EL BESTIARIO

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Joan Manuel Serrat exiliado en Cancún en 1968

Cantautor, compositor, actor, escritor, trovador, poeta y músico español se negó a participar en Eurovisión, como representante de España, porque no le dejaban cantar en catalán. Aquello le supuso el acoso del franquismo más intolerante…

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Ahora, su otro no a la independencia le ha granjeado el odio de otros intolerantes: miles de seguidores del ‘procés’ de Carles Puigdemont, los ‘distópicos’ de una separación de España y la Unión Europea. La obra de ‘El Nano’ tiene influencias de otros poetas, como Mario Benedetti, Antonio Machado, Miguel Hernández, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Pablo Neruda, Joan Salvat-Papasseit y León Felipe entre otros. Delira con aquella gira de 1969, en autobús, casi de titiritero, desde Tijuana a Cancún, exiliado, tras criticar al Caudillo por fusilar a cinco jóvenes antifranquistas. Era marzo de 1968. Televisión Española (TVE) eligió a aquel joven de 24 años para cantar en el festival. Serrat era lo suficientemente “progre” para que el franquismo transmitiera una imagen renovada, pero también lo suficientemente “formal” para no dar alas a la ruptura. Y, como recuerda Luis García Gil, biógrafo del catalán, todavía no llevaba melena. Porque el pelo a la altura del hombro en un varón siempre escoció demasiado a dictaduras de izquierda y derecha. Serrat, que apenas había grabado en castellano, dijo sí al ofrecimiento. Viajaría a Reino Unido para entonar el “La la la” fabricado por el Dúo Dinámico. Pero dos semanas antes de subir al escenario dijo que en catalán o nada. Por supuesto, TVE, y por ende Franco, respondió: “Nada”. “En aquel momento, le representaba Lasso de la Vega, el mánager de hierro, volcado en dar alas a la carrera de Serrat. El error fue aceptar. Creo que se dio cuenta de que no iba a representar a España, sino a la televisión del régimen.

Echó ese órdago a sabiendas de que la respuesta sería no”, discurre García Gil. Massiel, que sustituyó al artista en el festival, comenta estos días: “¡Pensé que Serrat se había matado en un accidente de coche! Hice las maletas y viajé corriendo a Madrid”. “Conseguí que me enchufaran en un avión y llegué sola. No pude hacer promoción, me aprendí la canción a contrarreloj”. Y aun así, aquella chica de falda blanca y melena azabache ganó Eurovisión. La España democrática lo percibió como antifranquismo, y no como nacionalismo. A Albert Boadella, que coincidió con Serrat en los círculos de lo subversivo, sí que le sorprendió la exigencia de Serrat a TVE: “Hasta ese momento no se había manifestado demasiado. En la Nova Canço era considerado el cantante comercial, el menos comprometido con las cuestiones catalanistas. Visto con distancia, imagino que quiso hacer un gesto precisamente para contrarrestar ese complejo”. García Gil puntualiza: “Ya entonces fue considerado un traidor por esa Cataluña purista. Una tontería. Él tuvo agallas contra Franco, cuando muchos de los que le criticaban se callaron”. Los inicios de Joan Manuel Serrat fueron convulsos. Igual que sus días de hoy. Cincuenta años de sospechoso habitual. De tercera España. Poco antes de ser anunciado como cantante eurovisivo, había hecho sus primeros pinitos en castellano, lo que le convirtió en diana del catalanismo más acérrimo. Luego, con su no, le atizarían del otro lado. Y así, suma y sigue.

Era el 2 de noviembre, Día de Muertos, de 1969. En la enorme capital mexicana se había inaugurado el metro hacía poco más de un mes. Y en un escenario abarrotado actuaba, por primera vez en el país, un joven cantante a punto de cumplir los 26. Entonces aquel chavillo aún no sabía que aquí al pavo le dicen el guajolote; a la rubia, la güera; y a la bañera, la tina. Pero lo fue aprendiendo poco a poco, a medida que se enamoraba de las canciones de José Alfredo, de Crí Crí o de Álvaro Carrillo. Y de todo un país que baila con la muerte, que hace pasteles con la tierra y se los come. Con 70 años ya cumplidos y 50 cantando y recitando poesía, Joan Manuel Serrat volvió vuelto a triunfar en el mismo escenario y ante el mismo público. En realidad, su público y su escenario, el Palacio de Bellas Artes, repleto en sus cuatro actuaciones con las entradas vendidas sin apenas publicidad desde unas semanas antes. “Esta también es mi casa. Gracias por compartir esta tarde. Da pena saber que mañana vendrán y no me van a encontrar. No me olviden nunca”, dijo en el concierto con el que se despedía de la capital mexicana antes de iniciar una gira por todo el país. Un martes, el 11 de febrero del 2014, actuó en el Teatro de Cancún. El flechazo entre Serrat y México tiene fecha: aquel Día de Muertos. Pero la historia de amor entre el cantante y su público se cimentó algo después y sobre un hecho amargo. En septiembre de 1975 el agonizante pero aún implacable franquismo dio uno de sus últimos coletazos con el fusilamiento de tres militantes del FRAP y dos de ETA acusados del asesinato de varios miembros de las fuerzas de seguridad. El cantante, entonces de gira por México, condenó las ejecuciones. Y el gesto no le salió gratis: el régimen dictó una orden de búsqueda y captura y lo condenó a un exilio de más de un año.

Cuando la ejecución de los cinco restantes se lleva a cabo Serrat se encuentra en México y en rueda de prensa condena al régimen franquista y las medidas represivas. Además se solidariza con la postura del presidente de México, Luis Echeverría Álvarez, que había mantenido la postura mexicana de reconocer sólo al gobierno de la Segunda República Española en el exilio. A raíz de estas declaraciones tiene que exiliarse durante un año en México, debido a la orden de busca y captura que se emite contra él. Además, tal y como ya había ocurrido en 1968, sus trabajos son retirados y censurados por el régimen. Especialmente afectado se ve su recién estrenado disco ‘Para piel de manzana’. Durante su estancia en México no puede componer canción alguna. De hecho, el disco que edita al año siguiente no es más que el término de un proceso ya anterior. Realiza una gira con sus músicos por todo el territorio mexicano ofreciendo recitales a bajos costos. Serrat ha confesado que aquel fue un periodo muy duro de su vida, pues vivía en la constante desazón de no saber si mañana volvería a su tierra o nunca ocurriría el retorno. También de esta época son sus canciones más combativas. Aunque no compone se sirve de las composiciones de otros cantautores o musicaliza poesías de otros poetas que sirven para expresar la postura combativa que en esos momentos de precariedad postulaba. Existen grabaciones no oficiales donde Serrat canta ‘Mazúrquica modérnica’ de Violeta Parra, ‘La poesía es un arma cargada de futuro’ o ‘La vida no vale nada’, entre muchas otras. Afortunadamente, nada ocurre y Serrat se reincorpora tímidamente a la vida pública de su país. En 1978 contrae matrimonio con Candela Tiffón y un año después nace su hija María y graba su disco de título ‘1978’. Finalmente, gracias a la promulgación de la ley de amnistía ese año, durante el gobierno de Adolfo Suárez, pierde el miedo y participa activamente en campañas políticas en favor del PSOE. En 1980 edita su disco ‘Tal com raja’ (traducido al español, se lee ‘Tal como sale’) Muere su padre, Josep Serrat, lo que significa un duro golpe en su vida personal. Haciendo de la necesidad virtud, el cantante emprendió una gira de nueve meses por todo México, un viaje delirante en autobús, casi de titiriteros- evocan algunas imágenes de aquella época neorrealista a La Strada de Federico Fellini, con Anthony Quinn y Giulietta Masina- que arrancó en Tijuana y concluyó en Cancún, con actuaciones en los auditorios más elegantes y en pueblos donde apenas había llegado el asfalto. A aquel autobús se le bautizó como ‘La Gordita’, el sobrenombre de una de sus ocupantes, María Elena Galindo. “Todo el mundo me llama así. Y así se llamó el autobús”. Galindo conoció a Serrat durante su primer viaje a México y trabó con él una “amistad incondicional”. “Ni me enamoré nunca de él, ni fui su fan”, aclara. Y asegura que es la persona a la que más quiere del mundo aunque curiosamente no conserva ni una sola foto de ambos.

En ‘La Gordita’ viajaban veinte personas: los músicos, sus esposas y hasta algunos niños. Hubo días felices y otros de nostalgia. En todas partes conocían sus canciones, también los campesinos. Y los recuerdos más vivos de aquella gira demencial corresponden precisamente a las actuaciones, a bajo costo, en las localidades más humildes. “Una vez, en un pueblo donde íbamos a tocar por detrás de un establo de vacas se fue la luz. Y cuando ya todos se levantaban un señor pegó dos tiros al aire para que la gente se sentara y esperara”, evoca Galindo. Otro seguidor de Serrat desde sus primeras actuaciones en México es el crítico musical Enrique Blanc. Melómano sin remisión, desde muy joven su única cita obligada cada año era escuchar al cantante catalán en el teatro Degollado de Guadalajara. Blanc se quedará siempre con aquellos conciertos íntimos de un Serrat elocuente que platicaba con su público. “Con ‘Mediterráneo’ nos hizo imaginar un mar en la distancia, pero acercado a nuestra geografía por su fuerza poética”, cuenta. “Tiene una audiencia cautiva en toda América Latina porque fue uno de los primeros poetas de la canción que vino a compartir con nosotros su lenguaje musical de gran altura. Y gracias a él descubrimos la musicalidad de un idioma que desconocíamos, el catalán”. México ha sido así destino imperdible de todas las giras de Serrat por América. En ocasiones, por compromiso, en el sentido más noble de la palabra, como en 2006 cuando participó en el gran concierto del Zócalo en solidaridad con las mujeres asesinadas de Ciudad Juárez. Nunca le faltó al cantante el reconocimiento del público… Regresó para celebrar su medio siglo sobre el escenario con quienes le acogieron cuando ni a su país podía volver. Recorrió los Estados de Veracruz, Tabasco, Quintana Roo, Querétaro, San Luis Potosí, Sinaloa, Baja California, Sonora y Chihuahua. Ya no lo hizo a lomos de ‘La Gordita’: quizás sea un viaje menos romántico, pero será igualmente divertido. Al menos eso pronosticó el cantante en su concierto en la capital del país: “Estoy contento de mi oficio, no de mi vida, ni de la vida. Cumplo medio siglo haciendo lo que sé hacer y pasándolo bien. Qué suerte. Hago lo que quiero y encima, me pagan”. Nacido desde la amargura, en su disco “Mediterráneo”, Serrat habló para los mexicanos y los españoles que luchaban por librarse del lastre del franquismo, evocador de una Guerra Civil que se inició un 18 de julio de 1936 y no acabó hasta un 20 de noviembre de 1975, de la vida y de la muerte, pero, sobre todo de la libertad. Gracias a él, todos volvimos a nacer… en el mar. Los cancunenses y los quintanarroenses volvieron a recibir una bocanada de libertad con los versos de amor de este ciudadano catalán, español, mojados de su Mediterráneo…, casi nada.

Por fortuna el himno español no tiene letra. Nada hay más elegante que permanecer con la boca cerrada ante esta clase de versos crueles elaborados por poetas mediocres, que llaman a degollar al enemigo. Mas cuando ya parecía que ese himno, hasta ahora en poder de la derecha, empezaba a ser emocionalmente aceptado por la izquierda a través de los éxitos deportivos, la reacción contra el independentismo catalán lo ha puesto de nuevo al servicio de un españolismo en algunos casos rancio y muy burdo, servido por una testosterona de muy baja calidad. Ahora la letra del himno español la constituyen, por un lado los infames abucheos de los independentistas en los estadios y por otro los gritos de “¡a por ellos!”, bajo el amparo del toro de Osborne, una marca de coñac, estampado en la bandera nacional. Los dioses ciegan a los que quieren destruir. Pintemos de azul los ciudadanos de Cancún, Solidaridad, Chetumal… y de todos los rincones de Quintana Roo, nuestras inacabables noches de verano en el Caribe, nuestro otro ‘Mediterráneo’ y el de Joan Manuel Serrat, ‘El Nano’, y el de su amigo el inmortal guitarrista, Paco de Lucía, quien encontró su paraíso terrenal en nuestra Riviera Maya.

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