Estados Unidos teme una nueva guerra civil – EL BESTIARIO

Las audiencias del ataque al Capitolio y el clima de fractura política alientan la discusión sobre si el país se encamina hacia un nuevo conflicto fratricida…

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Hay palabras que se resisten a convivir a la ligera. ‘Guerra’ y ‘civil’ son dos de esas palabras. Pero el caso es que se escuchan juntas frecuentemente estos días en Whashington, Nueva York, Miami… Y no son las jeremiadas de cuatro extremistas: han resonado durante las seis semanas de audiencias de la comisión que investiga el ataque al Capitolio en boca de congresistas, de insurgentes que participaron en el asalto y de colaboradores de Donald Trump que se apearon en marcha del tren que iba a toda máquina hacia el golpe de Estado. También aparecen en ensayos y en artículos periodísticos y académicos, así como en discursos de políticos moderados.

Puede sonar exagerado ―y no sería raro: simplificar y exagerar son deportes nacionales en esta sociedad― pero, arguye Barbara F. Walter, profesora de Ciencia Política de la Universidad de California en San Diego, también parecía absurdo durante los meses o años previos a que estallaran conflictos en los lugares, desde Yugoslavia hasta Siria o Irak, que ella estudia para entender el modo en el que se ha desatado la violencia en las últimas tres décadas y las lecciones que cabe extraer para evitar que vuelva a suceder. “Mientras me dedicaba a ese trabajo, me di cuenta de algo inquietante: las señales de inestabilidad que identificamos en otros países son las mismas que he comenzado a ver en el mío”, explica en How Civil Wars Start (Cómo empiezan las guerras civiles, Crown, 2022).

Walter escoge con cuidado sus palabras en uno de los ensayos de la temporada. Y resulta sombríamente persuasiva, cuando, por ejemplo, argumenta que Estados Unidos cumple los dos requisitos que más se repiten en la inminencia del conflicto fratricida. El primero: el país ha caído por primera vez en los últimos años en el grupo de las que el laboratorio de ideas de Virginia llamado Center of Systemic Peace considera “anocracias”, regímenes que se sitúan en los grises que hay entre las democracias completas y las autocracias puras. Dos sistemas que, por razones diametralmente opuestas, nunca se deslizan, dice Walter, hacia la guerra civil.

El segundo factor de riesgo llega cuando los partidos políticos empiezan a organizarse a los dos lados de líneas rojas basadas en “la raza, la religión o la identidad”, rasgos que la experta observa en la guerra cultural (esa sí, ya en marcha) que libran republicanos y demócratas. Para ella, “el ataque al Capitolio y la politización del uso de las mascarillas durante la pandemia” son dos manifestaciones de algo que viene de más lejos: “En la última década, la desigualdad ha crecido y nuestras instituciones se han debilitado [están en mínimos históricos en términos de confianza de los ciudadanos, según una encuesta hecha pública esta semana por otra institución, Gallup]. Los estadounidenses están cada vez más cautivos de los demagogos, a través de sus pantallas y de sus gobiernos”. Y lo que es más preocupante a corto plazo: “Los grupos extremistas violentos, especialmente de la derecha radical, son más robustos que nunca, aunque su crecimiento pueda parecer imperceptible”.

El ensayista Stephen Marche es autor de The Next Civil War. Dispatches from the American Future (La próxima guerra civil. Despachos desde el futuro de Estados Unidos, Avid Reader Press, 2022), un libro provocador desde sus primeras frases: “Estados Unidos está llegando a su final. La pregunta es cómo”. Marche recuerda en una conversación telefónica que la revista Foreign Policy “pidió, a raíz de la elección [en 2016] de Donald Trump, a un grupo de expertos en seguridad nacional que evaluaran las posibilidades de una guerra civil en los próximos 10 a 15 años”. “El consenso se situó en el 35%”, añade. “Una encuesta de 2019 de la Universidad de Georgetown preguntó a los votantes registrados cuán cerca veían el país al borde de una guerra civil, en una escala de 0 a 100. La media de sus respuestas fue 67,23 puntos”. Lo que sucedió entre uno y otro sondeo es, obviamente, la presidencia de Donald Trump, que empezó con él diciendo en las escaleras, precisamente, del Capitolio: “La carnicería americana debe parar inmediatamente”.

En un país con más armas (unos 390 millones) que habitantes (332 millones), en el que un candidato al Senado (el republicano Eric Greitens, Misuri) puede protagonizar un anuncio electoral en el que fantasea rifle en mano con matar, tanto Marche como Walter se ponen de acuerdo en señalar el mismo caso como paradigmático de la nueva y ominosa realidad: el arresto, en octubre de 2020, de 13 sospechosos de orquestar un complot para secuestrar a la gobernadora demócrata de Míchigan, Gretchen Whitmer. Planeaban llevarla a un lugar secreto, juzgarla por los confinamientos que había decretado durante la pandemia por traición (a la autonomía personal, se entiende) y ejecutarla. La mitad de los sospechosos estaban vinculados a una milicia local, los Wolverine Watchmen, emparentada con otros grupos de extrema derecha claves en el ataque al Capitolio, como los Proud Boys o los Oath Keepers. El líder de estos, Stewart Rhodes, declaró en una entrevista con The Atlantic publicada en noviembre de 2020, dos meses antes del asalto: “No jodamos. Ya estamos en una guerra civil”.

 “El tiempo en política es una sustancia altamente inestable. Siempre va por delante pero solo se entiende mirando atrás. Es algo que saben bien los sociólogos estadounidenses. Durante el mandato del magnate neoyorquino, sus sensores han detectado un seísmo únicamente comparable al que en 1968 sacudió al país. Una falla que, según las encuestas, ha dividido a la sociedad norteamericana como nunca en medio siglo y que tiene una causa bien establecida: Donald John Trump (Nueva York, 1946)…”, escribe el periodista español Jan Martínez Ahrens. Retroceder 52 años no es caer en una fecha cualquiera. 1968 fue el año en que Estados Unidos perdió la inocencia. Robert Kennedy y Martin Luther King fueron asesinados. Richard Nixon ganó las elecciones. Las protestas civiles sacudieron el país. Y en Vietnam, la ofensiva del Tet y la matanza de My Lai, hicieron sentirse bárbaros a muchos americanos de buena fe. Fue una fecha para la memoria, como ha sido en muchos sentidos el primer año de Trump. “Al igual que en 1968, vivimos un choque entre dos formas de ver el mundo: emergen profundas contradicciones y hay un esfuerzo por redefinir y desmantelar instituciones”, explica Victor Davis Hanson, historiador en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. En 48 meses, sin necesidad de guerras ni magnicidios, se han roto todos los moldes; el presidente de Estados Unidos ha insultado y amenazado, mentido y despreciado. Ante los ojos estupefactos del planeta, ha convertido la Casa Blanca en un show en sesión continua. El resultado ha sido enfermizo. La fractura social ha alcanzado niveles que no se registraban desde Vietnam. Su valoración es la más baja de un presidente a estas alturas de mandato. El desprestigio de las instituciones, ese proyectil que él tanto utilizó en campaña, se ha abismado y su propia administración es vista como disfuncional por el 70% de los ciudadanos. “Ha roto con el papel simbólico de la presidencia. Trump no trata de estar por encima de la refriega ni le importa aparecer como justo. Tampoco le preocupa la imagen de Estados Unidos en el mundo. Sus normas se reducen al poder y la humillación del enemigo”, afirma Andrew Lakoff, profesor de Sociología de la Universidad California Sur.

En Miami y la Florida hay una comunidad cubana, de extrema derecha, que canaliza sus rencores hacia el Gobierno socialista de La Habana, apoyando la política de nacionalismo de supremacismo blanco de Donald Trump. Los ‘anticastristas’ a cambio de su apoyo militante, exigen que siga aumentando su bloqueo sobre la isla, donde viven sus propios familiares. Alucinante. “Deben sufrir y pasar calamidades mayores para que se levanten contra los comunistas…”. Estas consignas son muy fáciles lanzarlas en ‘El Rey del Lechón’ o en ‘Sancho’, zampándose un lechón o un cochinillo con arroz congrí y yuca, con decenas de cervezas ‘Cortes’… Es la estrategia del sufrimiento como quisieron implantar en las sociedades europeas grupos extremistas de derecha e izquierda para alcanzar sus ‘revoluciones’… Se olvidaron que las sociedades socialdemócratas y de otras familias ideológicas como la demócrata cristiana, liberal, nacionalistas… implantaron tácticas que lograron aumentar los niveles de bienestar de vida, la redistribución de la riqueza mediante la Educación, y el aumento de las clases medias. La fórmula mágica se llama capitalismo social. Entre los cubanos miamenses hay quienes no viven apegados a las televisoras, canalizadas por YouTube y Facebook, propiedad de españoles, chilenos, argentinos…, y algún que otro cubano ‘marielito’ o del éxodo de agosto del 1994…, quienes ‘atracan’ con contratos laborales basura a los ex profesionales de la Televisión Cubana que por razones, esencialmente económicas, optan por irse del país y alcanzar el ‘Sueño Americano’. Tampoco se enganchan a los programas de youtubers, donde se mezcla un buen humor criollo, denigrado muchas veces con consignas políticas surrealistas donde se refieren a los gobernantes de España o México, por ejemplo, como si fueran los mismísimos José Stalin, Vladimir Illich Lenin o Leon Trotsky… Uno pudiera pensar que estos análisis formaran parte de guiones de un nuevo Teatro Bufo, un género popular, de estilo mixto, satírico y musical, emparentado con la zarzuela, el sainete, la parodia… del Miami de los convulsos 2020, 2021 y 2022.

No serían descartables graves enfrentamientos civiles en los democráticos Estados Unidos con un líder que nos evoca el film de Woody Allen, ‘Bananas’, de 1971. La obra se desarrolla a modo de sátira política siguiendo una historia que hace bastante alusión a la Revolución Cubana (o alguna que otra sucedida en América Latina). El filme está estructurado mediante varias escenas que, por un lado responden a los hechos de la historia linealmente, y por el otro, introducen distintos sketchs cómicos que marcan el humor de la época yendo desde la influencia de los Hermanos Marx. La película empieza con una ridiculización de una cobertura periodística estadounidense del ascenso del nuevo dictador de San Marcos, pequeño país ficticio de Sudamérica. Fielding Mellish es un ciudadano estrafalario de Manhattan que se dedica a probar nuevos productos en una clara analogía a ‘Tiempos Modernos’. Es un enano enclenque, inseguro, obsesivo y sin éxito con las mujeres. El general Vargas (nuevo dictador del país) lo recibe con honores. Pero solo para planear asesinarlo y hacer parecer que fue obra de Expósito y sus rebeldes. Según ellos, con eso se ganarían el total apoyo de Estados Unidos.

De cualquier manera, Fielding escapa y va a parar con los rebeldes. Como queda en deuda, Fielding se une a la guerrilla y sólo podrá volver a Manhattan una vez que la revolución haya triunfado. Es allí cuando aprende torpemente a ser un guerrillero. Son varias las escenas graciosas: el aprendizaje de la lucha, de la supervivencia, su romance con la guerrillera de la banda y el extremadamente absurdo saqueo a un almacén del pueblo. Se desencadena la batalla y, con una parodia incluida de El Acorazado Potemkin, la Revolución triunfa. Vargas se exiliará en avión en una posible analogía respecto del derrocado Fulgencio Batista. Expósito, si bien es físicamente parecido al Che Guevara, se vuelve loco dando órdenes contradictorias y disparatadas al pueblo. Fielding gana popularidad entre los guerrilleros de una manera similar a la del personaje de Peter Sellers en la comedia ‘Being there’. Es elegido como nuevo presidente de San Marcos, y viaja a los Estados Unidos para pedir dinero disfrazado de Fidel Castro. La película terminará con el mismo reportaje extraño y absurdo del noticiero estadounidense, pero esta vez comparando la consumación del matrimonio con una pelea de boxeo. Donald Trump, medio siglo después, arengó a sus seguidores más extremistas a asaltar el Capitolio, un Día de Reyes, el 6 de enero del 2021. Parecía un remake de ‘Bananas’. La realidad supera siempre a la ficción.

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