barrera y con los de la solanera jaleando el chorro de sangre que se desliza por el lomo hasta la pezuña del toro, uno de los animales más bellos de la creación. Y por si la fiesta nacional necesitaba más ajo arriero, más chulería patriótica, más salivazos ideológicos y más moscas llega la extrema derecha, se apropia de este obsceno sacrificio de reses bravas y lo mete en su programa como un hito de la reconquista. He aquí, pues, a un don Pelayo de pelo engominado, con una copa de fino amontillado en la mano proclamando la consigna electoral: en la España cañí, cuantos más votos, más puyazos, más estocadas.

La mínima expresión del circo la constituyen una escalera, una cabra y un zíngaro que toca una trompeta abollada. Se le puede añadir también un oso y un pandero. A veces llegaba al pueblo un carromato de titiriteros y, en la plaza, bajo tres bombillas de 100 vatios, se montaba un espectáculo ratonero que a los niños de posguerra nos bastaba para soñar. Así llegó el día en que uno de mis tíos, muy farandulero, me llevó a ver un circo con leones, tigres, monos, equilibristas, trapecistas y payasos, que por Navidad se instalaba en la plaza de toros de Marvilla, Navarra, España. Llevo asociada la idea del circo a un desasosiego unido a la alegre fanfarria, al cúmulo de lentejuelas, al olor a repollo y a fieras despeluchadas, llenas de pulgas, en las jaulas. De niño podía soportar que una cabra trepara por una escalera a toque de trompeta, pero de chaval, imbuido por tantas lecturas de libros de la selva, me parecía degradante que un león o un tigre domados se vieran obligados a golpe de látigo a pasar por el aro, a sentarse, a levantar una pata, a abrir la boca y a rugir para dar la sensación de peligro. Pasados los años consulté con un psicólogo argentino mi inquietante duda de si en el fondo no estaría deseando que el león se comiera al domador de una vez. Aquel circo de antaño que por Navidad se instalaba bajo una carpa en las afueras es el mismo que este año se ha transformado en el espectáculo de la política. En realidad, nada ha cambiado. En este circo actúa el líder de extrema derecha como hombre bala, el presidente en funciones hace contorsionismo en lo alto de una escalera, los independentistas dan en el trapecio el triple salto mortal, los jóvenes revolucionarios de izquierdas ya son tigres vegetarianos y la portavoz de la derecha pone la cabeza muy segura bajo la pata del elefante. Ningún león se come al domador, pero todo sigue oliendo a pestilente repollo. No entiendo el pacto suscrito entre los ‘anticastristas’ de Miami y Florida, quienes repetían hasta la saciedad que cuando fueran mayores serían como El Che y los ‘profranquitas de Salamanca y Madrid, se empachaban de slóganes de ‘Una, Grande y Libre Arriba Franco”.

A principios del siglo pasado, Vladimir Illich Lenin utilizaba, en su desaparecida Unión Soviética, reiteradamente, la frase: los extremos se tocan. Se refería a que las oposiciones más radicales, por el hecho de ser extremas, terminaban coincidiendo en agenda y propuestas. Cien años después, la historia se repitía meses atrás. Pero no en Europa ni Rusia, sino en América del Norte. Donald Trump y López Obrador, más allá de si son o no un peligro, coinciden en puntos fundamentales, tanto de política como de economía. Esta convergencia es ignorada, sin duda, por el ex candidato republicano, por la sencilla razón que no sabe quién es López Obrador ni qué postula. Pero lo inverso no es cierto. AMLO está al tanto de las propuestas de Trump y es consciente de las coincidencias. Hace ahora apenas unos días estamos ante una ‘cohabitación’, de miamense ‘solo para cubanoamericanos’ y madrileños de ‘españa una y no cincuenta y una’, de Estados Unidos y España. Su fuerza proviene, en buena medida, del hecho de que son percibidos como outsiders.

Hacia el fondo de la noche, Joaquín Sabina se pondrá suave y Joan Manuel Serrat hará de canalla y no cesarán de volar hasta encontrar el corazón dulce de los caballos en cada uno de los espectadores. Un día de primavera, por los montes de Navas del Marqués, más allá de El Escorial, por una carretera perdida que solo llevaba a un cercado donde pastaban unas vacas rubias, apareció un Cadillac 1953 Eldorado, descapotable, de color rojo, largo, muy largo, con Serrat y Sabina a bordo, unidos por la misma marca Stetson del sombrero y la gorra. Aparte de estos dos pájaros que cantan en los escenarios había otros que en ese momento cantaban en las ramas de los pinos, robles y carrascas. Contemplar a Sabina respirando un aire extremadamente puro con olor a lavanda era en este caso el espectáculo. Se podía temer que lo matara aquella descarga de oxígeno con su punta afilada de navaja, pero se comportó como un valiente. Por su parte Serrat, que es más de mar y montaña, respiraba a pleno pulmón sin temer peligro alguno. Por allí andaban sus mujeres, Candela y Jimena, que ejercen con ellos de compañeras, amantes, enfermeras y asistentas sociales.

Decía Sabina: “Yo con el martirio de los autógrafos y los selfis ya no puedo salir de casa. Algunos amigos tienen la llave. Saben que allí hay camas”. Ahora en esta tierra alta, de místicos y jabalíes, Sabina se sentía a salvo, a menos que una vaca se acercara a abrazarle. En cambio, Serrat suele aceptar la gloria como un pan tierno de cada día que le manda la vida y sonríe como la cosa más natural cuando un matrimonio de cierta edad, después de felicitarle, le confiesa que ha engendrado a sus hijos escuchándole cantar y hasta ahora nadie le ha pedido daños y perjuicios. Serrat y Sabina volverán en otoño a unir de nuevo sus voces en el Cono Sur de Latinoamérica donde son dioses, cada uno en su nube de algodón, entre la lírica y el desgarro, ambos con su endiablado talento. Un día Rafael Azcona les dijo: “Lo habéis conseguido todo, venga, dejadlo ya”. Cómo lo va dejar Sabina si sigue imbatido después de haber meado sobre el limón espumoso de miles de urinarios en bares de madrugada; si Joan Manuel Serrat ha sobrevivido al Mediterráneo y conserva intacta la rebeldía moral, comprometida de unos tiempos difíciles, pero siempre envuelta en el aura de una dicha de vivir y en la melancolía de aquellos tranvías que transportaban hacia las playas los domingos a gente vencida y devolvían a la ciudad solo derrotada por el sol, con los labios salados y la piel quemada.

Y entre tantas palabras de amor de Serrat, los gritos afónicos de Sabina, ambos fundidos, y aunque los dos crucen sus canciones, uno con la guitarra se rascará el corazón y otro el hígado sobrevivirán hasta el último día y ni un minuto más. Durante sus conciertos de nuevo se llenará el aire de nuevas pálidas princesas, de versos incólumes de poetas, de borrachos, macarras y prostitutas, de aquellos bares que ahora son bancos hipotecarios y otras ternuras, pero estos dos pájaros volarán juntos, con las alas cruzadas como sus letras y melodías hacia el fondo de la noche y Sabina se pondrá suave y Serrat hará de canalla y no cesarán de volar hasta encontrar el corazón dulce de los caballos en cada uno de los espectadores. Cantando la moral de la derrota o la gloria de estar vivo, de ser un héroe cotidiano o un superviviente de la propia guerra, los dos han sido elegidos por los dioses, uno con la voz rota, otro modulando un temblor también desgañitado.

Estar siempre de parte de los que pierden, apuntarse a las derrotas, convertir cualquier caída en una rima dura y cantarla como quien grita a la vida, ese es el asunto de Sabina cuyo primer objetivo es que todo el mundo sea feliz, que los reaccionarios dejen libres las nubes y los jergones para que los hijos del cielo puedan volar. Si hubiera sido misionero habría bautizado con whisky a los apaches. Y mientras ese milagro suceda Serrat enamorará a las madres y a las hijas. Acosados por una estampida de admiradores en España y Latinoamérica, Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina se han apropiado de los jóvenes más insomnes, de los más cabreados, de todas esas chicas, que si bien pueden ser princesas, tienen el corazón suburbano.Volarán juntos otra vez, ahora con las canciones trabadas, como el fuego cruzado de una guerra conjunta contra los bárbaros de cada esquina, a favor de la felicidad de cuantos esperan que un asa llegue por el aire a rescatarlos para volar a la misma altura, con estos dos pájaros, Serrat y Sabina. Después de contemplarlos entre el humo de los aplausos recibir exhaustos y sudorosos los abrazos de los admiradores en los abarrotados camerinos era cosa de verlos ahora en la altura mística de los montes de Ávila entre flores silvestres y vacas rubias y de ojos azules bajo el canto de los mirlos y de los jilgueros. Pese a todo, estos dos pájaros en este vuelo han podido comprobar que las flores de jara son blancas y amarillas las de la retama. ¿Qué hacían allí? Posar para una foto. Lo mismo que hacía aquel tigre en la cumbre nevada del Kilimanjaro.

 

@SantiGurtubay

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