El T-MEC: entre el libre comercio y el nacionalismo – Desde El Rincón

Inosente Alcudia Sánchez

En términos llanos podríamos decir que el T-MEC es una actualización del TLC. En 1990 iniciaron las gestiones entre los gobiernos de Canadá, Estados Unidos y México para establecer un tratado de libre comercio que potenciara las capacidades productivas y de inversión de la región de Norteamérica. Después de múltiples foros regionales y temáticos, en los que participaron representantes de los sectores público, social y privado, y de muchos meses de negociaciones, el Acuerdo Comercial entró en vigor el primero de enero de 1994 (precisamente cuando despertamos con la noticia de un alzamiento armado en Chiapas, pero eso es otra historia).

Desde su implementación, en 1994, hasta el anuncio de su actualización en diciembre de 2018, el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica elevó la competitividad económica de nuestro país e hizo de la región una de las economías más dinámicas del mundo. Es importante apuntar que la consumación del TLC fue gradual, ya que reconoció la asimetría productiva entre los tres países y las cinco etapas de aplicación tuvieron el propósito de otorgar tiempo para que los sectores en desventaja se prepararan para la desgravación arancelaria. De esta manera, el comercio bilateral de México con Estados Unidos cerró 2021 en 661 mil 164 millones de dólares, la cifra más alta desde que hay registro. De este total, el valor de las ventas a nuestros vecinos del norte ascendió a 384 mil 705 millones de dólares, también un máximo histórico para las exportaciones mexicanas.

Desde luego, la prosperidad económica alentada por este acuerdo comercial no ha sido generalizada ni uniforme. Ni todos los estados ni todos los sectores productivos se han beneficiado al mismo nivel de la apertura comercial, pero es indudable el impulso que ha dado a diversas ramas industriales, como la automotriz, y facilitó el camino para la exportación de productos primarios, como el aguacate o el atún, por mencionar algunos; además, la existencia de reglas comunes y un marco normativo que cuida las condiciones de competencia para las empresas de los tres países ha dado certidumbre a la inversión, lo que se refleja en el establecimiento de nuevas empresas que son atraídas por la posibilidad de acceder a mercados con facilidades arancelarias y, sobre todo, sujetos a reglas claras.

Sin duda, son millones de empleos los que se han generado en México gracias al TLC y, en el actual contexto económico internacional, el T-MEC tiene un valor estratégico para que la región aproveche las oportunidades de inversión que se derivan de novedosos arreglos comerciales mundiales (“nearshoring” llaman a una de las nuevas oportunidades del comercio internacional). En síntesis, el TLC y el T-MEC han sido la llave para que negocios asentados en México accedan en condiciones favorables y competitivas al mercado más importante del orbe.

Como resultado de la aplicación de las normas que rigen este acuerdo comercial, en estos días se lleva a cabo un panel de solución de controversias, solicitados por los gobiernos de Canadá y México en contra del de Estados Unidos, para revisar la aplicación de reglas de origen en la industria automotriz. Los especialistas aseguran que los expertos darán la razón a los gobiernos que reclaman y el de USA tendrá que rectificar su política en la materia o pagar el daño causado a las fábricas automotrices canadiense y mexicana. Así funciona el libre comercio: con reglas que aseguran un “piso parejo” para las empresas de los tres países.

Viene a cuento esta árida perorata para tratar de dimensionar el famoso “llamado a consulta” que los gobiernos de Estados Unidos y de Canadá hicieron hace unos días al de México. Se sabe que esos dos países reclaman cuatro cosas que, a su juicio, afectan la libre competencia y la participación de sus empresas en el mercado energético de nuestro país: Uno, que el gobierno ha dado prioridad al despacho de la energía eléctrica generada por la CFE, por encima de la producida por las empresas a pesar de ser más barata y menos contaminante; dos, haber otorgado un permiso a Pemex, pero no a otras empresas, para que comercialice durante cinco años combustible con contenido de azufre por encima de las normas; tres, obligar a que los usuarios de la red de transporte de gas natural de México demuestren que obtienen este producto de Pemex o CFE, es decir, forzar a las empresas a comprar el hidrocarburo a las paraestatales; y, cuatro, retrasar o denegar los nuevos permisos o sus modificaciones, suspender o revocar los permisos existentes, o bloquear a las empresas privadas para operar instalaciones de energía renovable, para importar y exportar electricidad y combustible, para almacenar o transferir combustible, y para construir u operar estaciones de combustible minoristas.

Durante el periodo de “consultas” que, digamos, es una etapa de negociación amigable, los funcionarios mexicanos intentarán convencer a sus contrapartes de que esos cuatro puntos no van en contra de las reglas contenidas en el T-MEC; o, al contrario, canadienses y estadounidenses demostrarán que el gobierno mexicano está violentando lo que aceptó al firmar el tratado, lo que obligaría a revertir las medidas reclamadas. Si en esta etapa no alcanzan un acuerdo que satisfaga los reclamos, entonces se conformará un panel de solución de controversias, integrado por expertos designados por los tres gobiernos, quienes decidirán quién tiene la razón. Así de complejo, pero así de simple.

Ni Canadá ni Estados Unidos nos han declarado la guerra, ni han violentado nuestra soberanía. Simplemente se trata de un diferendo comercial, como ha habido y seguirá habiendo mientras tengamos un tratado vigente. Si en su euforia nacionalista AMLO decide cancelar el T-MEC, no nos invadirá el ejército norteamericano. Simplemente habrá cancelado la principal herramienta del desarrollo económico nacional, en perjuicio de millones de mexicanos. Como me dijo un amigo, simplemente se trata de una fase superior del desacato. Pero el presidente podrá ejercer su independencia y demostrar que no es pelele de nadie. Preparemos los tequilas para el 15 de septiembre. A ver qué tal la resaca con el discurso del día siguiente.