EL BESTIARIO

LOS MILLONARIOS QUIEREN CONQUISTAR LA LUNA

De la Biblia a la ‘Mota del Chapo’, en Space Coast de Florida, ‘revolución’ del gremio espacial…

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Olvidada ya la vieja era de lucha sin cuartel entre la URSS y Estados Unidos, la irrupción de ambiciosos magnates como Elon Musk, Jeff Bezos o Richard Branson marca un nuevo tiempo en el devenir de la carrera espacial. Son casi las tres de la madrugada en la Costa del Espacio. La furgoneta circula solitaria por el bulevar de los Astronautas en dirección al que un día fue el corazón del orgullo americano. Pasa un control militar y se detiene junto a un prado al borde del agua. El fuerte viento sacude los letreros que avisan de la presencia de caimanes. Pero el teniente Walker, de la división encargada de la seguridad de los lanzamientos del 45º batallón espacial de la Fuerza Aérea, que esta noche ejerce de mera contratista, explica que el aire en la superficie terrestre no es un problema. El joven oficial mira en su móvil la información en directo del lanzamiento. Lo ha visto ya muchas veces, pero apenas puede disimular la emoción. “En 5 o 10 años, esta comunidad va a volver a explotar. Es un gran momento para estar aquí”.

A menos de una hora de Orlando en la costa del océano Atlántico del centro de Florida, Cocoa Beach y Port Canaveral son dos de los destinos más populares del condado de Brevard, también conocido como la Space Coast de Florida. Cocoa Beach es un destino para practicar surf de fama mundial y Port Canaveral es uno de los puertos de cruceros más activos de Estados Unidos, pero lo más famoso de esta zona es el Kennedy Space Center que, desde hace mucho tiempo, es el lugar de lanzamiento de los viajes espaciales estadounidenses. Las otras ciudades de la región son Melbourne (y sus pueblos costeros relajados), Titusville, Palm Bay y Viera. Cada una tiene su propio encanto único, pero todas son bases ideales para explorar los hermosos tramos de arena, las maravillas naturales y las abundantes atracciones culturales de la Space Coast.

Después de la era Apollo, aquí el sueño futurista por antonomasia se empezó a conjugar en pasado. La carrera espacial era un decadente patrimonio de hangares en desuso, pistas desiertas y enigmáticas estructuras de hormigón corroídas por el calor húmedo, la lluvia y la vegetación tropical. Ruinas de una civilización que ardió en las llamas del transbordador Challenger el 28 de enero de 1986, al explotar en el cielo ante los ojos del mundo con siete astronautas dentro a los 73 segundos de despegar. Volvió a arder en el Columbia —con otros siete tripulantes a bordo—, que se desintegró al reingresar en la atmósfera terrestre el 1 de febrero de 2003. Y se extinguió oficialmente cuando, con el lanzamiento del último transbordador Atlantis, el 8 de julio de 2011, se puso fin oficialmente al programa Shuttle y se renunció a enviar más seres humanos a la Luna desde suelo estadounidense. Desde entonces, los astronautas americanos viajan a la Estación Espacial Internacional con escala en Rusia a bordo del Soyuz, el programa espacial del que fuera el archienemigo galáctico a batir.

La Costa del Espacio, que Gay Talese describió en 1965 como un lugar “de garitos glamurosos con chicas jóvenes bailando el twist en las barras, jugadores apostando al póquer en el piso de arriba y ruido por todos lados”, se transformó entonces en símbolo de los sueños abandonados. Perdió más de 20.000 puestos de trabajo y, de paso, su identidad. Porque aquí los adolescentes estudian en el instituto Astronauta, las familias comen en el restaurante Apolo, los coches circulan por Venus, Saturno o Plutón, y los números de teléfono empiezan por 321, en honor a la cuenta atrás con que despegan los cohetes. En este lugar de la Tierra, el espacio no se borra tan fácilmente. La zona intentó reinventarse. Se agasajó a nuevas empresas con ventajas fiscales. Se apostó por los cruceros, por el surf. Sobre las ruinas del espacio se levantó un reclamo para turistas aficionados a la historia. Y, de repente, el espacio volvió a su costa. “Después de 50 años, esto no ha hecho más que empezar”, dice hoy la publicidad de los autobuses del Kennedy Space Center, que llevan a los turistas a visitar las modernas lanzaderas y los impresionantes hangares, hoy llenos de nueva vida, donde los logos de la NASA compiten con los de las compañías privadas que han resucitado la carrera espacial. Entre ellas, SpaceX y Blue Origin, las empresas de Elon Musk y Jeff Bezos, dos soñadores que crecieron consumiendo ciencia-ficción y comprendieron que la misma tecnología que les hizo inmensamente ricos permitía cumplir sus sueños infantiles alimentados por las hazañas de la NASA. La competencia entre estos dos nuevos amos del universo, como en su día la de las dos potencias de la Guerra Fría, va camino de ser el impulso que lleve de nuevo al ser humano a la Luna.

“Nunca vamos a repetir el patrón de la era Apollo”, advierte Dale Ketcham, vicepresidente de Space Florida, agencia de desarrollo económico aeroespacial del Estado. “De hecho, uno de los problemas que ha habido desde entonces es que todos los programas posteriores se han juzgado frente al Apollo. Y eso es injusto porque aquello fue un cheque en blanco del Gobierno: ‘No importa lo que hagáis, pero venced a los rusos’. Por eso nosotros hablamos ahora de un renacimiento. El modelo se está renovando, con nuevas ideas y nueva gente en la ecuación. Es el sector privado el que está aportando el negocio y la innovación”. El proyecto espacial de Jeff Bezos, hoy el hombre más rico del mundo, empezó con augurios no aptos para supersticiosos. El 6 de marzo de 2003, según recuerda Christian Davenport en su libro The Space Barons, el fundador de Amazon sobrevolaba la árida geografía del Texas occidental en un helicóptero, acompañado de un excéntrico cowboy, una abogada y un piloto apodado Tramposo. “¡Mierda!”, gritó Tramposo, poco antes de que la hélice se hiciera añicos contra un arroyo premonitoriamente llamado Calamidad. Sobrevivieron todos. Bezos, cuya apretada agenda le había llevado a exigir realizar la visita en helicóptero y no a lomos de caballos como era costumbre, apenas sufrió unos rasguños. “Pensé que habría sido una forma muy tonta de morir”, admitiría después en la CNN. Los médicos de emergencias no tardaron en llegar al lugar en una ranchera. Y uno de ellos reconoció a Bezos de una portada del número de la persona del año de la revista Time de 1999.

Cuesta creer que hace 50 años estos cálculos se hacían, básicamente, emborronando de ecuaciones una pizarra. En el museo del espacio de Cabo Cañaveral, el jubilado John Hilliard, que ejerce de guía voluntario, muestra una vieja computadora que pesa siete toneladas y ocupa toda una pared de una habitación que reproduce una antigua sala de control. Tiene 578 bytes. Cabrían 886 millones de ellas en un solo iPhone X. Para un emprendedor de Silicon Valley como Elon Musk resultaba difícil aceptar que la tecnología de los cohetes que Estados Unidos y Rusia lanzaban al espacio en los primeros años del siglo XXI fuera tan parecida a la de la era del Apollo. “Casi cada sector de la tecnología ha mejorado. ¿Por qué este no? Así que empecé a estudiarlo”, explicó durante un discurso en la Universidad de Stanford en 2003. Elon Musk y Jeff Bezos, el primero exhibiendo sus hallazgos y el segundo casi en la clandestinidad, llegaron a la misma solución técnica: cohetes reutilizables. Artefactos que después de colocar su carga en órbita, en vez de caer al océano, regresaban y aterrizaban de pie en un lugar predeterminado. “El mayor desarrollo en transporte espacial en más de una generación es la reusabilidad de los cohetes, que permite lanzamientos más baratos y frecuentes”, explica Ketcham, de Space Florida. “Musk y Bezos lo han perfeccionado y han construido sobre eso su plan de negocio”. El hallazgo prendía de nuevo la mecha de la fiebre por mandar humanos al espacio. Entre noviembre y diciembre de 2015, un cohete de Blue Origin y otro de SpaceX caían del espacio y se posaban con precisión en Cabo Cañaveral, listos para el siguiente viaje. Bezos se adelantaba por 28 días a Musk. Rivalidad, dinero y voluntad. Los tres motores de la carrera espacial. Las tres carencias que lastraban al programa espacial de la NASA después del Apollo. Pero Musk y Bezos tienen dinero a espuertas, voluntad forjada en colosales aventuras empresariales que les han enseñado que todo es posible y una rivalidad que, desde una mítica cena en 2004 en la que ambos magnates pusieron en común sus planes galácticos, ha desembocado en tensas disputas comerciales y hasta pleitos de propiedad intelectual. Parte del atractivo de la rivalidad entre los dos millonarios, seguida a nivel fenómeno de fans por las legiones de nuevos aficionados al espacio, es que reproduce la esópica fábula de la liebre y la tortuga.

Neil Armstrong dijo su frase inmortal, aquella que sus guionistas le prepararon sobre un paso pequeño para un hombre y un gran salto para la humanidad, cuando en 1969 fue el primer hombre en pisar la luna. Hoy la hubieran escrito los guionistas ‘currelas’ de Netflix. También pronunció otra locución: “Buena suerte míster Grabowsky”. Nadie supo en aquellos momentos qué significaban aquellas palabras. Cuando nos acercamos al séptimo aniversario de la muerte de este astronauta estadounidense, ocurrida el 25 de agosto de 2012, en Cincinnati, Ohio, logramos descifrar lo que pareciera un mensaje de pura criptología cubana. Neil, jugaba al fútbol con sus amigos de su natal condado de Auglaize. El árbitro había marcado penalti. Armstrong ejecutó la máxima pena. Fue tal la fuerza que metió el gol, pero la pelota rompió las redes y fue a parar a la casa de los Grabowski. Rompió la luna principal de la casa. En aquellos precisos instantes los Graboswski protagonizaban una disputa conyugal sexual. El fogoso míster Grabowsbi pretendía, en vano, desde horas atrás, hacer el amor con su asexuada esposa. Al entrar el balón enviado por el niño Neil, el hombre hizo caso omiso, obsesionado con sus quereres… Su esposa, a la defensiva, no le dio importancia tampoco al accidente doméstico. No obstante, pronunció una frase premonitoria… “Para que lo sepas míster Grabowski, haremos el amor cuando Neil suba a la luna”. Décadas después aquel infante pisó el único satélite natural de la tierra. Neil Armstrong no se había olvidado de la extraña actitud de sus vecinos, quienes le devolvieron el balón y nunca reclamaron  el arreglo de su vidrio roto. “Buena suerte míster Grabowski” fue la expresión más humana del primer terrícola en pisar la Luna.

La carrera espacial, de la Biblia a los ‘porros’ de mariguana o hachís. Hace cincuenta años, parecía que la Unión Soviética podía ganar la carrera hasta la Luna, en plena Guerra Fría. Hoy, su programa espacial se encuentra en dificultades. Muchos pensadores sostienen que el mundo cambia a una velocidad acelerada y que nuestro tiempo es el más convulso de la historia. Pero si se vuelve la vista medio siglo atrás cuesta no considerar soporífero el presente ante la épica de entonces. Hace cincuenta años, la Unión Soviética, alentada en parte por el triunfo del Sputnik de 1957, aún creía que podía presentar una alternativa real al sistema capitalista y algunos creyeron que podía demostrarlo ganando la carrera hasta la Luna. Sin embargo, en las Navidades de 1968, ese sueño comenzó a desmoronarse a miles de kilómetros de la Tierra cuando Frank Borman, James Lovell y William Anders alcanzaron por primera vez la órbita de nuestro satélite a bordo del Apolo 8. En la Nochebuena del 68, Borman, Lovell y Anders leyeron un fragmento de la Biblia en televisión, hoy, Elon Musk, creador de PayPal, la cara más conocida de la nueva carrera espacial, se fumó un ‘joint’ en directo durante un programa de radio. Cinco décadas después, no es probable que aquellos hombres o sus rivales soviéticos hubiesen podido predecir los derroteros de la carrera espacial. Durante las siguientes décadas, con la excepción del puñado de misiones Apolo, el ser humano no superó la órbita baja de la Tierra y los rusos ni siquiera llegaron a la Luna. La caída de la URSS dejó tambaleándose el programa espacial ruso, pero la inercia lograda durante aquella etapa dorada ha mantenido a este país entre los líderes de la carrera astronáutica. Sin embargo, algunos analistas temen que la patria de Laika, Yuri Gagarin o Valentina Tereshkova esté a punto de caer en la irrelevancia. Hace pocas semanas, Rusia anunció un plan para construir una colonia en la Luna en la década de 2040. En un momento de interés renovado por el satélite, con un robot chino recién aterrizado en su cara oculta, la antigua potencia quiere mantener su estatus, pero no parece sobrada de fuerzas. También han cambiado los usos y costumbres del gremio espacial, de la Biblia a la ‘Mota del Chapo’.

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