EL BESTIARIO – “Recuerda que eres mortal” le recordaban a Julio César

La hybris, causante de transtornos mentales al 78% de los presidentes estadounidenses, está infectando a no pocos políticos de Quintana Roo…

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Hay un ensayo que me llama la atención y sobre el que ya he escrito alguna vez: ‘En el poder y en la enfermedad’ (2010), del neurólogo británico David Owen, más conocido como político, porque fue dos veces ministro, de Sanidad y de Exteriores, con los laboristas. Su libro, documentadísimo y deliciosamente escrito, trata de la enfermedad en los políticos. De cómo la ocultan, sobre todo. Y entre otras cosas dice que, según un estudio, el 29% de todos los presidentes de Estados Unidos sufrieron dolencias psíquicas mientras ejercían el cargo, y que el 49% presentaron rasgos que indicaban trastorno mental en algún momento de sus vidas. Unas cifras aterradoras por lo elevadas, sobre todo si tenemos en cuenta que, según la OMS (Organización Mundial de la Salud), la prevalencia de la población general está en torno al 22%.

Leí el libro de Owen cuando fue publicado en España, hace casi 10 años, tras hacer referencia del mismo la escritora Rosa Montero en una columna periodística, pero al releerlo ahora sus palabras me han parecido espeluznantemente actuales, y más en la etapa de la pandemia del COVID-19. Sí, claro, sé que me entienden: estoy hablando del inaudito es presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Aunque, bien mirado, creo que el trastorno psíquico es una realidad demasiado seria y no justificaría lo que este señor es. Yo diría más bien que debe de tener una de esas personalidades que no son consideradas enfermedad mental en los tribunales, un carácter psicopático, narcisista y ególatra.

“La política se está comportando con una irracionalidad mucho más difícil de calibrar que cualquier depresión atmosférica”, describe el valenciano Manuel Vicent en su columna de EL PAÍS, ‘Siete machos’, al referirse a las broncas protagonizadas por los líderes políticos en España incapaces de ponerse de acuerdo para elegir su presidente. El bipartidismo entre el PSOE (socialdemócratas) y el PP (liberales) ha presidido la política española en su Transición Democrática tras la dictadura de Francisco Franco. Hace unos años atrás aparecieron en escena dos nuevas formaciones, Podemos (extrema izquierda) y Ciudadanos (centristas), ilusionando al personal por un previsible innovador escenario político transversal. Al final del bipartidismo pasamos al ‘bibloquismo’: PSOE más Podemos (izquierda) y PP más Ciudadanos y más VOX (derecha). El socarrón Josep Pla, escritor y periodista español en lenguas catalana y castellana, le decía a un joven anarquista: “La naturaleza está llena de catástrofes, de incendios, inundaciones, terremotos y encima de tantos cataclismos, ¿quiere usted además hacer la revolución?”. El ciudadano alucina con unos líderes enredados en sus propias pasiones, que dejan el futuro en un callejón sin salida.

La previsión meteorológica nos advirtió con todo rigor científico cómo se iba a comportar la borrasca, dónde y cuándo caería una determinada cantidad de lluvia y las precauciones que había que tomar. Por su parte, las operaciones de salvamento estaban preparadas para actuar en situaciones de emergencia. Ya se sabe que la naturaleza cada cierto tiempo acude a la notaría y reclama el territorio de su propiedad, que le ha sido usurpado. Este capricho es lo único imprevisible. En cambio, la política se está comportando con una irracionalidad mucho más difícil de calibrar que cualquier depresión atmosférica, puesto que sus líderes actúan como venados en celo que se debaten y se enredan con las cuernas para ver cuál de ellos será el dominante. Pese a todo, dentro de un tiempo las aguas desbordadas volverán a su cauce, los daños serán reparados y la tragedia al final será olvidada hasta que la naturaleza vuelva a la notaría a reclamar sus derechos. En cambio, no es previsible ni evaluable el daño que nuestros siete machos de la política están causando a este país –no solo a España, sino a México, y a nuestro Quintana Roo de Cancún, Solidaridad, Chetumal…- y la humillación a la que someten a sus ciudadanos.

‘Julius Caesar’ es el título original dela película de 1953 dirigida por Joseph L. Mankiewicz, con un guión basado en la obra de William Shakespeare. En reparto actoral destaca Marlon Brando, Louis Calhern, Deborah Kerr, James Mason… Terminada la guerra civil entre César y Pompeyo (49-46 antes de Cristo), César se convierte en dictador vitalicio y concentra en su persona todos los poderes, lo cual implica, de hecho, la desaparición de la República. En el año 44 Casio y Bruto, dos nobles romanos defensores a ultranza de las libertades republicanas, encabezan una conjura contra el dictador, que es asesinado en los idus de marzo de ese mismo año. Cabría destacar el apologético (y demagógico) discurso que pronuncia Marco Antonio en defensa de César con el fin de soliviantar a la plebe contra los tiranicidas. Con esta obra Mankiewicz propone una lección política sobre los regímenes autoritarios. Aunque los datos sólo hacen referencia a los presidentes norteamericanos, es de suponer que se pueden extrapolar a los demás países, o eso se deduce de la lectura del libro de Owen, que estudia la influencia de las enfermedades físicas y psíquicas en las decisiones de los dirigentes mundiales del siglo XX, aplicables a nuestros ‘Héroes sin gloria’, del siglo XXI, utilizando el título de uno de los films de Quentin Tarantino de mi preferencia.

David Owen nos muestra las profundas depresiones de Abraham Lincoln o de Charles De Gaulle (ambos con ideas suicidas), el probable trastorno bipolar de Theodore Roosevelt, de Lyndon Johnson y de Winston Churchill, la hipomanía (un bipolar más leve) de Nikita Jruschov, el alcoholismo de Richard Nixon y de Borís Yeltsin… Por no hablar de los diversos cánceres y otras enfermedades terribles que muchas veces los dirigentes sobrellevaron en primera línea de visibilidad y actividad sin que nadie sospechara nada. Porque, los políticos mienten como bellacos para ocultar sus enfermedades. Incluso aquellos que han prometido públicamente una total transparencia sobre su salud, como François Mitterrand, se entregan con la mayor desfachatez a la ocultación y disimulo: de hecho, nada más acceder a la jefatura del Estado en 1981, a Mitterrand le descubrieron un cáncer de próstata avanzado, y toda su carrera como presidente, hasta su muerte en 1996, la hizo enfermo y mintiendo. El sah de Persia también ocultó su cáncer durante años, y el presidente norteamericano Franklin Roosevelt, que tuvo polio a los 39 años y quedó paralítico, intentó ocultar su minusvalía e incluso ideó un método para ponerse de pie y dar unos pocos pasos para hacer creer que podía caminar. De las 35.000 fotografías que se conservan en el archivo de Roosevelt, sólo dos lo muestran en su silla de ruedas.

Pero el caso más alucinante es el de John Kennedy, que, bajo su aspecto estudiadamente deportivo y saludable, estaba tan hecho polvo que parece increíble que pudiera seguir vivo. Kennedy tenía la enfermedad de Addison, que es una insuficiencia crónica de ciertas hormonas esenciales. Eso provocó que le atiborraran durante toda su vida de cortisona, un fármaco que le hinchó el rostro y le deshizo huesos y cartílagos con una osteoporosis galopante. Tenía las vértebras aplastadas y sujetas con placas y tornillos, sufría inflamación crónica de intestino, colon irritable, dolores constantes de cabeza y de estómago, infecciones respiratorias y del tracto urinario, malaria y unos padecimientos de espalda tan fuertes que hubo épocas en las que le inyectaban procaína en los nervios tres y cuatro veces al día, un tratamiento dolorosísimo pero que proporcionaba un pasajero alivio. Tomaba tantas medicaciones que a veces iba zombi, y de hecho Owen considera que el disparate de la invasión de Bahía Cochinos tuvo mucho que ver con el terrible estado de salud del presidente. Durante cierto tiempo estuvo enganchado a las anfetaminas. Además Owen desarrolla una teoría propia sobre la borrachera de poder que padecen algunos dirigentes y bautiza esa dolencia como hybris, siguiendo la voz griega. Según Esquilo, los dioses envidiaban el éxito de los humanos y mandaban la maldición de la hybris a quien estaba en la cumbre, volviéndolo loco. La hybris es desmesura, soberbia absoluta, pérdida del sentido de la realidad. Owen ofrece varios ejemplos de hybris, aunque el más logrado es el retrato de la chifladura a dúo de Blair y Bush con la guerra de Irak. Pero por debajo de todo esto, de las álgidas peripecias políticas, de las manipulaciones, las mentiras y los secretos, lo que emerge de la lectura de este libro es un fresco asombroso de la titánica lucha del ser humano contra el dolor y la enfermedad, contra este cuerpo nuestro que nos humilla y nos mata. Es un recuento de batallas inevitablemente perdidas, pero, aun así, de alguna manera alentadoras. Porque a Mitterrand le dieron tres años de vida y aguantó quince en plena actividad; porque a Kennedy le dijeron en 1947 que moriría antes de un año y tuvo que matarle un asesino en 1962… El ser humano es capaz de las más increíbles gestas de superación.

¿Por qué estamos tan insatisfechos ante un mundo que, con todas sus imperfecciones y desigualdades, multiplica las posibilidades de progreso y bienestar? Nos atenaza una difusa sensación de desasosiego, miedo incluso, ante los acontecimientos que nos sobrepasan. Es paralizante. También en este estío en lo que se refiere al desorden del orden internacional, desquiciado, fuera de sus ejes clásicos. Las acciones de la pareja de gemelos del pelo blanco calabaza, Donald Trump y Boris Johnson, pusieron de manifiesto que la democracia angloestadounidense está en manos de “mentes desordenadas” (Ian Hughes, físico y psicólogo irlandés). Ambos han perdido el oremus. Johnson, el charlatán y excéntrico británico, que en su demente itinerario radical populista se cree Churchill, desató el monstruo del Brexit a las bravas, que amenazó con colapsar al Reino Unido. Por su parte, su mentor Trump, se empeñó en ganar rápido y gratis una guerra comercial y tecnológica con China, bajo la falacia de que los aranceles que impone los pagan solo los chinos. Mientras tanto, no olvidemos la historia no tan lejana. Aun hoy nos preguntamos cómo en 1933 fue posible que un demagogo criminal pudo ser elegido democráticamente canciller del Reich alemán, y como el culto pueblo alemán siguió a Hitler ciegamente en la locura nazi. Cabe preguntarse también como una mayoría de la ciudadanía británica se prestó al engaño del Brexit, camelada por una inepta dirigencia política. Y no menor asombro causa la elección Trump y la probabilidad de que pueda repetir mandato. Detrás del telón, la enorme fragilidad de la democracia que si no resuelve los problemas de los ciudadanos, si no es eficaz, no lo está siendo, pierde el sustento popular.

Todo esto demuestra que en realidad existen dos Méxicos y dos Españas, no los de derechas o de izquierdas, sino los de los políticos nefastos y líderes de opinión bocazas que gritan, crispan, se insultan y chapotean en el estercolero y la de los ciudadanos con talento que cumplen con su deber, trabajan y callan.

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