El burdel del abuelo proxeneta de los Trump | EL BESTIARIO

El presidente de Estados Unidos se burla del Oscar a ‘Parásitos’, pues no le gusta “oler a pobre”, por sus orígenes de emigrantes alemanes…

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

“Tenemos suficientes problemas con Corea del Sur por el comercio y ¿les dan el Oscar a lamejor película?”. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha criticado este jueves a la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas por otorgar el mayor galardón de los Oscar a la surcoreana ‘Parásitos’. En un mitin de campaña en Colorado Springs (Colorado), el republicano se burló de la ceremonia en la que el filme se llevó además el premio a mejor dirección, guion original y mejor película internacional. “¡Qué malos fueron los premios de la Academia este año! ¿Los visteis?”, dijo Trump a los presentes en el acto. “Y el ganador es… ¡Una película de Corea del Sur! Pero, ¿de qué demonios va todo esto?”, prosiguió el presidente estadounidense, que lucha por su reelección por cuatro años más. “¿Estuvo bien? No lo sé”, dijo Trump, quien pareció indicar que no había visto la película. Neon, el distribuidor estadounidense de ‘Parásitos’, respondió al presidente en Twitter, diciendo que su oposición a la película subtitulada era “comprensible”. “No puede leer”, se escribió en la cuenta.‘Parásitos’ es la primera película no producida en Estados Unidos que gana ese Oscar. “¿Podemos recuperar ‘Lo que el viento se llevó’ por favor? ¿Sunset Boulevard?”, sugirió durante su mofa el magnate norteamericano. Al tiempo que Trump pronunció sus palabras, el público lo jaleó con risas y abucheos a la Academia de Hollywood, responsable de entregar los Oscar. Pero no solo la sátira del director BongJoon-ho recibió la atención de Trump, también dedicó unas palabras al actor Brad Pitt, que esa noche ganó el premio a mejor actor de reparto. Pitt fue uno de los pocos en hacer alguna referencia política al recibir su premio: “Tengo 45 segundos. Eso es más de lo que el Senado le ha dado a John Bolton”, dijo en el escenario. “Dio un discurso de pequeño sabio. Es un pequeño sabio”, respondía el otro rubio, zanahoria, y ‘guaperras’, mantecoso, del ‘realismo mágico’ que se desarrolla en el Despacho Oval de la Casa Blanca de los Estados Unidos, con sus elementos fantásticos o mágicos que son percibidos como normales por los republicanos y otros personajes del antiglobalismo e hipernacionalistas de Steve Bannon, el Rasputín del presidente que vino del frío.

Después de dejarWashington, Bannon ha hecho campaña y ha ayudado a varios movimientos políticos europeos de derecha y extrema derecha. Estos incluyen el Frente Nacional de Francia, la Fidesz de Hungría,​ la Alternativa para Alemania, los Demócratas de Suecia, el Partido por la Libertad de Holanda, la Liga del Norte de Italia,​ el Partido de la Libertad de Austria,​ el Partido Popular de Suiza,el Frente NOS en Argentina, VOX en España​, y el movimiento identitario paneuropeo. Bannon cree que los movimientos antes mencionados, junto con el japonés Shinzo Abe, el indio NarendraModi, el ruso Vladimir Putin, el chino Xi Jinping y el estadounidense Donald Trump, así como líderes similares en Egipto, Filipinas, Polonia y Corea del Sur, son parte de un cambio global hacia el nacionalismo. Fundó en Bruselas la agrupación TheMovement para promover el euroescepticismo, el identitarismo, el liberalismo económico y, en general, el populismo de derechas por el continente europeo, con ciudadanos afectados por la epidemia del independentismo como una parte de los catalanes. “Barcelona no es España…”. La mitad de sus vecinos no están de acuerdo con esta máxima, que quieren aplicarla de manera unilateral, saltándose a la torera las actuales leyes de España y la Unión Europea. Sus actitudes evocan a la Yugoslavia de JosipBroz. El ‘Mariscal Tito’ fue el principal arquitecto de una federación socialista, que duró desde la Segunda Guerra Mundial hasta 1991. A pesar de ser uno de los fundadores del Kominform, fue también el primero en desafiar la hegemonía soviética. Fue partidario de la vía al socialismo independiente, y uno de los principales fundadores y promotores del Movimiento de Países No Alineados, así como su primer secretario general. Como tal, apoyó la política de no alineamiento entre los dos bloques hostiles en la Guerra Fría. Tras su muerte, entre el 1991 y 2001 estallaron las guerras yugoslavas por conflictos étnico-religiosos entre los serbios por un lado y los croatas, bosnios y albaneses por el otro. Unas 200.000 personas murieron y millones fueron sacados de sus hogares millones.

Todo comenzó con el burdel del abuelo proxeneta de los Trump. “Vamos a hacer nuevamente grande a Estados Unidos”. Friedrich Drumpf, quien emigró a Nueva York  desde Alemania con solo 16 años; hizo fortuna con hoteles y restaurantes que funcionaron como prostíbulos durante la fiebre del oro; en 1885 llegaba a la Casa Blanca el demócrata Grover Cleveland, un presidente atípico por ser el único que ha tenido dos mandatos no consecutivos, que además vetó una ley que pretendía restringir la entrada de extranjeros al país; hoy, 135 años después, otro mandatario poco común tiene el mando de la Casa Blanca y, en este caso, estamos ante un obsesivo compulsivo por cerrar las fronteras y levantar miles de kilómetros de muros: Donald, su nieto”; a los originarios de Kallstadt, un apacible pueblecito germano cuya tradición vitivinícola data del Imperio Romano, se les conoce cariñosamente como Brulljesmacher, una palabra que en el dialecto regional significa fanfarrón, caprichos del destino.La periodista estadounidense Gwenda Blair es la autora del libro ‘TheTrumps: ThreeGenerationsThatBuiltAnEmpire’ (Los Trump: Tres generaciones que construyeron un imperio), actualizado en una reciente edición como ‘TheTrumps: ThreeGenerations of Builders and a PresidentialCandidate’ (Tres generaciones de constructores y un candidato a la presidencia), donde investiga el origen de este linaje y sus negocios durante tres generaciones en los que se incluye claro está el proxenetismo y la prostitución como fuentes de origen de la fortuna Trump. El nuevo presidente nunca ha querido hablar de este capítulo familiar. El destino es caprichoso. En 1885 arribaba a la joven nación un inmigrante alemán de 16 años llamado Friedrich Drumpf. Traía sólo una maleta y no sabía una palabra de inglés, pero su talento innato le llevó a cumplir el sueño americano y levantar un imperio económico. Amasó una fortuna y regresó a su patria con la intención de quedarse para siempre, pero el gobierno germano le expulsó por eludir el servicio militar obligatorio. La presencia de la saga Trump en estas tierras ha sido de todo menos discreta y convencional desde que pisaran por primera vez el nuevo mundo. Al pasado del abuelo se suma el del padre, Fred Jr., que ha sido vinculado con los grupos del KuKluxKlan de los años 20 de Nueva York. Pero para narrar la historia de esta estirpe, debemos primero viajar a su lugar de origen, una pequeña aldea rodeada de viñedos en la región germana del Palatinado.

Gwenda Blair investiga el origen de este linaje y sus negocios durante tres generaciones. Friedrich, el abuelo del republicano presidente de EE UU, vivía con sus padres, Christian Johannes Drumpf y KatharinaKober, dos vendimiadores que se ganaban la vida recolectando la uva, en Kallstadt, un apacible pueblecito germano cuya tradición vitivinícola data del Imperio Romano. Tras una larga enfermedad, su padre, el bisabuelo Christian, moría en 1877 con 48 años, dejando a la familia en la ruina. Sus cinco hermanos se pusieron a trabajar en el campo, pero la salud de Friedrich era tan endeble para afrontar aquella faena que, con sólo 14 años, en 1883, lo mandaron a la localidad vecina de Frankenthal para trabajar como aprendiz de peluquero. Cuando aprendió el oficio, tras dos intensos años, volvió a su pueblo natal. Allí, este joven, ya con 16, se dio cuenta de que aspiraba a algo que la vieja Europa ya no podía darle, riqueza. Además, hasta Baviera llegaban entonces los cantos de sirenas de una nueva tierra de oportunidades que se abría paso al otro lado del Atlántico. De modo que una noche, sin avisar, cogió la maleta, dejó una nota a su madre y se encaminó a Bremen, donde embarcó rumbo a EE UU.

Allí lo esperaba Nueva York, ciudad que la historia uniría para siempre a su apellido. Pero no al de Drumpf. El 16 de octubre, como muchos inmigrantes, se inscribió en el registro norteamericano, donde lo anotaron incorrectamente, u optó por asimilarlo a un sonido más inglés, como Frederick Trumpf, que acabaría derivando en Trump. Vivió un par de años en la casa de su hermana Katharina, que había emigrado antes que él. Encontró trabajo en una barbería donde hablaban alemán y se quedó allí seis años. Pero el primero de los Trump anhelaba más. En 1891, se marchó a la costa oeste, a Seattle, donde compró con sus ahorros un restaurante en el centro de la ciudad, en una zona donde en la época abundaban casinos, salones y burdeles, el red-light district conocido como Lava Beds. El local fue bautizado como PoodleDog, y en él servía alcohol, comida y ofrecía “habitaciones para señoritas”, que era como eufemísticamente se anunciaba que había prostitutas. Frederick vendió sus propiedades justo antes de que el negocio se viniera abajo, para luego trasladarse a Klondike, en el territorio canadiense de Yukon, junto a Alaska, donde volvió a repetir la fórmula de ofrecer cama, comida, licor y sexo en establecimientos como el Restaurante Hotel Actic y el White Horse Restaurant Inn. Un periódico local describía su negocio como apto “para los hombres solteros del Ártico, con excelentes alojamientos, así como el mejor restaurante, pero no aconsejable para mujeres respetables que vayan a dormir, porque son susceptibles de escuchar sonidos depravados que ofendería su sensibilidad”. La fórmula se repetía en sus locales. Un bar, instalaciones para juegos de azar y zonas oscuras con cortinas de terciopelo, donde ofrecían sus servicios las conocidas como ‘sporting ladies’.

Tras la aventura americana, Frederick Trump dio por concluido su sueño. Vendió sus inversiones y regresó a Alemania en 1901. Una vez más, le funcionó el olfato y se adelantó al final de la fiebre del oro y el consiguiente declive de la prostitución. En opinión de la biógrafa, “demostró ser muy previsor y supo retirarse justo antes de que aquello empezara a decaer y los mineros se marcharan”. “Y no se contagió de la fiebre del oro. Muchos empresarios como él no hicieron dinero allí”. Una vez de vuelta a su pueblo natal, se casó con su antigua vecina Elizabeth Christ, la abuela de Donald. Regresaron a Nueva York, donde abrió una barbería y regentó un hotel y un restaurante. Allí tuvieron a su primera hija, Elizabeth. Pero al poco, la nostalgia sumió a su esposa en una depresión, y en 1894 volvieron a Alemania con la idea de envejecer allí. Pero el Gobierno germano apareció en escena. En aquella época el servicio militar era obligatorio en Alemania hasta los 35 años, justo la edad a la que regresó el abuelo Trump. Su ayuntamiento trató de ayudarle, en un intento de conservar en el pueblo la fortuna de aquel hijo pródigo, valorada en 80.000 marcos, medio millón de dólares de hoy. Pero las autoridades de Baviera consideraron que Firederich, con su aventura americana, sólo perseguía evitar el servicio militar, de modo que le retiró la ciudadanía y lo mandó de vuelta a América en 1905, con su esposa embarazada, que daría a luz en Nueva York a Frederick, padre de Donald, y luego John, ya completamente estadounidenses. Finalmente, el abuelo del nuevo presidente murió a los 49 años, en Queens, durante la epidemia de gripe española. Su mujer Elizabeth usó su herencia para continuar el negocio inmobiliario con su hijo mayor, nuestro siguiente protagonista, Fred Junior, el padre del comandante en jefe.

“El segundo Trump también mostró destreza. No vivió la fiebre del oro y le tocó la gran depresión, pero supo sacar provecho de los programas de ayudas federales y subsidios de la época que buscaban levantar la economía. Él transmitió a su Donald todo sobre negocios y cómo ser competitivo. Le enseñó la frase de ‘ganar lo es todo, no hay límites’. Y mira ahora a su hijo”, señala Blair. Al margen de la faceta empresarial que recoge en este libro, sobre el padre del futuro presidente de los EE UU, fallecido en 1999, aparecieron en septiembre de 2015 noticias inquietantes. Justo cuando su hijo daba los primeros pasos de su carrera política, la prensa desenterró de la hemeroteca del New York Times un artículo publicado el 1 de junio de 1927 que relacionaba a Fred Trump con el KuKluxKlan. La crónica periodística lo vinculaba con una pelea que enfrentó a 1.000 civiles relacionados con el grupo racista contra 100 policías en Queens. Aunque no fue acusado oficialmente, Fred Trump fue uno de los siete arrestados durante el incidente. Hay que tener en cuenta que en aquel momento las prácticas racistas en los EE UU estaban generalizadas y el KKK campaba a sus anchas. Donald Trump más tarde negaría la relación de su padre con el KKK, aunque no pudo desmentir por completo aquel suceso.

Frederick Trump también fue una víctima del rechazo por razones de nacionalidad. Tras casarse con una joven escocesa llamada Mary AnneMacLeod, retomó el negocio inmobiliario con su madre, la viuda de Friedrich, una mujer orgullosa de su origen germano, algo que espantaba a muchos de los clientes del negocio, judíos. De modo que con la II Guerra Mundial, cuando se generó un sentimiento antialemán en EE UU, el padre de Donald Trump comenzó a decir a la gente que era sueco. Mientras tanto, la madre, a sus 80 años, organizó un viaje de vuelta a Kallstadt con varios de sus nietos, no con Donald, que heredó la mentira sobre Suecia, y hasta la incluyó en su biografía El arte del trato. Un periodista en VanityFair le preguntó a Donald Trump en 1990 si no era cierto que en realidad era de origen alemán, a lo que el millonario respondió que “en realidad, era muy complicado”. “Mi padre no era alemán; los padres de mi padre eran alemanes… suecos, y realmente de toda Europa…”. Años después admitiría su origen alemán, aunque nunca ha visitado aquel pueblo.

Reconciliado ya con su pasado, Trump es consciente de que no es el primer inquilino de la Casa Blanca de ascendencia alemana. La familia de Dwight Eisenhower se llamaba originalmente Eisenhauer y provenía de Karlsbrunn, cerca de la frontera germano-francesa. Y los antepasados de Herbert Hoover fueron llamados Huber y arribaron desde Baden, en el sur de Alemania. El papel de Donald Trump en la historia americana está aún por escribir. Lo que nadie podrá borrar ya es su ascendencia. Y aunque no le emocione, sin saberlo, probablemente el presidente que quiere estar cuatro años más en el poder y que sucedió al demócrata afroamericano Barack Obama, tiene más de Kallstadt en su interior de lo que cree. Y es que no deja de ser irónico que a los habitantes de este pueblecito se les conozca cariñosamente como Brulljesmacher, fanfarrón que tiene nada menos que 67 sinónimos, entre ellos: chulo, camorrista, arrogante, ufano, perdonavidas, petulante, vanidoso, jactancioso, presumido, descarado, fresco, desfachatado, desvergonzado, osado, presuntuoso, creído, pendenciero, chulo, matasiete, guapo, pendenciero, gallito, altanero, parlanchín, hablador, bocaza, bocón, charlatán…

 

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