Desde el rincón – Carlos Fuentes, la vida como novela

Inosente Alcudia Sánchez

Yo no sé… no sé… si él soy yo… si tú fue él… si yo soy los tres…

Carlos Fuentes, La muerte de Artemio Cruz

Como era previsible, no pasó desapercibido el décimo aniversario de su fallecimiento. Este domingo 15 de mayo, cuando celebramos a los maestros, se cumplió una década de la ausencia física del gran novelista, cuentista y ensayista Carlos Fuentes. A pesar de la distancia temporal, el escritor sigue siendo un contemporáneo: las instituciones culturales y la mayoría de los intelectuales lo recordaron más allá de su obra literaria, evocando anécdotas de un Fuentes más vivo que nunca en la memoria, en los espacios que reclaman su presencia, en sus escritos que no pierden vigencia y son estudiados por cada vez más especialistas.

Aprovecharé la oportunidad para no quedarme con las ganas de compartir algo más personal. Ya saben, siempre hay por ahí una anécdota asociada a la aventura de leer (o beber). Les cuento, entonces, que mi descubrimiento de Carlos Fuentes fue, más bien, azaroso. A principio de la década de los ochenta, cuando yo iniciaba el bachillerato, Fuentes ya tenía una poderosa obra literaria y un bien ganado prestigio intelectual, pero no había caído en mis manos ninguno de sus libros. Coincidí, entonces, con una mujer tan bella como talentosa, que me llevaba unos años de ventaja en la edad y, como suele suceder, en todo lo demás, incluida la formación académica. Aquella buena muchacha se apiadó de mi precoz enamoramiento y en un gesto, no sé, de buena voluntad o de castigo, me entregó un libro con la indicación perentoria de agotar su lectura. El volumen aquel era intimidante: alrededor de 350 páginas de una historia y de un autor desconocido representaban un reto formidable. ¡Vamos! Mis urgencias e intereses juveniles no estaban como para emprender una odisea literaria de esa envergadura, pero el amor todo lo puede y, sí, esa misma noche empecé: La muerte de Artemio Cruz, fue una experiencia conmovedora. En ese momento, la técnica narrativa experimental empleada por Fuentes (“Audaz exploración de las posibilidades de representación en la literatura, a través de la superposición de niveles de tiempo, espacio y consciencia narrativos”, dice una reseña de Porrúa) me significó un reto aterrador. Auxiliado por la disciplina a que obliga la construcción de méritos que distingue a los enamorados no correspondidos, llegué al final del libro como náufrago que alcanza tierra firme. No obstante que lo extenso de la novela y la complejidad de la narración pueden intimidar a un lector principiante, como fue mi caso, la recompensa de la lectura es más que gratificante.

Leí y releí, tomé apuntes y 10 días después, con mi heroína, bebimos la tarde, buena parte de la noche, leímos muchas cervezas y entre canciones de protesta repasamos la agonía del prohombre usufructuario del nuevo orden político, social y económico fruto de la Revolución Mexicana, que es Artemio Cruz. Cumplida la tarea, guardé a Fuentes y mi mente se aplicó a otras porfías, no tan simétricas como las de Borges, que me condujeron a la Universidad donde, nuevamente, tropecé con el autor de La región más transparente. En la clase de Lectura y Redacción, una tarde de buena ventura el admirado maestro José Luis Llovera Baranda nos recomendó Aura. Así, ya encarrerado, continué por mi cuenta con la relectura de La muerte de Artemio Cruz y el nombre se me quedó grabado para siempre cuando, embelesado, cosas de la imaginación desbordada, descubrí que el coronel Aureliano Buendía, en algún momento de sus desaforados alzamientos en armas, había tratado al general Artemio Cruz.

No conocí a Carlos Fuentes. En vano busqué noticias de su presencia por estos acalorados rumbos. Él nunca supo de cómo un lector anónimo llegó a uno de sus libros ni el papel que éste desempeñó en un brevísimo lapso de su existencia. No sé. Hay libros que forman parte de nuestra hoja de vida, no por lo que dicen, sino por lo que nos hicieron vivir. Y así como hay el “metatexto”, podemos hablar de la “metalectura”, todas esas cosas que suceden alrededor del lector, que trascienden al libro y que se originan o se relacionan con la experiencia de leer. Pero ya me puse muy denso y hoy sólo quería hablar de mi buena experiencia con Carlos Fuentes y no dejar pasar la oportunidad para recomendar sus libros.

Oportunismo mediático

Siguiendo a Fadanelli, recurriré al “oportunismo mediático” de la efeméride. Usaré este breve espacio para felicitar a los maestros. Soy de un círculo afectivo con vocación docente. Sobrinas, hermana, primos, tíos, amigos, eligieron el magisterio como profesión. Guardo registro de muchos, muchos buenos maestros que me acompañaron y me siguen acompañando en este inacabable aprehender que es la vida. Yo también estuve unos años en aula frente a grupo. Sé el significado de la palabra y conozco la emoción de ese proceso dialéctico de enseñar y aprender. Sin embargo, la imagen que sintetiza todo lo bueno de ese apostolado es la de mi padre, una celebridad para cuyo homenaje siempre me faltarán líneas. Felicito, entonces, a todas y a todos los maestros. Creo en la capacidad transformadora de la educación y sé que de las y los maestros depende en buena medida el futuro de nuestro país. En estos tiempos en que la sombra del dogma intenta oscurecer las virtudes del conocimiento, la sociedad tiene en los maestros el principal frente de defensa de una educación de calidad.