GARCÍA MÁRQUEZ Y LA MÚSICA

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Mi papá admiraba y envidiaba muchísimo a los compositores de canciones por su habilidad para decir tanto y de manera tan elocuente en tan pocas palabras. Mientras escribía El amor en los tiempos del cólera se sometió a una dieta constante de canciones pop en español sobre el amor perdido o no correspondido. Me dijo que la novela de ninguna manera sería tan melodramática como muchas de estas canciones, pero que podía aprender mucho de ellas sobre las técnicas con las que evocaban sentimientos. Nunca fue pretencioso en sus gustos artísticos y disfrutaba de personas tan diversas como Béla Bartók y Richard Clayderman. En una ocasión pasó por mi lado cuando estaba viendo a Elton John en la televisión interpretando sus mejores canciones, solo al piano. Mi padre apenas tenía una vaga idea de él, pero la música lo detuvo en su camino y al final se sentó y lo vio todo, fascinado. «Carajo, este tipo es un bolerista increíble», dijo. Era típico de él referirse a algo en relación a su propia cultura. Nunca lo intimidaron las referencias eurocéntricas que eran tan comunes en todas partes. Sabía que el arte verdadero podía florecer en un edificio de apartamentos en Kioto o en un condado rural en Mississippi, y tenía la firme convicción de que cualquier rincón remoto y desvencijado de Latinoamérica o del Caribe podía representar la experiencia humana de manera poderosa. (Fragmento de “Gabo y Mercedes: una despedida”, por Rodrigo García Barcha, Random House, 2021)

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