Florencia Cuenca, la hija del «Polivoz» que hace teatro musical en Broadway

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Florencia lleva en su apellido parte importante de la historia de la comedia y el espectáculo en México: su padre fue, ni más ni menos, Enrique Cuenca, de Los Polivoces. Pero entre el público no latino en Estados Unidos, donde ella está abriéndose camino en la industria teatral, eso no tiene importancia.

Lejos de lo que pudiera pensarse, la mujer de 30 años lo toma como una oportunidad “porque no entra el prejuicio de ‘se va a quedar porque es hija de…’, o, ‘tal vez no es talentosa, pero ve quién era su papá’”.

“Es liberador, también porque cuando comencé a hacer audiciones no conocía a nadie, así que no tenía que probarle nada a nadie; en México quieras o no la industria es muy pequeña, no falta quien te ubique y te critique porque no te fue bien”, comenta.
Desde hace seis años Florencia radica en Nueva York, en donde ha participado en montajes como “A never ending line”, “Children of salt”, “Matilda the musical”, además de espectáculos como “¡Viva Broadway! Hear our voices”, y el 18 de septiembre pasado, en “Curtain Up! en Times Square”, organizado por Playbill para celebrar el regreso de Broadway.

“Creo que mi papá estaría muy orgulloso de saber que ya estoy en NY, haciendo lo que amo, llegando a escenarios que nunca me hubiera imaginado, estar de pronto en medio de las cosas, a veces no logro comprender la magnitud de esto. Tuve la oportunidad de estar en un evento en Times Square y la gente me decía: tu sueño hecho realidad, pero no era un sueño, porque nunca me imaginé que eso podía pasar, una actriz mexicana de teatro musical actuando ahí, seguramente soy de las pocas mexicanas que ha podido hacer eso, cantar en medio de Times Square”.

Florencia descubrió este deseo por hacer teatro musical cuando tenía seis años, tras asistir junto a su padre a ver “Bailando bajo la lluvia”, algo que para ella fue impactante: ver llover sobre el escenario.

Al morir Enrique Cuenca, el 29 de diciembre de 2000, para superar el duelo decidió entrar al Centro de Educación Artística (CEA), donde surgió la oportunidad de realizar televisión en unas cápsulas del programa “En familia con Chabelo”; ella tenía 12 años.

“Nunca hubiera podido ser como mi papá, no por sentirme menos sino porque somos personas diferentes, de otras épocas, pero empezaron a ponerme los mismos chistes y personajes de él, algo que podía hacer pero que no era lo que buscaba. A pesar de que tengo facilidad para la comedia quería hacer otras cosas, contar muchas historias y elegir los personajes que quería hacer, fue una cosa de descubrir quién era yo a pesar de mi papá”.

La actriz volvió a tomar su rumbo cuando se integró a la escuela de teatro musical de Gerardo Quiroz, donde descubrió que tenía aptitudes para estar en los grandes musicales, porque no sólo debía actuar, también cantar y bailar; entonces puso empeño en prepararse para destacar en este género.

Explica que el abrirse camino dentro del mundo del teatro en México fue complicado porque, a diferencia de Estados Unidos, el teatro todavía no es un negocio, a pesar de que considera que hay muy buenos escritores, directores y actores, pero hay muy poco campo de trabajo.

“Lamentablemente tenemos este síndrome de malinchismo que creemos que todo lo que viene de fuera está bien, entonces de pronto era luchar por trabajo con mucha gente, algo muy complicado. Gracias a Dios fui muy bendecida y conseguía trabajo, pero la verdad no me sentía valorada, porque mis amigos, mis maestros y mis directores me decían ‘estás genial, vas a llegar muy lejos’, pero en los trabajos que obtenía, si bien eran buenos, no era la actriz principal, me decían que así era el negocio y me tenía que aguantar”.
Aun así Florencia formó parte de grandes musicales como “Selena”, “¡Si nos dejan!” y “Shrek”, pero el momento de tomar una decisión llegó: era quedarse en México y conformarse con los papeles que pudiera a conseguir, o dejar todo e ir detrás del sueño de conquistar Nueva York, así que animada por su entonces prometido, el músico y productor Jaime Lozano, se decidió por lo segundo y emigró a Estados Unidos.

Para su sorpresa, asegura que se encontró con una industria que les ha abierto las puertas y ha escuchado lo que tienen que decir, donde se valora el camino y la individualidad de cada quien, aunque aún queda mucho camino por andar para lograr la diversidad y dejar de lado los clichés y los prejuicios, y cree que se logrará decidiendo qué es lo que se quiere contar o no.

“Por fortuna las audiciones y las cosas que yo he hecho han ido de acuerdo a las historias que quiero contar, ahorita en lo que estoy más enfocada es en la representación de los latinos, porque siento que no hay suficiente, nuestra misión acá es representarnos, visibilizarnos y decir aquí estamos, esto somos y no nos vamos”.

Gracias al trabajo que han hecho ella y su ahora esposo, Jaime Lozano, le han abierto las puertas a otros latinos como Mauricio Martínez, que recibió su gran oportunidad al protagonizar la obra “Children of salt”, creada, dirigida y producida por el propio Lozano.

“De eso se trata, queremos que nos vaya bien a todos; si nosotros estamos tirando puertas y ventanas, es para que quien venga detrás de mí sólo tenga que pasarla, ya no la tiene que tirar porque ya lo hicimos, es crear comunidad y una red de apoyo, de decir, hay lugar para todos, porque en México somos muy talentosos y además de mostrar que los sueños se pueden alcanzar”.

Florencia se presentará este fin de semana en uno de los conciertos que la ciudad de Nueva York organiza al aire libre de manera sorpresiva y la siguiente semana estará en México, para participar el 24 de octubre en el Festival Santa Lucía, en Monterrey, Nuevo León, con el espectáculo Carta de amor a Monterrey.

La niña de papá

“Si me preguntas, ¿cómo te acuerdas de Enriquito?, sería con él en la cocina, con música, cocinando y sus tres mujeres viéndolo (Verónica Torriz, su mamá, su hermana Valentina y ella), porque no ayudando, sólo viéndolo cocinar y platicando”.

Para Florencia su infancia fue una época muy feliz, no sólo porque su familia era muy unida, también porque creció rodeada de arte, sus días transcurrían entre libros, películas, música y la pintura, una de las grandes aficiones de su padre.

“A mí papá le encantaba pintar, él en las tardes agarraba su copita de vino, se ponía a pintar y me decía ‘hija ven siéntate, escucha esta música, ¿qué te parece?’, entonces iba y me sentaba para verlo trabajar o escucharlo mientras me contaba la historia del cantante o el género”.

Por eso ella cree en la frase que dice que infancia es destino, porque ahora que es adulta se ha dado cuenta de que todo lo que hace hoy es consecuencia de lo que ella vivió cuando era niña.

“La cocina fue uno de los placeres de mi padre, así fuera una ocasión especial o un día normal, corría al salir de la escuela para ver qué había hecho de comer; entonces, contrario a lo que se puede pensar, no lo recuerdo en un escenario sino como un papá, porque antes de ser artista era un ser humano, y en esta imagen está todo, el amor por su familia, estar unidos, haciendo algo y escuchando música, que era un arte”.

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Florencia asegura que nunca se dio cuenta de la fama de su padre, porque para ella era común salir de gira o estar en un foro, por lo que ella consideraba esa vida como normal y por lo tanto su deseo de ser artista fue de lo más natural. Cuando le manifestó esto a Enrique Cuenca, él comenzó a enseñarle chistes y a ayudarle a trabajar las imitaciones de las estrellas del momento, ella recuerda que todo era como un juego, pero al final de cuentas su padre se convirtió en su primer maestro.

“El primer aprendizaje que tuve como niña fue con mi papá, que nunca me trató como niña sino como un adulto más en casa y hablaba cosas serias conmigo, me hizo una chiquilla muy curiosa y hasta la fecha los soy, eso le encantaba a mi papá, porque imaginen una niña que de verdad tiene ganas de escuchar, entonces teníamos una relación muy fuerte, por eso fue un golpe muy fuerte perderlo, esos nueve años fueron una gran base que me dio las herramientas necesarias y el amor por esta carrera”.

Una de las grandes enseñanzas que recibió de Enrique Cuenca es que un artista nunca termina de prepararse y en eso él daba el ejemplo, porque recuerda que era un ávido lector de aquellos temas que le interesaban, porque aseguraba que el saber era la llave para alcanzar un siguiente nivel en la vida. Ahora que es madre de un pequeño de cinco años llamado Alonso, está segura que la historia se volverá a repetir, porque su hijo está creciendo entre ensayos, camerinos, giras, mucha música y gente con mucho talento.

“Es algo que quieras o no él crece viendo, yo veo que le gusta mucho la música, el teatro, la actuación, le tocó esta familia y tendrá que andar de arriba para abajo, así crecí yo también porque mi mamá y mi papá así me traían, tenía que dormir sobre las maletas de vestuario lo recuerdo bien, así él, aunque tal vez diga basta no quiero esto”.