Del brazo de las sombras – José Juan Cervera

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Cuando la elección del momento y de la forma de morir interrumpe el cultivo fulgurante de una vocación literaria, emerge sin remedio un halo de leyenda que acompaña el recuerdo de la obra lograda. Su valor intrínseco se impone a cualquier noción contingente de las circunstancias que lo envuelven, y sin embargo es difícil desligarlo de ellas ante la potencia espectacular con que se afianzan en la memoria colectiva.

Desde un punto de vista estrictamente biográfico, el suicidio de Alejandra Pizarnik en 1972 es sólo el desenlace de una secuencia de hechos que enmarcó una búsqueda de realización personal con los sinsabores y las satisfacciones que arroja la propia experiencia, cuyos frutos guardan, en su caso, el peso específico de una apreciable calidad estética. Son éstos los que merecen destacarse por su significado perdurable, por encima de cualquier juicio externo que pretenda acometer los fértiles campos de la creación artística.

Con la tersura estremecedora de sus versos, esta autora fecundó la poesía argentina y con ella la del mundo conocido. Sin embargo, su obra en prosa parecía desatendida, carencia que compensa el volumen que desde 2002 la reúne en una cuidada edición a cargo de Ana Becciu, quien distribuye su contenido en cinco secciones: Relatos, Humor, Teatro, Artículos y ensayos, Prólogos y reportajes. Cada una de ellas ratifica no sólo el dominio de la técnica literaria que alcanzó con sus escritos, sino también la aguda sensibilidad que los recorre y en los que siempre está presente el espíritu poético.

Lo recién asentados se hace más claro en el despliegue de los valores que la prosodia brinda a una obra literaria, sea cual fuere su vestidura formal. Los lectores habituados a la fluida versificación de Alejandra Pizarnik no echarán de menos sus cadencias cuando incursionen en la gallardía de su prosa, aun cuando ésta se presenta en múltiples variantes expresivas y temáticas.

En cuanto a los asuntos que trata la autora, son recurrentes los sobresaltos de una infancia en que la transgresión no se aparta de la ternura ni de las obsesiones que flagelan el universo de los adultos. Así construye una atmósfera onírica y alegórica con textos en su mayoría breves, con los cuales transmuta ideas contradictorias que al final se concilian sin vanos forzamientos. Muchos de sus relatos atestiguan su identificación profunda con recursos verbales que aportan significado y belleza a sus letras, por intervenir en ellas la pasión y la disciplina, impidiendo que decaigan en intentos fallidos: “Perras palabras. ¿Cómo han de poder mis gritos determinar una sintaxis? Todo se articula en el cuerpo cuando el cuerpo dice la fuerza inadjetivable de los deseos primitivos.” (“Casa de citas”).

En sus textos clasificados bajo el rubro de humor se vale de diversos medios para lograr su cometido: paradojas, aliteraciones, retruécanos, asociaciones de ideas, juegos de palabras y onomatopeyas. Pizarnik se divierte en reformular paródicamente enunciados de otros autores que la tradición consagra y que incluso el gusto popular se ha apropiado, tal como hace con Nervo, Darío, Lorca y Alberti, por mencionar a algunos: “Soy apenas el arquitecto de mi propio desatino”; “¡Juventud divisa testuz!”; “Y yo que me llevé al río a Pericles creyendo que era platónico”; “¡Orinera en tierra!”.

En más de un pasaje se ocupa del humor de los escritores contemporáneos y afirma que “es un humor metafísico y casi siempre indiscernible de la poesía”, tendencia de la que sin duda participa ella misma, explotando la irracionalidad y el absurdo que la vida actual trae consigo. “Pericles saltaba de percha en percha sin prestar atención al hecho de que no había sino una sola percha” (“Abstrakta”).

En sus artículos y recensiones, la autora argentina examina libros por entonces recién editados, como algunos de Julio Cortázar, Octavio Paz y Henri Michaux, entre otros; o bien, la prestigiada revista venezolana Zona Franca, en la que ella llegó a colaborar. Igualmente hace un pulcro análisis de una antología poética de su compatriota Ricardo Molinari (1898-1996), escritor de una generación distinta a la suya; si bien reconoce sus cualidades, al mismo tiempo expone sus puntos débiles, como la inautenticidad y las fórmulas vacuas que caracterizan varias de sus composiciones.

Al final de la obra compilada figuran algunas entrevistas a las que respondió intercalando versos suyos, tan elocuentes como los que se revelan casi como una exhalación: “Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir”.

La poesía pervive, radiante, en el hálito insobornable del recuerdo.

 

Alejandra Pizarnik, Prosa completa. Barcelona, Editorial Lumen, 2002, 319 pp.