ROBERTO HERNÁNDEZ GUERRA

Quienes acusan al Presidente de la República de dividir a los mexicanos, solamente están viendo su imagen reflejada en el espejo: el “espejo negro de Tezcatlipoca” que refiere la tradición Tolteca y que reflejaba tanto la luz como la oscuridad.  Desde luego que me refiero en particular a los actores políticos de la actual oposición, pero que por decenios llevaron las riendas de la economía nacional. Que ven a un México dividido no es novedad; ellos nos heredaron una polarización en lo económico y lo social que nadie en su sano juicio puede negar.

El organismo encargado de medir la pobreza, el CONEVAL, nos da la cifra para el año 2018,  de 41.9 % de la población del país en esta situación, pero creemos que no reflejan en su real dimensión el drama de la mayoría de los mexicanos, pandemia aparte. Como nota al margen, podemos agregar la situación de los servicio de salud, abandonados durante el período neoliberal en aras del fetiche de las privatizaciones y que manifestó sus debilidades estructurales cuando el Coronavirus tocó a nuestra puerta.

Pero la polarización muestra dos caras de la misma moneda. Una de ellas ya nos la dio el CONEVAL, de la otra podemos mencionar, para no ser muy prolijos, el escándalo de los 23 mexicanos a los que se les confiscaron 46 mil millones de pesos por su origen dudoso, los departamentos lujosos en Miami y Nueva York y las exhibiciones ofensivas de riqueza que con frecuencia trascienden.  A final de cuentas, saldos de una globalización neoliberal que sacrificó al “estado” en aras del “mercado” con consecuencias negativas para la mayoría de la población; “polvos de aquellos lodos” del Consenso de Washington y de la era de Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

Pero a las características de un modelo concentrador de la riqueza, en México se agregó una característica particular: la corrupción que se irradió desde las más altas esferas del poder. Pero contraria a la opinión de Peña Nieto, de que ésta era parte de la idiosincrasia nacional, creemos que fue el mal ejemplo de “los de arriba” y la impunidad correspondiente la que produjo esa otra pandemia.

Día con día se van descubriendo casos de corrupción que nos dejan con la boca abierta. La “estafa maestra” fue uno de ellos, en los que se buscó la complicidad de diversas Universidades públicas en las que la “ética” como materia escolar, seguramente nunca se  impartió en sus aulas; y si se dio pronto fue olvidada. El robo en gran escala de combustibles que floreció con la complicidad de quien debía vigilar que llegara a su destino. El saqueo de PEMEX y la CFE para beneficio de sus altos funcionarios y de empresarios cómplices. El sobreprecio en la obra pública, los contratos amañados y la deficiencia en la calidad de los mismos. Y podríamos seguir con una lista interminable, de lo que día con día nos  vamos enterando y que si no nos indigna es que ya perdimos la sensibilidad.

Pero hay un hecho que nos deja con la boca abierta y del cual seguramente tendremos pronto más información. En el reporte diario sobre la vacunación para prevenir el COVID 19, el Dr. Hugo López-Gatell se refirió al porcentaje de merma del producto, que hasta este momento representaba el 0,13 por ciento; es decir que de cada diez mil vacunas se perdían 13. Pero a continuación lo comparó con las mermas que en otro tiempo, no muy lejano, se daban en los programas de vacunación y que oscilan entre el 15 y el 20 por ciento del fármaco. De confirmarse estas últimas cifras, no habría otra explicación que un caso más de corrupción en los servicios de salud pública, aunque quizás menos mórbido que la sustitución de medicamentos contra el cáncer por agua destilada, que se dio en el Veracruz de Duarte.

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