EL BESTIARIO – Bioterrorismo y cambio climático, nuevas ‘pandemias’

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Bill Gates predice que serán los causantes de las principales muertes en los próximos años. El dueño de una de las grandes fortunas del planeta, gracias a Microsoft, sigue dando que hablar…

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Recientemente ha sido muy mencionado por asuntos muy distintos, especialmente por todo aquello que se relaciona con el COVID-19. Y es que el magnate estadounidense, durante una conferencia en 2015, habló sobre el alto riesgo de que un virus desconocido terminara desatando una pandemia: “Si algo va a matar a más de 10 millones de personas en las próximas décadas, es más probable que se trata de un virus altamente infeccioso que de una guerra”. Estas palabras le valieron para que los conspiradores lo señalaran como uno de los creadores de la pandemia. Pero la idea de Gates pasaba más por el sentido común: con el análisis de la información que manejaban los expertos se podía deducir que la posibilidad era más que real, dada la cantidad de virus desconocidos y las pocas acciones para controlarlos. Así entonces, cualquier predicción que lanza Bill Gates no deja de llamar la atención de los expertos, entendiendo que su perspectiva, análisis de la realidad y entendimiento del mundo en el que vivimos le han dado autoridad para prever los riesgos a los que nos exponemos.

Durante una entrevista, el fundador de Microsoft ha puesto sobre la mesa las potenciales amenazas que más daño pueden causar a la humanidad en los próximos años. Conversando con el divulgador científico Derek Muller, Gates explicó en el canal de YouTube ‘Veritasium’ que los principales problemas a los que la humanidad se puede enfrentar dentro de muy poco tiempo están relacionados directamente con dos factores: el bioterrorismo y el cambio climático. “Ser trata de los dos frentes que potencialmente serán los responsables de la mayoría de muertes en los próximos años y que, desde ahora, deberíamos esforzarnos para evitarlas”. En lo que respecta al cambio climático, Gates está plenamente convencido del peligro que debemos enfrentar, pues un incremento de la temperatura media entre 1 y 3ºC provocaría catastróficos cambios al planeta: desde extinción de especies animales hasta un devastador aumento del nivel del mar o la desertización, entre muchos otros efectos negativos. Es consciente de que el cambio climático puede matar a más personas que el COVID-19 y, por esta razón, ya está trabajando en el asunto.

De hecho, semanas atrás, dio a conocer la iniciativa en la que trabaja junto a la Universidad de Harvard: “Tratar de ‘tapar’ el Sol para frenar el calentamiento del planeta”. La idea es utilizar globos que permitirán lanzar a la atmósfera toneladas de polvo de carbonato de calcio no tóxico para disminuir la cantidad de luz solar que entra a la superficie terrestre y desviarla en una dirección diferente, conformando una especie de escudo protector que servirá para paliar el impacto del calentamiento global. Sin embargo, Gates considera que el cambio climático no es el único factor de peligro a corto plazo. Él piensa que el bioterrorismo es otro riesgo que necesitamos vigilar de cerca para evitarle una desgracia a la humanidad. El empresario estadounidense tiene la certeza de que un virus creado en laboratorio y propagado deliberadamente en ciertas poblaciones puede generar un verdadero desastre. Incluso cree que es más factible que ocurra esto en lugar de una nueva pandemia “natural”. Así lo explicó: “Alguien que quiera causar daño grave podría diseñar un virus y creo que la posibilidad de encontrarnos con esto es mayor a que aparezca una epidemia causada naturalmente como la actual. Las enfermedades respiratorias son muy temidas por el tipo de contagio, por encima de otras enfermedades como el ébola, donde cuando podrías contagiar ya te encuentras en una cama de hospital. Para Bill Gates es fundamental que, cuanto antes, Gobiernos y organizaciones comiencen a actuar para evitar ambos frentes, que pueden suponer severos problemas para el mundo a corto plazo: “Es básico poner remedios ya para que nunca tengamos un número de muertos cercano a lo que tenemos hoy”. El creador de Windows no se equivocó cuando predijo la pandemia de COVID-19 en 2015. Ahora, siquiera por prudencia, habrá que poner mayor atención a las palabras del reconocido filántropo.

‘COVID-19 y bioterrorismo’, de Fernando Reinares, Director del Programa sobre Radicalización Violenta y Terrorismo Global en el Real Instituto Elcano y catedrático de Ciencia Política y Estudios de Seguridad en la Universidad Rey Juan Carlos, de Madrid, plantea que por un momento nos pongamos en la mente de un ideólogo o de un estratega que pertenezca al mando central de alguna importante organización yihadista. Bien podría tratarse de una de las dos organizaciones yihadistas con liderazgo reconocido, estructuras descentralizadas y alcance global, cuyos respectivos repertorios de violencia colectiva tienen en común el hecho de que otorgan preferencia al uso sistemático del terrorismo. Es decir, podría tratarse tanto de al-Qaeda como de Estado Islámico. Pues bien, puestos en la mente de ese ideólogo o de ese estratega, consideraríamos plausible que actualmente esté contemplando a través de los medios de comunicación y de las redes sociales, desde algún lugar situado en, por ejemplo, el sur de Asia, en Oriente Medio o en el oeste de África, cómo la pandemia del COVID-19 ha alterado drásticamente el funcionamiento ordinario de las instituciones políticas y el normal desenvolvimiento de la sociedad civil en países que definiría, textualmente, como territorio de guerra dominado por infieles y que corresponden al mundo occidental. “La extensión y la letalidad del COVID-19 están poniendo de manifiesto que ni en el nivel nacional, ni en el europeo, ni en el global, estábamos en condiciones de reaccionar adecuadamente”. No nos costaría demasiado imaginar, puestos en la mente de ese ideólogo o de ese estratega yihadista, que estos días estuviese además pensando en cómo los atentados del 11 de septiembre de 2001, pese al excepcional impacto que tuvieron, no impidieron que la inmensa mayoría de los estadounidenses, aun sobrecogidos por tan inesperado acto de megaterrorismo, continuasen con sus rutinas cotidianas sin que se clausuraran empresas ni se cancelaran espectáculos. Tampoco se nos antojaría raro que discurriese sobre cómo, pese a su alta letalidad y a la indudable conmoción que ocasionaron, los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid o los del 7 de julio de 2005 en Londres no derivasen en una perturbación tan severa de la vida social y de las economías nacionales. Ni nos resultaría extraño que diera vueltas a cómo el enorme impacto de los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París no hizo que los ciudadanos franceses se confinaran temerosos en sus hogares durante semanas o que las autoridades cerraran escuelas, universidades, salas de concierto, hoteles y restaurantes.

Es muy probable que ese ideólogo o estratega yihadista esté convencido de que la pandemia que se extendió por Europa Occidental y Norteamérica era un castigo que Alá hace recaer sobre los no musulmanes. Puestos en su mente, sin embargo, podemos entender con facilidad que esté mascullando si, una vez que Occidente supere la crisis del coronavirus que en estos momentos observa a través de la prensa online y de las aplicaciones de mensajería instantánea, incluso sin conocer todavía cuáles serán la duración y los efectos finales de la misma, no sería posible volverlo a sumir en otra que conllevara su irreversible decadencia. Una nueva crisis derivada no ya de una gran epidemia o una pandemia desencadenada a partir de un brote natural sino mediante la liberación intencionada de patógenos virales suficientemente dañinos y contagiosos. Ello causaría decenas o centenares de miles de muertos y un pánico en millones de personas que, agravado por el carácter provocado de la propagación de la enfermedad, desbarataría los fundamentos del orden social occidental. Eso es bioterrorismo. Pero un ataque bioterrorista de esa magnitud, similar o mayor en sus efectos sociales y económicos a los que está produciendo el COVID-19, requiere de unos medios que, como el ideólogo o el estratega en cuya mente nos hemos puesto reconocería, no están hoy al alcance de las organizaciones yihadistas.

Aunque tanto al-Qaeda cuando tenía su base en Afganistán, como Estado Islámico mientras impuso su califato en Siria e Irak, han mostrado interés en utilizar con propósitos terroristas bacterias o toxinas, cabe deducir que si no lo han conseguido es debido a su incapacidad para aunar el conocimiento, los materiales y la infraestructura necesarios. Es improbable, más aún respecto a la obtención, multiplicación y diseminación de patógenos virulentos, que estas condiciones cambien a corto plazo, aunque serán distintas si esas organizaciones yihadistas movilizan una masa crítica de extremistas con formación o experiencia científica, consiguen acceso a recursos tecnológicos en laboratorios, se establecen en nuevos santuarios o negocian acuerdos con algún proveedor estatal. “Las medidas de protección necesarias ante una pandemia como la que estamos viviendo y las que nos prepararían ante otra derivada de un ataque bioterrorista coinciden en gran parte”. Ahora bien, ¿acaso un ataque bioterrorista diseñado para ocasionar una gran epidemia regional o una pandemia que, como la del COVID-19, previsiblemente incida con especial intensidad sobre las sociedades occidentales no pondría en peligro la vida de los propios terroristas o de musulmanes residentes en ellas? El ideólogo o estratega en cuya mente nos hemos puesto tendría respuestas que dar a esta pregunta. En primer lugar, definiría como acto de martirio la muerte de cualquier yihadista que pereciera tras haberse implicado directa o indirectamente en el ataque. En segundo lugar, aduciría que, antes de llevar a cabo el ataque, su organización cumpliría con la obligación religiosa de instar a los infieles a que se conviertan y de advertir a los musulmanes que emigren hacia territorios del islam.

Por último, siempre podrá acudir a algún conocido doctrinario salafista que alegaría un hadiz como prueba literal de que no hay transmisión de enfermedades infecciosas sin permiso de Alá, de que el contagio de una persona sana por otra infectada sólo ocurre si es voluntad de Alá. Añádase a todo ello que los actores individuales y colectivos del yihadismo global cuentan desde 2003 con un edicto religioso que justifica la utilización de armas de destrucción masiva si disponen de ellas y no pueden derrotar a los infieles por otros medios.

La realidad del COVID-19 y la generalizada zozobra que está produciendo en un buen número de naciones occidentales, además de la crisis ocasionada en China, de donde procede el brote de ese coronavirus, o de la inquietud en distintos países de otras regiones del mundo, nos sitúan frente a la amenaza real de una pandemia de origen natural y diseminada involuntariamente. Pero también nos emplaza a reflexionar sobre la amenaza potencial de una epidemia a escala regional o de una pandemia derivada del bioterrorismo. La probabilidad de que una organización yihadista consiga preparar y ejecutar un ataque bioterrorista comparable en sus resultados a la enorme crisis del nuevo coronavirus desencadenada por una masiva infección que tiene en Europa Occidental el epicentro de su transmisión, es baja. Pero la realidad del COVID-19 permite vislumbrar su posibilidad, incluso como amenaza existencial. Sin olvidar que los terroristas inspirados por la ideología del salafismo yihadista no son los únicos supremacistas que, en las últimas décadas, han aspirado a utilizar el bioterrorismo. Las medidas de protección necesarias ante una pandemia como la que estamos viviendo y las que nos prepararían ante otra derivada de un ataque bioterrorista coinciden en gran parte.

Esas medidas, basadas en la prevención, la detección y la respuesta, muy especialmente en lo que atañe a la existencia de vacunas que permitan contener y mitigar la propagación de un virus, pero también a la cobertura de los sectores sociales más vulnerables y al mantenimiento de la seguridad pública, exigen programas de anticipación y emergencia diseñados de manera coordinada en el ámbito nacional, que en escenarios tan interconectados como el de la UE (Unió Europea) han de ser complementados con iniciativas regionales a su vez enmarcadas en una estrategia global. La extensión y la letalidad del COVID-19 están poniendo de manifiesto que ni en el nivel nacional, ni en el europeo, ni en el global, estábamos en condiciones de reaccionar adecuadamente. Extraer lecciones de lo que está pasando será fundamental para afrontar otras pandemias, incluidas las imaginables como bioterrorismo. El estratega o el ideólogo yihadista en cuya mente nos acabamos de poner también extraerá las suyas.

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