El Insólito Doctor Pech

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Roberto Hernández Guerra

Debo comenzar por reconocer que en un principio vi con simpatía la aspiración del doctor José Luis Pech de ser el candidato del partido Morena a la gubernatura de Quintana Roo. Su madurez, experiencia administrativa y decisión de participar en el proyecto de transformación de la 4 T eran para mí sus mejores cartas de presentación. No dejaba de suponer que en las encuestas el nivel de simpatía hacia su persona sería mucho menor que la de las dos damas con las que competía; cuestión de apreciación, pero eso no disminuía mi inclinación hacia su candidatura.

Sin embargo, la desilusión fue muy grande, ya que cuando el doctor Pech tuvo que escoger entre sus intereses personales y de grupo o el proyecto alternativo de nación que hasta ese momento había apoyado, no dudó: se inclinó por privilegiar los primeros. Para justificar su infidencia, escogió como pretexto la presunta influencia de personajes del partido Verde-Ecologista sobre la candidata escogida; desde luego sin prueba alguna. Pero lo que hay que recordarle, es que mientras que el partido al que atribuye una conspiración para controlar  el estado es parte de la alianza por la transformación que encabeza López Obrador, el que escogió para representar como candidato se ha caracterizado por su oposición a la misma, rayando sus legisladores en la crítica feroz.

El sainete que estelariza el insólito doctor Pech me trae a la memoria una película antibélica proyectada en el año 1964, dirigida por Stanley Kubrick y con Peter Seller en el papel estelar. Su largo título era “Doctor Insólito: o como aprendí a no preocuparme y  amar la bomba” y como verán, hay algunas semejanzas entre hechos que se dan en el film y la actuación de nuestro senador en su búsqueda del poder.

En la década de los sesenta, en plena “guerra fría”,  el riesgo de una confrontación entre las dos superpotencias nucleares estaba en el aire; la llamada “crisis de los cohetes”, confrontación entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, con Cuba de por medio, había acontecido apenas dos años antes. De ahí el interés que generó en ese tiempo la película. El argumento se centraba en la paranoia de un general de la aviación del país del norte, que sospechando de una conspiración comunista para fluorizar el agua, contaminando según él “los preciosos fluidos corporales” de los habitantes de Estados Unidos, decidió por su cuenta ordenar un bombardeo nuclear en contra de la Unión Soviética. Desde luego que de conspiración a conspiración, la del doctor Pech se queda chica, pero se igualan en su carencia de fundamentos. La escena final mantenía en suspenso a los espectadores, pues luego de que el Comando Central norteamericano logra evitar la incursión de la mayor parte de las aeronaves B 52, una de ellas que había quedado incomunicado por la radio como resultado de daños causados por la defensa antiaérea, logró penetrar al espacio considerado enemigo. El piloto, un tozudo texano, al tener dificultades para arrojar su artefacto termonuclear, maniobró personalmente con el resultado de que la bomba cayó con el osado patriota a horcajadas, produciéndose la catástrofe mundial tan temida. Aquí, la diferencia es que aunque el doctor Pech vaya montado en la bomba electoral de Movimiento Ciudadano, los efectos sobre sus contendientes van a ser mínimos.

Para finalizar, podemos agregar un subtítulo a la hazaña de nuestro parroquial Doctor Insólito: como aprendí a no preocuparme por el ridículo y llegar al poder. Este puede ser el mejor simbólico epitafio, para quien por mucho tiempo fue un respetado político.