Estrofas negras

José Juan Cervera

Entre los escritores mexicanos del pasado figuran muchos que, a pesar de la apreciable calidad de su obra, han permanecido en una franja borrosa de la memoria colectiva que sólo en escasos momentos confiere visibilidad a sus textos y a su trayectoria, sea por medio de reediciones, estudios, coloquios y otros recursos que pocas veces escapan del dominio de especialistas para propagarse hacia un público diverso. Se trata, además, de personajes que se ligaron a alguna localidad fuera de la cual poco se llega a saber de las iniciativas literarias que en ella se desarrollaron.

En varios casos también, los autores que responden a esta categoría abandonaron el terruño con el propósito de abrir nuevos cauces a sus búsquedas expresivas: así lo pone de relieve el ejemplo del potosino Alfonso Zepeda Winkfield (1882-1910), quien pasó a radicar a la metrópoli en los días en que la efervescencia modernista inundó cenáculos y páginas luminosas, recintos tabernarios y otros rincones de estremecimiento catártico en los que fervorosos estetas sentaron sus reales.

La recepción que sus pares capitalinos brindaron al recién llegado no resultó tan cálida como otros espíritus menos avezados que el suyo hubieran preferido, pero en un ambiente intelectual como el de ese entonces las rivalidades, los suspicacias y la competencia entre generaciones literarias hicieron sentir su peso inexorable y siguieron templando el ánimo del escritor provinciano, más aun si traía consigo un temperamento combativo, insumiso y afecto a las extravagancias, rasgos que compartió con otros representantes de ese movimiento que renovó las letras en Hispanoamérica. En sus memorias, Ciro B. Ceballos se refiere a Zepeda Winkfield de un modo despectivo, tanto al compararlo físicamente con un perro como al aseverar que “era un medianísimo poeta pipiolo”, que publicaba versitos y reseñas “en algunos periódicos de segundo orden… con bellaquería inaudita”. Asimismo señala el disgusto que éste le ocasionó a Juan de Dios Peza con una de sus críticas.

En cambio, sus paisanos y colegas, el periodista de tendencias revolucionarias Luis F. Bustamante y el poeta Guillermo Aguirre y Fierro, ambos amigos suyos, aludieron a su persona en términos más amables, especialmente cuando acaeció su deceso al cumplir veintiocho años, destacando los valores de su producción artística y otras cualidades que la  convivencia con él en la vida cotidiana les llevó a reconocer. Reseñaron anécdotas estudiantiles, desencuentros afectivos y momentos de expansión bohemia que imprimieron en su sensibilidad matices singulares.

Fue autor de los poemarios Alucinaciones (1903) y Engarces (1906). El Colegio de San Luis reeditó en 2001 una selección de textos extraídos del primero de ellos en la colección Literatura Potosina, que coordina Ignacio Betancourt. En esta obra, su autor rinde tributo de admiración a los literatos contemporáneos suyos a quienes la dedica, mientras que en otras dedicatorias con que acompaña varios poemas incluidos en ella, deja entrever la fruición con que leía el deslumbrante caudal lírico que por entonces circulaba en los países de habla hispana.

La poesía de Alfonso Zepeda Winkfield consta de los elementos formales y de las aspiraciones estéticas que dieron color y gracia al modernismo, pasando por los estados anímicos que éste describió, en alguna de sus fases, con crudeza bellamente depurada: la neurosis, el hastío, la amargura y la desesperanza.

Las gemas de la amistad fulguran con intensidad en Alucinaciones, particularmente en el poema Idilio, que dedicó al también potosino José María Facha, como una forma de dialogar con su obra idilio bucólico (1900), quien tanta incomodidad causó cuando su libro vio la luz en su tierra natal, como consecuencia de las resonancias eróticas que su lira entonó con desenfado.

Al igual que otros autores de su tiempo, Alfonso Zepeda Winkfield reveló su aguda fascinación hacia los temas fúnebres, que asoman con recurrencia entre sus versos. Éstos exaltan, además, lo recóndito y lo eterno, los esplendores y las sutilezas de la vida: “¡Oh mi musa, mi ninfa soñadora! / Amante de lo triste y de lo bello, / hay en tus ojos despuntar de aurora / y destellos de sol en tu cabello.”