Elogio de una ausencia o mi odio a las despedidas – Desde el Rincón

Inosente Alcudia Sánchez

Hoy no escribiré sobre los apuros del Tren Maya ni de los graves asuntos que me recomiendan la realidad y mis sesudos asesores: la crisis económica que se prolonga y arrebata bienestar a millones, la dantesca devastación de Ucrania, las campañas de odio que enfrentan a hermanos, la violencia y la inseguridad que han adquirido carta de naturalización entre nosotros, esa forma abominable de la corrupción que es la impunidad… He decidido rebelarme a las urgencias del día a día porque, como escribió Cortázar:

«Hace un buen rato

que quiero escribirle,

y hace más de un buen rato

que la vida no me deja».

Y es que un amigo me explica que lo mío es la narrativa y que eso de la poesía es una obsesión personal, un autoengaño, cápsulas antidepresivas para sobrellevar el diario drama que viven los aspirantes a poetas. Eso me aconseja mi amigo, quizás sólo para no cortarme de golpe las esperanzas de escribir algún día el gran poema, dejar una salida a mis afanes literarios y evitar la desilusión que me lleve a buscar refugio permanente en las cada vez más escasas botanas cantineras. Por eso hoy no intentaré el verso y me refugiaré en la prosa que –lo vi en Sabines, en Cardenal, en Cortázar– también es de utilidad para los desfogues del alma.

Y es que traigo dos o tres tragos de hiel entre pecho y espalda, dolores de mi propia manufactura, quizás magnificados por mi proclividad al auto flagelo o quizás minimizados por mi tolerancia al dolor, pero fruto eso sí del azaroso destino que me trajo hasta aquí, a esta noche de mi mal, a esta hora en la que se me vienen encima como una jauría hambrienta todos los dolores de mis felicidades. Fíjense si no. Evoco y evito a Los Heraldos Negros, del enorme Vallejo, guiño de la tentación para hacerme desistir de este azote prosaico que resisto a pesar de la vergüenza que me provoca desnudar el alma en párrafos y no en estrofas. Y es que, la verdad, a pesar de mi aflicción y, sobre todo, a pesar de eso que me provoca el sollozo, mis pesares quedan muy lejos, creo, de la tensión conseguida en la última temporada de Better Call Saul, por lo que me apena el riesgo de aburrir a mis escasos lectores si es que alguno alcanzó a llegar a esta línea antes de un desaprobatorio bostezo.

Es que la vida no es fácil para los poetas en estos tiempos. Ni para quienes aspiramos a encontrar, todavía, algún motivo para vivir esta nueva normalidad más allá de la barra del Rincón. Déjenme entonces regodearme en el dolor que me causa una ausencia y la soledad más brutal más absoluta, de planeta extraviado en una galaxia desconocida, que se me ha acomodado lo mismo en mis horas que en mis huesos, como la dolencia reumática que habrá de acompañar mis días y mis noches.

El cuarto vacío es testimonio de mis pesares. Ayer se fue Daniel y tras él partieron infinidad de cosas de eso que llamamos vida. Déjenme contarles. Aunque no lo crean debo agradecer a la pandemia estos casi dos años con mi hijo. La suspensión de clases presenciales lo devolvió a casa y, juntos, capoteamos la tormenta. Pasamos horas de angustia, pero el gozo de su presencia era una bendición, el aliento para recomenzar y seguir adelante. En este tiempo, desde nuestra cueva donde nos creció el cabello y la barba, terminó la carrera a distancia, cursa una especialidad y ya se ha apuntado a una maestría. Quizás porque yo sabía que estos dos años eran sólo un lapso, el aplazamiento inevitable de su partida, a pesar del miedo y la incertidumbre, a pesar de los pesares, hice de nuestra convivencia la razón de vivir, de sobrevivir, de dar gracias a Dios por cada nuevo día.

Con el control de la pandemia, las clases presenciales han regresado y, otra vez, mi hermano, mi padre, mi compañero, mi amigo, mi otro yo, mi hijo se fue a cumplir sus obligaciones académicas. Partió contento, con la ilusión de sus pocos años y el ímpetu que da reiniciar el vuelo, “porque los trashumantes no se pueden permitir el disfrute de la añoranza”. Ya tiene alas para intentar aventuras de largo aliento y la intuición me acusa que esta ausencia será prolongada. Me he quedado, pues, en el desamparo más miserable, sin las madrugadas de angustiosa espera y sin la paz de escuchar su andar culpable y sigiloso. Ando en estado de indigencia amorosa, herido por ese absurdo de la vida que te hace forjar hijos para la libertad y después te agobia por no saber qué hacer con esos silencios que ahora invocan su ausencia.

Heme aquí, entonces, en la ansiedad de horas que se prolongan en el desvelo. He alcanzado el futuro, el promisorio futuro que me esperaba desde antes de la creación del mundo. Me toca administrar la abundancia de soledad, las dolencias acumuladas, el denso patrimonio de recuerdos que van hasta lo más lejano de la memoria, allá donde ni los peores sueños presagiaban estos golpes de la vida, escribiría Vallejo:

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma… ¡Yo no sé!”

Que sea este el testimonio de mi odio a las despedidas. En casa hay un cuarto vacío en ansiosa espera.