Ingenio, alma y gusto

José Juan Cervera

El estilo de la expresión escrita constituye un problema fundamental desde el momento en que se aspira a crear obras de aliento literario. La escritura débil e incolora, menguada y anodina resta motivación en el proceso mismo de leer, y sólo refleja pereza y conformismo. Algo de arrogancia hay también en la actitud de quienes niegan el valioso recurso de acudir al encuentro de autores que, en distintos lugares y épocas, reflexionan sobre este asunto e infunden a su propia obra el espíritu que hace de la pluma un canto a la fibra radiante de la creación artística.

Los pensadores que tienden lazos fecundos entre los variados campos de su experiencia cotidiana también logran extraer de ella claves que nutren una perspectiva integral de la realidad. Uno de ellos fue Georges-Louis Leclerc, Conde de Buffon, que en la ilustrada Francia del siglo XVIII hizo importantes contribuciones a las ciencias naturales. También dio lustre a su nombre al concebir su Discurso sobre el estilo, con el cual ingresó a la Academia Francesa.

Como prueba de la sintonía que puede tenderse con la atmósfera intelectual de la época en curso, Buffon se reconoce deudor de las ideas recogidas en las obras de los propios socios de la Academia para fijar las apreciaciones que expone en su discurso. Así hace patente la dimensión colectiva de todo esfuerzo individual que se adentra en el fértil terreno del intelecto.

El autor advierte con claridad que las palabras no son sólo signos que esbozan una comprensión básica del mundo, porque constituyen también un instrumento que borra los límites originarios de las impresiones elementales que aquellas transmiten, para fundar en cambio una visión de conjunto en que el concepto y su expresión sistemática favorecen juicios vigorosos, sin desligarlos de sus implicaciones emotivas. Por ello afirma que “el estilo no es sino el orden y el movimiento que se pone en los pensamientos”.

La aceptación de este principio conduce a jerarquizar las ideas, a compenetrarse con el tema y a trazar un plan antes de formularlas por escrito. Dejarlas a la deriva del simple detalle o de la resonancia pomposa de los vocablos termina por revelar las oscuras carencias de la pluma que pretende engendrarlas, a la vez que exhibe los malogrados afanes que la impulsan.

Con el propósito indicado se fortalecen vínculos de honda significación para destacar ideas esenciales,  aflora la verdad fundida espontáneamente en la belleza para imprimir un sello distintivo en los enunciados que se concatenan en armonía, mostrando su coherencia con estados anímicos a los que se ingresa sin forzar la marcha. “Escribir bien es pensar bien y a la vez sentir bien y expresar bien, es tener a un mismo tiempo ingenio, alma y gusto”.

¿Cuántos escritores novatos están dispuestos a someterse a los rigores de la disciplina y a la cautela que conlleva todo plan metódico con tal de hacer florecer su vocación? ¿Cuántos de los autores que hoy consagra el mercado editorial podrán aproximarse a los verdaderamente grandes que perduran más allá de su desaparición física?

Acaso entre todos ellos, algunos se empeñen en cultivar cualidades que los llevarán a fluir al soplo regenerador de la autenticidad que emite resplandores envolventes y perennes.

Georges-Louis Leclerc, Conde de Buffon, Discurso sobre el estilo. Traducción de Alí Chumacero. México, UNAM, 2017, tercera reimpresión. Colección Pequeños Grandes Ensayos, 36 pp.