El puente sobre la laguna que resolverá el tráfico… ¿o no?

Paco de Anda

@pacodeanda

Recientemente asistí a una reunión para la presentación de la Manifestación de Impacto Ambiental (MIA) del Puente de Nichupté, un puente sobre una laguna para aliviar el tráfico de la zona turística de Cancún.

La Laguna de Nichupté es un área de agua salobre encerrada entre la larga y angosta isla de Cancún, y la zona continental donde se asienta la mayor parte de la famosa urbe turística en el Caribe mexicano. Esta laguna tiene una extensión de 3,000 hectáreas, aunque su zona protegida alcanza las 4,257. Mientras que la mayoría de hoteles se ubican con la vista al mar Caribe, son restaurantes, centros comerciales y residencias las que tienen acceso directo a la laguna de Nichupté.

Para llegar en automóvil a la isla, donde se asienta la zona hotelera, existe un acceso vehicular por la parte sur alimentada directamente desde el aeropuerto internacional de Cancún, y otra por la parte norte que comunica con la ciudad. En ambos accesos, pequeños puentes unen a la isla cruzando los canales de agua que conectan a la laguna con el mar. Una sola avenida cruza la isla de punta a punta alimentando todos los destinos intermedios. Con el propósito de aliviar el intenso tráfico que se ha generado en la isla, en 2006 surgió la idea de construir un puente con la intención de cruzar la laguna y generar una vía vehicular adicional de acceso y salida.

Aunque a la distancia parecería una buena idea para resolver el tráfico de la zona, conviene revisar algunos criterios de movilidad que nos permitan entender si sería una solución adecuada o realmente no tanto.

El proyecto del puente contempla una extensión de 8.8 km con tres carriles vehiculares -uno reversible- y ciclovía. La estructura del puente se soportaría sobre pilotes hincados en el fondo limoso de la laguna. Su trazo impactará directamente zona de manglar, en tierra, y pastos marinos que viven en la laguna, así como la fauna que depende de esta vegetación. Se dice que se realizaría una inversión millonaria anual para mitigar los impactos, así como para recuperar zonas protegidas cuya vegetación no goza de buenas condiciones. En la MIA no se presentó ningún dato sobre la emisión de gases de efecto invernadero derivados ni de la construcción ni de la operación. Confieso que, en el contexto del Cambio Climático, me sorprende que no se incluya esta información que, pensaría, es básica si entendemos que estas obras tienen implicaciones también a escala global.

¿Resolverá el tránsito?

Con mucha frecuencia, y resultado de ideas más que de estudios completos, se decide invertir en obras para favorecer el tránsito vehicular. Y suena lógico. Si hay tráfico, entonces hagamos más calles. Este modelo, desafortunadamente no ha funcionado como se hubiera querido. Muchas ciudades han invertido en grandes vías urbanas que, al poco tiempo, se saturan irremediablemente.

En una ciudad común, entre una cuarta parte y la mitad de la gente que se desplaza, lo hace en vehículo privado. El resto de la gente, la mayoría, opta por usar el transporte público, caminar y andar en bici. El porcentaje variará en función de la conveniencia que las opciones de movilidad ofrezcan. De ahí que, si existen ciclovías, la gente elija usar más la bici, si el transporte es asequible, cómodo y seguro, también la gente lo usará preferentemente. Pero si se facilita al auto, la gente entonces buscará usarlo más.

De acuerdo con organizaciones como WRI e ITPD, el generar vías para aumentar la capacitad vehicular tiene un efecto directo en hacer más conveniente manejar –tráfico inducido, le llaman-. Por esta razón las nuevas obras se saturan rápidamente. Y esto, en vez de solucionar el problema, desde luego, lo complica más.

El proyecto del Puente de Nichupté originalmente contaba con casetas de peaje. Sin embargo, el gobierno federal ha dicho que asumiría su operación y entonces se decidió eliminarlas. Entonces el acceso sería gratuito. También parece una buena idea, pero si quisiéramos que quien use el puente asuma de alguna forma las externalidades producidas y se “controle” la demanda, entonces habría que cobrar el peaje. No es una idea extraña si comparamos con el peaje que se tiene que pagar para entrar a Manhattan o al centro de Londres, por poner ejemplos. Es una medida que desincentiva entrar en automóvil y eso tiene muchas ventajas para las ciudades.

Por otro lado, el proyecto del puente olvida que todos los vehículos que lleguen a la isla necesitan estacionamiento. No hay un plan para dar cabida a los vehículos que se sumarían a la limitada oferta de estacionamiento, ni tampoco hay un plan que restrinja el acceso en algún momento. 

Se dice, aunque no tengo ninguna evidencia que lo soporte, que existe un plan de movilidad sustentable alrededor del proyecto. Se supondría que habría una mejora en el transporte público o turístico, o de personal, o todos juntos. Pero si así fuera, entonces los propios números de pasajeros transportados de manera eficiente, junto con el espacio necesario para los vehículos, así como los gases emitidos, acabarían por inviabilizar el proyecto del puente. Incluso la idea de la ciclovía en el puente no parece muy funcional. Quienes planifican para la bicicleta saben que la bici resuelve traslados de hasta 8 kilómetros. No me puedo imaginar a ciclistas rodando bajo el sol por tantos kilómetros sin ninguna sombra ni destino intermedio. ¿Qué haría un ciclista si se le poncha una llanta o tiene un desperfecto que le impida terminar el recorrido pedaleando? Son muchos kilómetros sin nada, ni siquiera acceso a un bebedero para hidratación o una simple sombra que lo proteja de un golpe de calor.

Por lo anterior, el puente no resolverá el tráfico, al contrario. Tampoco sería funcional ante la demanda de estacionamiento. Y, por último, la oferta para la bicicleta resultaría muy poco atractiva. Lo que podría resolver parte del problema es un modelo integral de movilidad sustentable basado en el transporte masivo. Además, podría ser interesante gestionar los accesos a la isla con peajes para que no sea tan atractivo entrar en automóvil a la isla. Estos peajes podrían ayudar a mejorar el transporte colectivo y así hacerlo más cómodo y conveniente tanto para visitantes, trabajadores y residentes (aunque quienes ahí vivan podrían tener un peaje libre, por ejemplo).

Al final, lo que queremos son menos autos que emitan gases de efecto invernadero, menos ruido, tráfico, estrés y accidentes. Lo que todo mundo quiere es poderse mover con calidad y seguridad, y si impactamos de menor manera el medio ambiente, tanto mejor.

Paco de Anda, especialista en movilidad segura con enfoque sistémico, auditor en seguridad vial certificado y consultor en políticas públicas de movilidad segura.