EL BESTIARIO

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PAN y PRI, los nuevos ‘imperialistas’ de España

Sus senadores apoyan al ultraderechista Santiago Abascal, defensor del dictador Franco. El líder de VOX, en tierras indígenas rebeldes, pretende imponer una surrealista ‘Iberosfera’: “El imperio donde nunca se pone el sol”…

 SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

El franquista Santiago Abascal está de visita en tierras aztecas y mayas, donde ha tenido la oportunidad de reunirse en el Senado con políticos del PAN y del PRI, la oposición al actual Gobierno en el país. El viaje tiene como objetivo sumar adeptos a su causa entre las personalidades políticas y sociales a este lado del Atlántico. Es decir, añadir firmas a la Carta de Madrid, un manifiesto de la fundación Disenso, de la cual es presidente, en el que se plasma la ideología del grupo de ultraderecha español: “El avance del comunismo supone una seria amenaza para la prosperidad y el desarrollo de nuestras naciones”, dice el documento. Abascal parte de la idea de que la Iberosfera, como ha dado en llamar a la comunidad iberoamericana, “está secuestrada por regímenes totalitarios de inspiración comunista, apoyados por el narcotráfico y terceros países. Todos ellos, bajo el paraguas del régimen cubano, e iniciativas como el Foro de São Paulo y el Grupo de Puebla, que se infiltran en los centros de poder para imponer su agenda ideológica”.

El grupo de Puebla lo forman líderes de izquierdas de varios países, como Evo Morales, Alberto Fernández, José Mujica, Rafael Correa, Lula da Silva o el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero, entre otros. Se trata de un foro político y de reflexión que “trabaja por el desarrollo integral de los pueblos latinoamericanos”, como ellos mismos se definen. La Carta de Madrid, para la que estos días busca apoyos Abascal en México, trataría de combatir esas ideas que él califica como un “yugo totalitario”. Es decir: “Un proyecto ideológico y criminal que está subyugando las libertades y derechos de las naciones, con el objetivo de introducirse en otros países y continentes para desestabilizar las democracias liberales y el Estado de Derecho”, según su particular visión de la geopolítica. El ultraderechista ha sido recibido en el Senado mexicano por políticos del Partido de Acción Nacional (PAN) y del PRI. Los primeros pueden circunscribirse en la derecha, los segundos son un cajón desastre donde desde décadas atrás hasta la actualidad han cabido ideologías de toda clase. Una buena parte de los senadores del PAN han suscrito la iniciativa de Abascal, situándose así al lado de la ultraderecha española, ideología que secundan, a su vez, otros líderes políticos de Francia o Italia. Abascal ha dado las gracias en un tuit a Julen Rementería, el senador del PAN que ha ejercido de anfitrión en la presentación del Foro Madrid y a quienes han firmado la carta. El líder de VOX, al que se le ha escuchado en el Parlamento de Madrid decir una frase como esta: “¡No hay provincia española que no haya deslumbrado al mundo con las hazañas de alguno de sus hijos!”, y al que se le ha visto con el casco de guerrero de Hernán Cortés, el conquistador español que México mira de reojo por las múltiples tropelías y atrocidades que se cometieron en la invasión colonial, busca ahora apoyos entre los latinoamericanos.

Los pueblos indígenas de México son los que asumen una identidad étnica con base en su cultura, sus instituciones y una historia que los define como los pueblos autóctonos del país, descendientes de las sociedades originarias del territorio mexicano. El Estado mexicano reconoce a los pueblos indígenas al definirse en su Constitución Política​ como una nación multicultural fundada en sus pueblos indígenas. Según un cálculo del Instituto Nacional Indigenista (INI), Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), en 2012 la población indígena era de aproximadamente 15 millones de personas, repartidas en 58 grupos étnicos. En 2021 el censo del INEGI arrojó que a nivel nacional existen casi 12 millones de indígenas (solo son consideradas las personas que sepan hablar algún idioma autóctono). En contraste con otros países de América Latina, donde los pueblos indígenas corresponden en su mayoría a un solo grupo lingüístico, cuyo idioma ha sido elevado a la categoría de oficial en compañía del español, en México existen alrededor de 65 pueblos indígenas que hablan entre sesenta y tres y más de una centena de idiomas diferentes (dependiendo de la fuente consultada).

Como parte de las leyes de derechos lingüísticos de los pueblos indígenas, que son leyes reglamentarias del artículo segundo de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, las lenguas de estos pueblos son reconocidas como idiomas nacionales, con la misma categoría que el español; pero en la práctica, su uso oficial está extremadamente limitado, se reduce a: la publicación de algunas leyes; su uso en la educación bilingüe, en los niveles más bajos; la publicación de materiales de divulgación; y ocasionalmente, algunas estaciones radiodifusoras transmiten, parcial o totalmente, en idioma indígena y algunos sitios de Internet. La población indígena está distribuida por todo el territorio de México, pero se concentra especialmente en la sierra Madre del Sur, la Península de Yucatán y en las zonas más remotas y de difícil acceso, tales como la Sierra Madre Oriental, la Sierra Madre Occidental y áreas vecinas a estas. No es numerosa la población indígena en México debido al mestizaje, pero la presencia de los nativos mexicanos dentro de la identidad nacional está muy presente por el alto desarrollo de las culturas mesoamericanas. Parte de la población mestiza de México se ve influenciada e identificada por el indigenismo en mayor medida a diferencia de otras naciones con contingentes indígenas. En el norte, centro y el oeste de México habitan grupos como los Tarahumaras, Huicholes, Mazahuas, Otomiés, Purépechas, Mexicas, Nahuas y los Yaquis. Mientras que en el sureste y sur del país los Tlapanecos, Mixtecos, Mixes, Triquis, Zapotecos y los Mayas, entre otros. El estado con mayor población indígena es Oaxaca aunque mucho de ella ha emigrado y el que tiene mayor población indígena viviendo en su propio territorio es Yucatán. Grupos étnicos como los zapotecos, mayas, nahuas, purépechas, mixtecos, yaquis, kikapúes y otomíes han logrado mejorar sus condiciones de vida y se han adaptado fácilmente a la cultura del comercio y la globalización.

‘Un anacoreta en cada balcón’, es una expresión que le oí al escritor progresista Manuel Vicent, originario del Mediterráneo del cantautor y poeta Joan Manuel Serrat. La presencia de Santiago Abascal me evoca a frase de “El imperio donde nunca se pone el sol”, usada en diferentes contextos para definir un cierto tipo de imperio global, tan extenso que siempre hay al menos una parte de su territorio donde es de día. Fue originalmente utilizado por el Imperio español, fundamentalmente entre el siglo XVI y siglo XVII. En tiempos más recientes ha sido usado para el Imperio británico, principalmente en el siglo XIX y siglo XX. La frase ganó popularidad durante el reinado de Felipe II de España, hijo de Carlos I, cuando las islas Filipinas y los archipiélagos de Micronesia en el Pacífico se anexionaron a la corona española. Estamos en tiempos de pandemia. El desierto son las calles vacías, las playas deshabitadas, las carreteras desnudas, los cines clausurados, los estadios muertos, las estaciones y aeropuertos paralizados en todo el mundo. El desierto siempre ha atraído a los profetas, quienes través de un sol feroz estallado en el cráneo, esperaban recibir el mandato para salvar a su pueblo; en el desierto han buscado los anacoretas entre abrojos compartidos a medias con los lagartos y las cabras la redención de su alma. El desierto de la Tebaida fue un refugio de los ascetas proto-cristianos que huían de la corrupción del mundo y llegaban vestidos de esparto, con sandalias polvorientas y un zurrón lleno de mendrugos al Alto Nilo en busca de la incontaminación del espíritu. Alucinado por la luz ardiente de la sequía San Antonio, el más insigne pionero de esta clase de travesía espiritual, veía bailar al demonio bajo la forma de una mujer desnuda y cuyo único solaz se lo proporcionaba un cuervo que cada cierto tiempo le llevaba una torta de pan en el pico. Sobre las tentaciones de San Antonio escribió Gustave Flaubert una obra maestra. No ha sido el único artista que se ha sentido inspirado por esta locura surrealista que vivimos en estas horas de VOX en México.

En 1965 Luís Buñuel rodó en México una película de 45 minutos, con guión de Julio Alejandro, basada en la vida de Simón el Estilita, un monje sirio, nacido el Cilicia alrededor del año 400 y muerto en Alepo, a quien su extrema austeridad le llevó a creer que eran muy poco rigurosas las reglas del convento y decidió abandonarlo. Para aislarse del mundo primero se metió en una cisterna seca atado a una cadena, pero molesto por tantos devotos que acudían a pedirle consejo, se escondió en una cueva más profunda todavía y como tampoco allí podía hacer a gusto su penitencia porque sus fieles no cesaban de ir en peregrinación a venerarle, optó por subirse a una columna en pleno desierto bajo el viento y el sol de fuego. Esta vez emprendió una huida definitiva hacia arriba para separarse de la multitud contaminada que tenía a su alrededor y a medida que el número de seguidores crecía Simón se hacía construir una columna más alta. La primera de tres metros, la segunda de siete, la tercera de 20, la cuarta de 40 y en esta pasó los últimos 37 años de su vida, a veces apoyado en un solo pie, alimentándose con los víveres que sus discípulos le metían en un capacho y que el santo subía con una cuerda.

Lleno de un humor sacrílego Luís Buñuel en esa película inconclusa por falta de presupuesto y no obstante profunda y divertida, se cuenta con planos prodigiosos e inéditos la historia de este anacoreta, que inventó el cilicio, un cinturón de espinas metálicas que se ataba al muslo o a la cintura hasta incrustarse en la carne. Luís Buñuel se mueve a sus anchas en este surrealismo religioso cuya demencia ha excitado siempre su genio. Aquí están sus criaturas, un enano contrahecho, cabras famélicas, advertencias y admoniciones del santo, el diablo en forma de mujer, disputas teológicas entre sus discípulos al pie de la columna. En 1976 el cineasta Juan Estelrich dirigió la película ‘El Anacoreta’, con guion de Rafael Azcona, protagonizada por Fernando Fernán Gómez. Se trata de un tipo de mediana edad, que un día decide encerrarse en el cuarto de baño y no salir nunca más a la calle, ni siquiera al resto de la casa donde vive su familia. En el cuarto de baño este moderno anacoreta recibe a los amigos y su único contacto con el exterior lo realiza por medio de mensajes metidos en tubos de aspirinas que arroja por el retrete como el náufrago lanza una botella al mar con la esperanza de que alguien lo lea. Una chica muy atractiva encuentra este mensaje, decide conocer al anacoreta y un día se presenta en el cuarto de baño y entre ellos se realiza una historia de amor.

Debido a la pandemia del COVID-19 más de mil millones de personas están encaramadas en su propia columna para evadirse de la contaminación y de la muerte. Hoy cada balcón es el capitel de la columna de Simón el Estilita. Cada una de las estancias de una casa, el recibidor, el pasillo, las habitaciones, el comedor y los cuartos de baño se han convertido en refugios de anacoretas confinados a la fuerza, que obtienen su alimento a través de Google, una versión moderna de la cuerda con que Simón elevaba el capacho lleno de víveres o del cuervo que les llevaba una torta en el pico a San Antonio. Si desde un satélite se pudiera fotografiar semejante espectáculo, se verían más de mil millones de columnas en forma de balcones desde donde los anacoretas predican, tocan variados instrumentos, cantan, ríen, lloran, claman a Dios, maldicen su suerte, esperan la salvación. Ninguno de estos anacoretas ha renunciado a la vanidad. Cada uno reclama sus minutos de gloria. Lo mismo le pasaba a Simón el Estilita, a quien, en la película de Buñuel, al final el demonio se lo lleva a bailar el rock.

 

@SantiGurtubay

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