EL BESTIARIO

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Los antivacunas, nostalgias del primitivismo, en la Tierra

El escritor Roald Dahl, autor de ‘Charlie y la fábrica de chocolate’, recuerda décadas después a su hija fallecida por el virus del sarampión, en plenos embates del COVID en Europa…, con apenas 7 años…

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Entonces, una mañana, cuando ya estaba en el camino de la recuperación, yo estaba sentado en su cama enseñándole cómo crear animalitos a partir de tubos de colores, y cuando le tocó a ella hacer uno me di cuenta de que sus dedos y su mente no trabajaban a la vez y no podía hacer nada. ‘¿Te encuentras bien?’, le pregunté. ‘Tengo sueño’. En una hora estaba inconsciente. En 12 horas estaba muerta…”. Los antivacunas, nostalgias del primitivismo, desprotegen a sus hijos contra enfermedades para las que hoy hay prevención y remedio. Lo que hizo se puede equiparar a que un hijo de votantes del nuevo partido de extrema derecha en España y nostálgico del dictador Francisco Franco, Vox meta en la urna la papeleta de Podemos, integrada por ciudadanos que integraron movimientos antisistemas en la Unión Europea de la socialdemocracia y la seguridad social, a quienes algunos denominan como miembros de la ‘izquierda caviar’, o que un vástago de madridistas acérrimos se haga culé, del Barcelona. Solo que su motivación era evitar una posible muerte por una enfermedad prevenible. A finales de 2018, a sus 18 años, Ethan Lindenberger (Estados Unidos, 2001) fue a un centro de salud y se vacunó contra el tétanos, la polio y el sarampión. Lo llevó a cabo contra la voluntad de sus padres, totalmente opuestos al que es uno de los avances científicos más importantes de la historia de la humanidad.

“Los líderes espirituales que ordenan no vacunarse con pretextos como que ya tenemos un sistema inmunitario que nos ha dado Dios lo hacen como justificación para ocultar su propia ignorancia. Yo llevo años preparándome para ser pastor y les diré a mis feligreses que tienen que llevar una vida plena física y mentalmente”, explica Lindenberger momentos antes de participar en un panel sobre inmunización en Naciones Unidas. Su nombre acaparó titulares cuando se hizo viral un texto en una red social en el que explicaba por qué había llegado a la conclusión de que su madre estaba equivocada. Tanto, que llegó a intervenir en la comisión de salud del Senado de Estados Unidos. “Solo en un día acumulé más de 6.000 comentarios, fue muy loco. Esto surgió de forma espontánea, pero seguiré con esta tarea hasta que sea necesario”, detalla. Lindenberger asegura que mantiene buena relación con sus padres. En 2018 casi 20 millones de bebés dejaron de recibir alguna vacuna, especialmente en zonas de conflicto. En los últimos años han saltado las alarmas por el rebrote de enfermedades casi erradicadas como el sarampión. Algunas voces alertan de la proliferación de falacias en las redes sociales propagadas por los movimientos antivacunas, que siguen promoviendo bulos ampliamente desmentidos, como que la inmunización causa autismo. “La verdad es que nunca había habido tantos niños vacunados como ahora y la desinformación está poniendo en peligro uno de los mayores logros de la humanidad. Nos hemos olvidado muy rápido de que la gente moría por tuberculosis y sarampión en un país como Estados Unidos hace solo 50 años”, explicó en el coloquio Chris Wolff, de la Fundación Bill y Melinda Gates, entidad responsable de algunas de las mayores campañas de inmunización de la última década. Pero Internet tiene su cara positiva, ya que precisamente fue ahí como Lindenberger obtuvo datos contrastados sobre los beneficios de vacunarse. “Después de informarme hice algunas preguntas a mi madre y ella solo respondía cosas como ‘bueno, eso es lo que quieren que creas’, pero me di cuenta de que lo que decía no tenía una base científica”, comenta el joven.

Los líderes espirituales que ordenan no vacunarse con pretextos como que ya tenemos un sistema inmunitario que nos ha dado Dios, lo hacen como justificación para ocultar su propia ignorancia ¿Qué hace que alguien dé valor a un bulo? “No es simplemente que pase un rumor por delante y la gente lo crea. Hay que preguntarse el por qué detrás del porqué. Porqué hay algunas personas con predisposición para creer bulos”, puntualizaba en el panel de la ONU Gillian K. SteelFisher, investigadora de Harvard. Un motivo, según esta experta, es la frustración con el sistema sanitario. “En los países ricos vemos a padres que salen del trabajo corriendo para llegar a tiempo al hospital y los médicos les atienden en tres minutos escasos sin darles oportunidad de preguntar nada. En los países en desarrollo hay madres que recorren kilómetros para ir al centro de salud y cuando llegan les dicen que tienen que esperar horas hasta que haya niños suficientes para empezar con la vacunación. Con eso les estás transmitiendo que su hijo no es lo suficientemente importante”. El propio éxito de la profilaxis es otro motivo por el que los bulos echan a volar. “Cuando los padres no ven una enfermedad de cerca, no creen que sea un peligro real y empiezan a preocuparse por otras prioridades”, añadía.

A las noticias sobre un brote de sarampión en la comunidad ultraortodoxa de Nueva York se suman titulares del impacto que tiene la reticencia a la inmunización entre los que más lo necesitan, como por ejemplo en India, que alberga un tercio de la población infantil global no vacunada. “La desinformación tiene mucho que ver con la pobreza. En una reciente campaña de inmunización contra la polio en Pakistán, uno de los únicos tres países en los que esta enfermedad sigue siendo una amenaza, un vídeo hecho por antivacunas se hizo viral. Como resultado, un millón de niños no recibió la profilaxis”, relató Chris Wolff.

Gran parte de la culpa ha recaído en los medios que usan los instigadores de las llamadas noticias falsas: las redes sociales. Jason Hirsch, de Facebook, afirmó en la charla que su empresa puede entender que “hay gente que tenga dudas legítimas sobre la vacunación, lo que hay que conseguir es que esas personas lleguen a fuentes de información fiables”. Facebook, Youtube y Amazon han tomado medidas en los últimos meses contra este fenómeno. “Tratamos de luchar no contra una pieza en concreto, sino todas las que salgan de un determinado grupo o página. También intentamos ocultar al máximo que aparezcas en las búsquedas en Facebook si se te detecta como agente de desinformación y por supuesto queremos eliminar cualquier anuncio que incluya bulos”, aseguró el experto, que también pidió tiempo para implementar estas medidas en una red que genera millones de mensajes cada día. “Hemos estado hablando con la OMS y Unicef para trazar una estrategia para que cuando la gente busque contenidos sobre vacunas, lo primero que les salga sea información veraz y no noticias falsas”, añadió.

La violencia de los haters u odiadores también ha caído sobre Lindenberger: “Cada vez que publico algo en Facebook o Twitter, mucha gente me insulta. También ha habido amenazas de muerte y han llamado a los teléfonos de Unicef por ejemplo para decir que cómo van a dejar hablar hoy a un estúpido como yo. La organización me ha proporcionado seguridad para venir aquí”. SteelFisher apuntó a otro de los grandes problemas: la dificultad de convencer a alguien de que está equivocado. “La gente necesita hechos y lo cierto es que las personas están muy poco abiertas a conocimientos que no encajen con sus prejuicios. Hay que construir instituciones que den confianza y acceso a la salud, entender las necesidades de los pacientes y dar herramientas y recursos al personal médico”.

¿Quiénes son los antivacunas? Algunas personas, entre las que hay una minoría de médicos, cuestionan uno de los mayores avances de la salud mundial. ¿Por qué lo hacen? ¿Qué consecuencias tiene? En este mundo extraño conviven quienes piensan que Elvis sigue vivo, los que niegan que el hombre pisase la Luna y los que creen que el ser humano y los dinosaurios coexistieron. También están los antivacunas. A diferencia de los anteriores, estos últimos pueden convertirse en un peligro para la salud pública. Las vacunas son probablemente el mayor avance contra las enfermedades en la historia de la humanidad. No es una opinión, es lo que asegura la grandísima mayoría de la comunidad científica a la luz de la evidencia de los datos. La Organización Mundial de la Salud estima que evitan entre dos y tres millones de muertes cada año. Sin embargo, al no llegar a todo el mundo, dos millones de personas fallecen anualmente por patologías prevenibles. La poliomielitis, un mal que ocasiona terribles secuelas, está cerca de su erradicación gracias a la inmunización, que también ha logrado rebajar la mortalidad del sarampión en un 74% en solo una década (de 2000 a 2010). Esta enfermedad, que puede ir camino de su completa desaparición por medio de las vacunas, como sucedió con la viruela, está reapareciendo en algunos países ricos donde estaba prácticamente suprimida. En estos mismos lugares, la difteria, una dolencia causada por una bacteria que se caracteriza por la inflamación de las vías respiratorias, es una anécdota, cuando no inexistente. En España, en 1941 se registraron 1.000 casos por cada 100.000 habitantes. En 1945 se inició una campaña de vacunación que fue haciendo desaparecer la dolencia hasta 1987, fecha en la que se registró el último caso. Hasta el verano del 2015, cuando se detectó la bacteria en un niño no vacunado en Olot, Cataluña, que murió en apenas unos días después. En España, como en casi todo el mundo, la inmunización no es obligatoria. Puede rechazarse por motivos de conciencia, por simple ignorancia o por creencias, como sucedió con el menor de Olot. Sus padres son contrarios a las vacunas y partidarios de las medicinas alternativas, según fuentes de la localidad.

A la vista de la efectividad de las vacunas y de lo que puede suponer rechazarlas, la pregunta es: ¿Qué lleva a unos padres a poner en peligro la vida de sus hijos innecesariamente? ¿Cuáles son estos motivos de conciencia o ideológicos que se anteponen a la salud y al avance científico? El pediatra Carlos González, autor del libro ‘En defensa de las vacunas’ (Temas de hoy, 2011), explica que a medida que la enfermedad va desapareciendo y la población la olvida (los más jóvenes ni siquiera han visto sus consecuencias), el miedo a la dolencia se convierte en temor a los efectos secundarios de las vacunas, que aunque pueden existir, son escasos y, en la grandísima mayoría de los casos, leves. “Estos miedos están alimentados por falsas creencias de los padres. Generalmente, quienes deciden no vacunar a sus hijos están muy informados: han leído libros y visitado decenas de páginas de Internet, pero están muy mal informados”, explica.

El movimiento antivacunas, aunque potencialmente dañino, es muy minoritario, sobre todo en España con respecto a los países anglosajones. Lo demuestran las tasas de vacunación y la desaparición de enfermedades, por mucho que haya modas que pongan en peligro esta tendencia. Esto también se refleja en Internet. Un estudio realizado por el Instituto de Ingeniería del Conocimiento (IIC) de la Universidad Autónoma de Madrid analizó los comentarios que se hacían en diversas redes sociales sobre las inmunizaciones. Las conclusiones tras monitorizar 5.237 mensajes fueron claras: “Los resultados revelan que lo que existe en las redes sociales es más bien un movimiento provacunas que trata de convencer a los antivacunas. Se basa en la difusión masiva de estudios y resultados científicos que descartan la relación entre las vacunas y las enfermedades y que promocionan su carácter positivo y necesario para la salud”. El estudio está hecho sobre contenidos en español con Lynguo, una herramienta inteligente de monitorización de medios sociales desarrollada por el IIC que escucha la conversación de las redes sociales (Twitter, Facebook, Instagram, blogs, foros, etcétera) y proporciona una valoración sobre las opiniones y emociones de los usuarios sobre un tema, marca o producto.

Y aquí entran en juego los antivacunas. Mientras organizaciones internacionales recaudan miles de millones de euros cada año para llevar las vacunas allí donde no pueden permitírselas, en los lugares donde sobra el dinero para ellas hay un movimiento que las rechaza. Como apunta J. M. Mulet en su libro ‘Medicina sin engaños’ (Destino, 2015), “en algunos barrios de California la tasa de vacunación está al nivel de Sudán del Sur”. Los antivacunas inundan Internet con falacias y mitos que exageran sus efectos secundarios, falsean los datos para minimizar la efectividad de la inmunización, meten el miedo en nombre de “lo natural” frente a “lo químico”, esbozan teorías conspirativas de las farmacéuticas y los Gobiernos y aprovechan los errores y las negligencias que han existido en la historia de los tratamientos como ejemplos para apoyarlas. Todos estos argumentos están detalladamente refutados por Carlos González en su libro.

Ante este panorama, quienes beben únicamente de las fuentes equivocadas tienen un total convencimiento de que las vacunas son negativas y que ponen en peligro a sus hijos. A otros simplemente les llega el runrún de que algo malo esconden las inyecciones y deciden evitar ese supuesto mal trago al niño aprovechando la inmunidad colectiva, ya que si la grandísima mayoría de la población está vacunada, los virus o las bacterias que causan las enfermedades no tienen dónde propagarse. Esta postura resulta especialmente irritante para algunos médicos, como la doctora Jennifer Raff, que escribió en el Huffington Post: “Este es uno de los argumentos más deleznables que he oído nunca. Para empezar, las vacunas no siempre son cien por cien efectivas, por lo que es posible que un niño vacunado se contagie si está expuesto a la enfermedad. Peor aún, hay algunas personas que no pueden vacunarse porque son inmunodeficientes, o porque son alérgicas a algún componente. Esa gente depende de la inmunidad colectiva para su protección. Quienes deciden no vacunar a sus hijos frente a enfermedades infecciosas no solo están arriesgando la salud de sus hijos, sino también la de otros niños”.

@SantiGurtubay

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