Desde el rincón

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De terapias alternativas para sobrevivir a la peste

Inosente Alcudia Sánchez

La verdad, aquí entre nosotros, siempre lo supe. Me lo guardé para no contrariar a los amigos puristas y a dos o tres melómanos que sólo conceden descender hasta el purgatorio de los Ángeles Azules cuando es (o era) inminente el cierre del antro. Lo que desde el inicio me atreví a sostener, a contracorriente de la opinión de mis compinches, es que el ¿género? no sería flor de un día. Desde el inicio quiere decir la última década del siglo pasado, cuando Daddy Yankee incendió con su Gasolina la era de las discos para que emergieran los antros como fase superior del reventón. Yo era feliz en esos tiempos. Entre la crítica a sus letras descaradas, con acusaciones de misoginia y hasta de satanismo, el ritmo se mantuvo y se hermanó con otros géneros a los que ahora los conocedores llaman “urbano”. Desde luego, la basura abunda, pero he conseguido rescatar dos o tres canciones dignas y he atestiguado un lento proceso reivindicatorio: desde la maestra Dresser “perreando” para las redes sociales, hasta intelectuales de prestigio internacional que alaban el feminismo de Bad Bunny por «Ella perrea sola».

No quiero distraerlos con digresiones literarias o morales, así que vuelvo al origen: siempre supe que el reguetón poseía propiedades terapéuticas. Sí, señoras y señores, era imposible no advertir en la euforia de las amigas de esos años una especie de explosión espiritual a partir del movimiento de caderas, el meneo con que entraban en una especie de trance liberador de la carne y sus conflictos cuando sonaba «Lo que pasó pasó». Así que fue un desagravio íntimo descubrir que para los males del alma que en estos tiempos nos afligen existe el yoggatón, una corriente espiritual capaz de hacer “salir todos esos demonios que lo están habitando”.

Desde luego, ante los pesares que nos ha cargado el Covid-19, como el pesimismo, la ansiedad, la depresión, la incertidumbre y el miedo, el yoggatón es un “espacio donde la sanación está ligada a la diversión y al perreo intenso”. Sí, mami, (perdón). Sí, amigas, amigos, “ese sudar, sentirse sensual, tocarse, exhalar fuerte, ir con bastante profundidad, el beat del perreo, y combinarlo al mismo tiempo con una meditación a través de la respiración bastante profunda, es lo que ofrece yoggatón”.

Claro, no se trata de una técnica ancestral sino, más bien, es de hechura reciente: apenas en 2016, después de un reventón loco en Berlín, la boliviana Maque Pereyra creó esta corriente espiritual que, ante la falta de vacunas, puede ayudarnos a “una sanación para el temor psíquico al covid”. No la echen en saco roto: su creadora afirma que el yoggatón se basa en dos metodologías de nuevo cuño, desculonización y activismo espiritual. Si es de su interés volar un rato con Maluma, Anuel, Bad Bunny, Ozuna o el Big Boss, en internet hay hasta videos tutoriales.

No sé ustedes, pero eso de “perreo espiritual, activismo del placer y meditación desde la pelvis” me suena como bastante liberador. Ahora que, si andan muy densos, pueden llegarles a los cursos en línea que J. Balvin y Deepak Chopra prepararon para purificar mente y espíritu. A mí me basta con el disco Colores, del gurú Balvin; aunque Residente opine lo contrario.

Llegué a esta información que cura, gracias al maestro Gil Gamés y su sabia columna “Uno hasta el fondo”, del periódico Milenio. De esto hace ya más de un año, pero la pandemia sigue y, en el encierro, como que el reguetón y el flow y demás ritmos “urbanos” agarraron fuerza cibernética. Si no, díganme como le ha hecho el tal Bad Bunny para que Spotify reporte más de 40 millones de reproducciones semanales de sus canciones. En eso estoy, buscando el ingrediente secreto con que Benito Martínez ha embrujado a media humanidad, entre la cual no me incluyo, pero tampoco me excluyo. El “conejo malo”, mito de la cultura pop del siglo XXI, según el diario El País, nos mueve el piso con la melodía que, cachonda, dice que ella es “callaita” y “no me conoce”, y que a mí me recuerda: “Pensaba que te había olvidado, pero pusieron la canción”. Como sea, más allá de gustos y fobias, se ha instaurado un movimiento cultural, sí, cultural, del que la música es apenas una mínima parte.

Junto a Bad Bunny transitan el arte digital, los NTF (los activos no fungibles –que no se consumen o usan y que no tienen sustitución–) o certificados de propiedad de activos de arte digitales, el metaverso, las blockchain y las criptomonedas y los sitios virtuales de encuentro donde millones se reúnen a pesar de la distancia. Sí, contradictorio, el mundo se vuelve cada vez más complicado, aunque más accesible; durante el confinamiento, las redes sociales y las aplicaciones tecnológicas se potenciaron al máximo y llevaron a nuestros refugios los satisfactores básicos para hacer tolerable el encierro. Entre esos satisfactores están las canciones que artistas como Bad Bunny (mejor compositor del año pasado que no sabe nada de música, pero que en su niñez se inspiraba en Héctor Lavoe, detestado por unos e idolatrado por otros), nos han regalado para hacer menos densas las horas de soledad y miedo.