Desde el rincón – La obstinación como método y el Tren Maya

Inosente Alcudia Sánchez

En las últimas semanas el Tren Maya ha ocupado bastante espacio en los medios de comunicación gracias al activismo del movimiento “SelvameDelTren” con el que artistas, ambientalistas, científicos, espeleólogos, buzos, arqueólogos y habitantes de la zona, se han opuesto a la construcción del llamado tramo 5, que va de Cancún a Tulum. A la fecha, en ese tramo las obras están detenidas por una suspensión provisional que concedió un juez –y ratificó un tribunal colegiado–, ya que los responsables de la construcción no han presentado los estudios que exige la normatividad, y próximamente se definirá si el amparo otorgado es definitivo.

Con poca atención de la prensa, la Comisión de Turismo del Senado de la República dio a conocer el informe de su visita a las obras del Tren Maya en Quintana Roo, efectuada el 17 y 18 de marzo de este año. El informe está disponible en internet y, en sus 29 cuartillas, hace una puntual radiografía de la situación del proyecto. Expondré aquí algunos puntos de ese informe que son críticos respecto de los trabajos de edificación y de la viabilidad del Tren Maya. No perdamos de vista que, además del tramo 5, el siguiente con mayor riesgo de afectación ambiental es el que va de Bacalar a Escárcega (tramo 7), atravesando la reserva de la biosfera de Calakmul, donde se asienta el único Patrimonio Mixto de la Humanidad con que cuenta México. En la introducción del documento se menciona que “los senadores integrantes de la Comisión de Turismo del Senado de la República, por unanimidad, decidimos, llevar a cabo una visita a las instalaciones de la obra, con el propósito de verificar el avance y ejecución de la obra en comento, así como allegarnos de información oficial de manera directa, y escuchar a los diferentes sectores y actores involucrados”. El programa incluyó encuentros con representantes de FONATUR, autoridades estatales, organizaciones no gubernamentales y representantes de comunidades y empresarios del ramo turístico. Se incluyen en el informe las actas de cada reunión, así como fotografías y el reporte de una visita de campo en el que, en efecto, se aprecian los probables daños a la ecología que la construcción está causando. No deja de ser inquietante que el documento cuente con un apartado en el que describe las siete modificaciones que ha sufrido “la planeación del trazo” en sus diferentes tramos.

Debo anticipar que las conclusiones ratifican lo que muchos advertimos. El Tren Maya ha avanzado a la buena de Dios: “Durante la visita que realizamos a las oficinas de Fonatur, si bien nos explicaron en general el desarrollo de la obra, no se exhibieron los estudios sobre el plan de ejecución e impacto ambiental de esta obra de infraestructura”. Continúa el informe: “Existe cierta aceptación de una parte de la sociedad respecto de la importancia que reviste el proyecto, pero es evidente que no se cuentan con los estudios necesarios que contempla la normatividad vigente respecto los tramos y modificaciones que abarca, lo que provoca incertidumbre en la sociedad. Para académicos, especialistas y organizaciones de la sociedad civil que estuvieron presentes en las reuniones, el tramo de mayor preocupación por tratarse de suelo kárstico, afectación a la flora y fauna del lugar, así como de ríos subterráneos, es el ubicado en el tramo cinco norte, que conecta los municipios de Benito Juárez y Solidaridad, Quintana Roo, sin que exista justificación alguna por parte de las autoridades que sustenten la modificación.

De no tenerse (estudios técnicos) se corre el riesgo que van desde el desperdicio de recursos públicos, lo que ya ocurrió en las obras inconclusas que se realizaron en el tramo carretero entre los municipios de Benito Juárez y Solidaridad, hasta el deterioro irreversible del medio ambiente que, en este momento, de manera oficial, no existe manera de conocer. Las y los integrantes de esta Comisión, consideramos urgente que las dependencias correspondientes de la Administración Pública Federal den a conocer los estudios, evaluaciones y dictámenes de todo el proyecto de infraestructura, con la finalidad de generar, confianza, certeza y seguridad, dando cumplimiento con las normas ambientales y de planeación vigentes.” Hasta aquí la cita de algunas de las conclusiones firmadas por los senadores Antonio García Conejo, Mayuli Latifa Martínez Simón, Rogelio Márquez Valdivia y Manuel Añorve Baños, las cuales se refieren no sólo al tramo 5 de Quintana Roo, sino a todos los tramos del proyecto, incluyendo, desde luego, el tramo 7 que va de Bacalar a Escárcega.

A finales de 2017, la doctora Beatriz Gutiérrez Müller publicó un video donde interpreta la canción “El necio”, del cubano Silvio Rodríguez. Más allá de las virtudes vocales de la doctora, el video era un reconocimiento a la persistencia política de su esposo, Andrés Manuel López Obrador, quien en su tercera incursión como candidato a la presidencia de la República se perfilaba con ventaja inalcanzable. El presidente López Obrador ha reconocido en diversas ocasiones que la terquedad es una de sus características y en su actuación como gobernante ha mostrado muchas veces que no es fácil de doblegar, ni de convencer, ni de hacer rectificar; al contrario, es un político al que, dicen, le gusta “doblar la apuesta”. El presidente valora su obstinación como una virtud: gracias a ella superó las derrotas electorales y habita Palacio Nacional. En estos casi cuatro años de gestión hemos podido constatar que tenemos un presidente cuya obstinación se refleja, también, en ideas fijas. Muchas de ellas, incluso, gestadas desde sus inicios en la política, como el mismo AMLO ha reconocido. Tenemos un presidente que cree en la persecución de utopías y que confía más en su intuición que en los estudios de factibilidad, así como prioriza la lealtad por encima del conocimiento y la justicia sobre la ley. De este modo, tenemos un gobierno cuya actuación ha estado condicionada por la obstinación del jefe de Estado como método de gestión pública y sus ideas preconcebidas como fundamento de políticas públicas. Desde luego, el modelo es riesgoso por donde se le vea. En estos casi cuatro años, el “me canso ganso”, síntesis de la irreductible visión de López Obrador, ha permeado, para bien o para mal, todo el quehacer de la administración pública federal.

El Tren Maya es una de esas ideas largamente pensadas, e implementada con la obstinación suficiente para hacerla realidad llueva, truene o relampaguee. Empero, una inversión de esta magnitud, con objetivos tan ambiciosos para el desarrollo regional, tendría que estar respaldada con los estudios técnicos que aseguren al máximo su viabilidad y minimicen cualquier probable externalidad negativa. Sólo que a alguien se le ocurrió iniciar sin proyecto ejecutivo ni estudios… y así, me dicen quienes saben, desde el origen se contaminó todo el proceso constructivo. Y, claro, ni la obstinación como método será de ayuda para disminuir los riesgos y elevar la factibilidad de la Idea que hoy se abre camino a rajatabla sobre acuíferos y selvas.

Y hablando de benignas obstinaciones o de necedades para bien, debemos reconocer la firme y fundada resistencia que han mostrado los grupos de activistas que se sumaron al movimiento “SelvameDelTren”, a fin de que la obra cuente, como piden los senadores de la Comisión de Turismo, “estudios, evaluaciones y dictámenes de todo el proyecto de infraestructura”, y garantizar su sostenibilidad –agrego yo-. No sé, quizás peco de optimista, pero creo que aún puede evitarse que sea el “tren del desmadre”, como lo calificó el periodista Ricardo Rocha.