Las corridas de toros no son ‘fiesta nacional’ en España

, Las corridas de toros no son ‘fiesta nacional’ en España

 

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Los jóvenes no inundan, como antaño, calles, plazas y fuentes loando faenas ‘artísticas’ de toreros, banderilleros y picadores -hoy consideradas por una mayoría, maltrato animal, rechazándose valor cultural alguno-…

Los ciudadanos del siglo XXI vibran en la Península Ibérica con las victorias del tenista Rafa Nadal mordiendo la última Copa Davis, días atrás, o con las hazañas de los futbolistas de la ‘La Roja’, Selección Española, proclamándose campeones del mundo en Sudáfrica, aquel histórico verano del 2010. Habrá muy pocos españoles y latinoamericanos que no recuerden perfectamente los nombres de Iker Casillas, Raúl Albiol, Gerard Piqué , Carlos Marchena, Carles Puyol, Andrés Iniesta, David Villa, Xavi Hernández, Fernando Torres, Cesc Fàbregas, Joan Capdevila, Víctor Valdés , Juan Mata, Xabi Alonso, Sergio Ramos, Sergio Busquets, Álvaro Arbeloa, Pedro Rodrígue, Fernando Llorente, Javi Martínez, David Silva, Jesús Navas y Pepe Reina, seleccionados por Vicente del Bosque…

Muchos admiradores de Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat así como de Miguel Bosé, el ‘psicópata’ obsesivo compulsivo de Michelle Bachelet, expresidenta de Chile y designada por el secretario general de las Naciones Unidas António Guterres como Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, por su actitud pacificadora en la Venezuela del presidente constitucional, Nicolás Maduro, y el presidente ‘encargado’ por Estados Unidos, Juan Guaidó, nos quedamos pasmados al verlos una tarde sentados en una barrera de la plaza de toros de Barcelona durante una corrida, días antes se decretarse la prohibición de este tipo de actos en Cataluña, en España. En esta vida hay cosas que no encajan por muchas vueltas que les des. Uno puede imaginar a Serrat aplaudiendo a ‘La Roja’, en el país de Suráfrica Nelson Mandela, o al mallorquín Rafa Nadal, ganando un año más el Roland Garros en la capital francesa, superando al mítico sueco Bjorn Borg. También puede uno oír a continuación ‘Paraules d’amor’ de Joan Manuel, sin que se te rompa ningún esquema. Pero la profunda sensibilidad de esa canción está a mil años luz de un puyazo que hace correr la sangre del toro hasta la pezuña.

Ella me quiso tanto…/yo la quiero todavía./Juntos atravesamos/una puerta cerrada./Ella, cómo os lo diría, era todo mi mundo entonces,/cuando en la lumbre ardían/sólo palabras de amor…/Palabras de amor sencillas y tiernas./No sabíamos más, teníamos quince años./No habíamos tenido demasiado tiempo para aprenderlas,/acabábamos de despertar del sueño de los niños./Teníamos bastante con tres frases hechas/que habíamos aprendido de antiguos comediantes./De historias de amor, sueños de poetas,/no sabíamos más, teníamos quince años…/Ella, quién sabe dónde está./Ella quién sabe dónde para./La perdí y nunca más/he vuelto a encontrarla./Pero a menudo, al oscurecer,/de lejos me llega una canción./Viejas notas, viejos acordes,/viejas palabras de amor…/Palabras de amor sencillas y tiernas/no sabíamos más, teníamos quince años./No habíamos tenido demasiado tiempo para aprenderlas,/acabábamos de despertar del sueño de los niños./Teníamos bastante con tres frases hechas/que habíamos aprendido de antiguos comediantes./ De historias de amor, sueños de poetas,/no sabíamos más, teníamos quince años…”.

¡Regresa la fiesta brava a Cancún con un cartel de lujo!”. Este mensaje puede verse en varias lonas gigantescas colocadas en el coso taurino, bunkerizado por mil y un antros, situado en la Bonampak, y en otros lugares de la ciudad. “El mejor rejoneador del mundo Pablo Hermoso de Mendoza y un torero de dinastía Diego Silveti en mano a mano lidiando cuatro ejemplares de primera de la ganadería de Marrón, celebran el 30 aniversario de la Plaza de Toros Cancun”. “Viernes 20 de diciembre | 8:30 p.m.”, “Boletos disponibles en taquillas”, “En línea https://bit.ly/3439Wi6”…, completan la información dirigida a los ciudadanos aficionados. Me llamó la atención esa conmemoración pues días antes leí publicados en medios locales, nacionales e internacionales, que había entrado en vigor la Ley de Bienestar Animal de Quintana Roo, aprobado por nuestros diputados, que prohíbe las corridas de toros, las peleas de gallos y el uso de caballos para jalar calesas. La normativa entró en vigor este mes de diciembre, por lo que estos espectáculos, incluido el del ‘mundialista’ Pablo Hermoso de Mendoza y el ‘dinástico’ Diego Silveti, no podrá celebrarse. Los periodistas Lilia Arellano y Jorge González Durán, me invitaron, unos años atrás, a su programa televisivo ‘Estado de los Estados’. Compartí debate sobre los toros con Oscar González, columnista político de ‘Café Negro’ de El Periódico de Quintana Roo y director de la revista ‘A Fondo’; José Hugo Trejo, director de la revista ‘Estos Días’ y autor de la columna ‘La Cosa Pública’; Guillermo Vázquez Handal, columnista del periódico ‘Por Esto’; e Ismael Gómez-Dantés, quien promueve su ‘Jaranchac Político’. Todos dimos nuestro punto de vista sobre la corrida de toros ensalzada en muchos pueblos de la Península Ibérica, Francia, México, Colombia…, y cada año más seriamente cuestionada, sobre todo por las nuevas generaciones. En otros lugares de Latinoamérica, es el caso de Cuba, nadie habla de ‘toros’. En una ocasión, un apasionado directivo del Ministerio de Agricultura, después de cenar y tomar unos cuantos Havana Club de 7 años con unos aficionados taurinos ‘gallegos’, manifestó su disposición a promover un festejo en la capital cubana. El entusiasmo le duró muy poco pues el ya fallecido ministro Alfredo Jordán Morales le recriminó públicamente por su ‘innovadora propuesta’, exigiéndole su dimisión. Yo expuse mi rechazo a esta ‘tradición’. Para algunos resultaba sorprendente que un español y un vasco, nacido a no muchos kilómetros de Pamplona, ciudad navarra, de las fiestas taurinas de San Fermín, internacionalizadas por el escritor estadounidense Ernest Hemingway en su obra ‘Fiesta’, pudiera no respaldar la ‘fiesta nacional’.

Frente al nuevo diseño de los adolescentes españoles que estudian en las universidades de Europa y Norteamérica, que viajan por todo el mundo e imponen la evidencia de pertenecer a un país moderno y lleno de vitalidad, existen actitudes castizas, que le dan a España un aire rancio todavía. Esa dicotomía se ha visto muy clara entre los hinchas del equipo nacional de ‘La Roja’ en el Mundial de Fútbol… Esta vez la bandera española, cuya asta ha servido en muchas ocasiones para aplastar el cráneo de los demócratas, ha cohesionado el entusiasmo general en los momentos de triunfo… Estamos en plenos ‘Sanfermines’, el 7 de Julio. Ya están de nuevo aquí los puyazos, las estocadas, los descabellos, los vómitos de sangre, donde abrevarán las moscas bajo el flamear de la bandera rojigualda. Ha comenzado la temporada taurina, el rito brutal y a la vez manierista, que convertirá la tortura y la muerte en un espectáculo moral y cultural. Lo menos que se puede decir de la fiesta degradante de los toros es que está fuera de época. El país ibérico ya no es el de la gente que huele a ajo y a aceite de oliva mal refinado, desdentada y patilluda que alcanzaba la gloria metiéndose entre pecho y espalda vino de bota mientras un torero, a cuchillada limpia, hacía un estofado sobre un animal para solazarle y afirmar al mismo tiempo los valores de la raza…

La estética de masas ahora se congrega alrededor de unos héroes que son campeones de motos, de fórmula 1, de rallyes, de baloncesto, de tenis, de golf, de fútbol, de atletas con medallas olímpicas, que obligan a la bandera nacional a subir una y otra vez al mástil. Puestos a ser patriotas, ése es el mejor homenaje que hoy da prestigio a la bandera de un país moderno, no los desfiles ni las palabras altisonantes, que son baratas, y menos aún que ondee sobre una carnicería. En las gradas de los estadios hay una juventud que ha tomado ya muchas proteínas, que viaja, estudia, hace deporte o revienta en las noches del fin de semana en las discotecas, pero que en todo caso está ya muy lejos de las cazuelas de pajaritos fritos de las tabernas taurinas y del pringue del desolladero. Vista desde las gradas de los estadios, desde las aulas y los laboratorios, desde los campos de deporte donde los jóvenes sueñan con el éxito profesional o con conseguir un récord deportivo, la corrida de toros aparece como una antigualla sangrienta, propia de un pueblo insensible que aún se regodea con la violencia.

Este espectáculo baja varios niveles más en la degradación cuando abandona las plazas oficiales y se convierte en capeas populares con toros de fuego, ensogados, alanceados, sometidos a todas las miserias que se le ocurren a unos mozos en honor a su santa patrona. El Parlament de la Generalitat de Catalunya aprobó prohibir la fiesta de los toros en su territorio. No hay que ver esta iniciativa como un paso más en su lucha por la independencia, sino como una prueba de que Catalunya es un pueblo evolucionado, que tira del resto de las Españas hacia la modernidad. La cultura que ha cubierto siempre el discurrir histórico de la fiesta, da idea de su relevancia: la tauromaquia ha sido plasmada por artistas tales como Goya, Picasso, Manet…, así como en pasodobles del famoso compositor mexicano Agustín Lara. El filósofo José Ortega y Gasset explicaba que era impensable estudiar la historia de España sin considerar las corridas de los toros. Sin embargo muchos de los escritores y filósofos de la Generación del 98, no gustaban de las corridas de toros. La culpaban del atraso de la sociedad española. Así, Miguel de Unamuno explicaba que no le gustaban las corridas, no porque fuese un espectáculo cruento, sino porque se perdía mucho tiempo hablando de ella y esto explicaba la formación cultural de sus espectadores.

Ortega y Gasset, en su obra “La caza y los toros”, se extrañaba de que el toreo, siendo un ejercicio callado diese tanto que hablar. Posteriormente, la Generación del 27 en su mayoría fue amante de la fiesta, sobre la cual escribieron, pintaron y esculpieron. Vale citar las palabras con las que Federico García Lorca manifestaba su abierto apoyo y gusto por la tauromaquia: “El toreo es probablemente la riqueza poética y vital de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación pedagógica que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar. Creo que los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo”.

Personalmente creo y así lo dejé entrever en el programa que dirige Lilia Arellano, el poeta granadino, consciente de que la muerte le acechaba en la España del alzamiento nacional de Franco, nos describió la fiesta de los toros y el ‘flamenco folklórico’ de aquel tiempo, de miseria, miedo y muerte, de una manera que gustara a sus verdugos que no le perdonaron nunca su homosexualismo ni su amistad con Fernando De Los Ríos, ministerio de Justicia de la II República. Los franquistas y falangistas sabían que Federico García Lorca simpatizaba con los republicanos pero no de una manera militante como Miguel Hernández o Rafael Alberti. Esto no le sirvió al poeta granadino. En ‘Bodas de Sangre’, ‘La Casa de Bernarda Alba’, ‘Yerma’…, las protagonistas son testimonios demasiados reales de lo que era aquella España azul que asesinada la libertad y hacía coincidir muchos fusilamientos asesinos con la hora del inicio de la corrida de toros, las cinco de la tarde…

Entre los partidarios de la tauromaquia se encuentra también Francisco de Goya (si bien tuvo, al parecer, una postura ambivalente con respecto a los espectáculos taurinos)… Filósofos como Fernando Savater o Enrique Tierno Galván, y artistas como Joaquín Sabina o Joan Manuel Serrat, aducen que estas críticas de los antitaurinos obedecen a la ignorancia, ya que el toro de lidia vive en libertad en su hábitat natural y, sin las corridas, no solo se extinguiría el toro bravo, sino el propio ecosistema en que se desenvuelve, las dehesas… Estas dehesas pudieran convertirse en reservas para defender la existencia de los toros. Como hay muchos turistas que viajan hasta las lejanas reservas de Kenia o Tanzania para ver animales salvajes, bien pudieran los campos de Castilla, Extremadura y Andalucía convertirse en lugares de visitas organizadas.

No olvidemos que las corridas de toros en España son subvencionadas por los gobiernos, diputaciones y ayuntamientos. En el país del rescate europeo, del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Central Europeo (BCE) y la Unión Europea y de los recortes en Educación y Sanidad, los ‘empresarios taurinos’ recibieron más de mil millones de euros en ayudas públicas, el pasado año, unos 25 euros por cada español. Cada vez que hay una corrida de toros, el animal vive la misma cruel agonía. Todo comienza en la oscuridad de un chiquero de escasas dimensiones en la cual recibe la primera señal de lo que le espera: un arpón con punta de acero se clava en su lomo y las puertas hacia el ruedo se abren. El toro salta sobre la arena acelerado, vigoroso, dando saltos. La contienda es desigual. Afuera lo esperan tres toreros (dos banderilleros y un espada) y un caballo montado por un picador. Inmediatamente, los toreros vestidos de oro y lentejuelas, incitan al toro a embestir, gritando y corriendo para que ataque.

Esta primera escaramuza sirve para que la cuadrilla sepa la forma en que embiste su antagonista. Los toreros corren hacia los burladeros, que son unas protecciones de madera al borde de la cancha, detrás de la cual se esconden y sobre la cual el toro arremete. De esta forma matador y banderilleros observan la cornada del animal. Si esta es con la cabeza hacia abajo se dice que es un toro noble, a diferencia de aquellos que golpean hacia arriba. La cornada noble es la apetecida por todos los toreros, pues la otra es más impredecible y obliga al diestro a tomar precauciones que evitan su lucimiento. La corrida está dividida en tres tercios: el tercio de varas, el tercio de banderillas y el tercio de muletas. El primero se realiza a caballo por el picador, quien entierra una larga vara en las carnes de la res, con la intención de restarle poderío. Los llamados puyazos le provocan al animal heridas de hasta 14 centímetros de profundidad y 40 de extensión, provocando hemorragias internas del toro y perforación de los pulmones. El tercio de banderillas es uno de los momentos más vistosos de la corrida de toros. A cada toro se le colocan tres pares de banderillas terminadas en afilados arpones. Esto lo hacen los banderilleros mediante lucidas carreras y saltos. El tercio de muleta es el último de la corrida. Este es el momento más trascendental de la lidia porque el torero demuestra su habilidad y su arte. Realizada la faena artística, llega el momento de dar muerte al toro. El matador se sitúa de frente al animal con la finalidad de introducirle el estoque (espada) en un lugar exacto para cortarle la médula espinal. Muchas veces el torero falla y debe clavar una y otra vez la espada.

Esta relación de escritores, pintores, cantoautores…, ‘amantes’ de la corrida de toros, tienen otra contrapartida de otros muchos ‘colegas’ no coincidentes con su nula sensibilidad ante la muerte de un animal, mediante el uso de auténticas técnicas de tortura. La Guardia Civil, la policía secreta franquista, eran los que respaldaban todo lo que rodeaba a su ‘fiesta nacional’. Los propios comisarios o alcaldes y gobernadores del ‘Generalísimo’ Francisco Franco presidían los ‘festejos’. Más tarde recorrían otros centros de tortura ‘oficializados’ en los sótanos de sus despachos oficiales. Muchos de aquellos torturados, tras sufrir otros tercios más sofisticados de varas, banderillas y muletas, como eran descargas eléctricas, ahogamientos simulados, arrancamiento de uñas, golpes por doquier…, terminaban siendo cadáveres o desaparecidos, apareciendo en los muros de mucho cementerios con sus tiros de gracia, o ‘descabellos’.

Según la Real Academia de la Lengua Española (RAE), una corrida de toros es “una fiesta que consiste en lidiar cierto número de toros en una plaza cerrada”. Por su parte, lidiar es “luchar contra el toro hasta darle muerte”. La tauromaquia es definida como “la ciencia del toreo”. Toda ciencia, incluso ésta, se estructura como un conjunto de reglas, observaciones y maneras en que la corrida y la lidia de toros debe realizarse para cumplir su objetivo final: la muerte del animal. “La corrida de toros es un deporte”. La definición de deporte según la RAE: “Actividad física, ejercida como juego o competición, cuya práctica supone entrenamiento y sujeción a normas”; hasta aquí estaríamos de acuerdo. Pero, decir que el toreo es un deporte de competencia igualitaria entre dos rivales, es falso, pues esta condición no se cumple. Los sucesivos escándalos por el afeitado de los toros (cortar o limar la punta de los cuernos al toro para que su lidia resulte menos peligrosa) o las investigaciones que han dejado ver la manera en que los toros son preparados para la corrida en toriles; dejan mucho que desear a una afirmación como que el enfrentamiento se da entre dos rivales en iguales condiciones. Hoy una corrida de toros es un espectáculo de engaño y falsedad, donde los machos se enfrentan a un animal completamente minado en sus facultades físicas mediante el cansancio y el dolor.

Los toros son una tradición, y las tradiciones hay que mantenerlas”. ¿Desde cuándo las apologías a la violencia y la destrucción son dignas del perpetuar histórico? Tradiciones como la ablación femenina o la esclavitud -que persisten hoy en día- nos horrorizan… ¿por qué no una tradición cruel y sádica como la fiesta de los toros? Porque se trata de animales, seres autómatas para algunos, o medios al servicio de los fines humanos, para otros. Las tradiciones sustentadas en la violencia y el aniquilamiento no hacen más que perpetuar éstos comportamientos como dignos de práctica y seguimiento: si podemos matar un animal, ¿por qué no podremos matar también a nuestro enemigo político, o a todo aquel contra el que nuestras diferencias se vuelquen? Las tradiciones deben ser soporte de lo que nos define y construye, pero también de lo que esperamos en el futuro. La pretendida racionalidad de nuestras sociedades, y los nobles objetivos pacíficos en el mundo, están amenazados toda vez que dejamos a este tipo de tradiciones ser fundamento formativo de las nuevas generaciones.

Puesto que Ernest Hemingway fue el más famoso publicista ante el mundo de todos nuestros veranos sangrientos en España, empezando por el fraticida de 1936 y terminando por los encierros de Pamplona, he aquí un acto realizado por este personaje, que revela su verdadera actitud ante la fiesta taurina, más allá de la faramalla literaria con que la exaltaba. Sucedió en 1959 durante la última visita que realizó Hemingway a los ‘Sanfermines’. A las cuatro de la tarde, camino de la plaza de toros, la reata de las mulas del arrastre con colleras de campanillos pasaba por delante de Casa Marceliano, situada en la trasera del Ayuntamiento, donde el escritor estaba de sobremesa rodeado de algunos aduladores igualmente borrachos. Al parecer Hemingway tuvo un rapto de inspiración. De repente se plantó en mitad de la calzada con una Coca-Cola familiar en la mano, mandó parar a la comitiva y vació a la fuerza el refresco en la boca de una de las mulas en medio del fragor de las peñas que le reían la gracia. El hecho de que un Hemingway ebrio de vino obligara a beber Coca-Cola a una mula, que poco después debería arrastrar al desolladero a un toro martirizado, es suficiente motivo para pensar que tanto esta fiesta sangrienta como aquel escritor fanfarrón, degustador de toda clase de violencias, estaban ambos dos ya fuera de tiempo. La decadencia de este rito bárbaro de acuchillar reses bravas en público en medio del jolgorio es ya imparable. Felizmente las plazas de toros pronto serán mostradas por los guías a los turistas como espacios donde antiguamente se celebraba una carnicería, que algunos llamaban cultura, cuando no era más que una mezcla sustancial de mugre, sangre, muerte, señoritismo y caspa. Ya queda poco para que desaparezca del mapa esta fiesta y las mulillas de arrastre se la lleven al desolladero de la historia con Ernest Hemingway a la cabeza.

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