De la autosuficiencia a la dependencia

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Roberto Hernández Guerra

Quizás no muchos se acuerden, pero a principios de la década de 1980 México era autosuficiente en la producción de combustibles, fertilizantes y de la mayor parte de los alimentos de consumo popular. La industria nacional crecía, aunque llevaba el pecado original de un proteccionismo excesivo, la petroquímica era un orgullo para el país y el Instituto Mexicano del Petróleo incluso brindaba asesoría a otros países. Ni qué decir que la CFE se expandía llevando la electricidad a las poblaciones más alejadas. Eran los tiempos del desarrollo estabilizador, con incrementos anuales del producto nacional del 6 % y la aspiración de llegar a establecer la sociedad del bienestar. 

¿Cuál fue la situación, 36 años después de aplicarse el modelo económico conocido como neoliberalismo? La gasolina, importada en un 70 por ciento; la producción de fertilizantes prácticamente en cero; la mayor parte del maíz, frijol y arroz que se consume en las mesas, de origen extranjero; los almacenes comerciales surtidos con productos de las transnacionales. Ni qué decir que la producción creció en promedio al 2 por ciento y que la aspiración a lograr la justicia social se dejó en el olvido.

Pero no solo se estableció una fuerte dependencia con el extranjero, sino que los beneficiados convencieron a la mayoría de los mexicanos de que eso era lo más conveniente. Había que creerle a los expertos, los tecnócratas que conocían el país únicamente desde el escritorio; había que confiar en ellos ya que estudiaron en las mejores escuelas de economía del vecino país del norte.

¿Pero qué creen? Sus opiniones no eran nuevas, eran simplemente una versión de las que a principios del siglo XIX sostenía el economista inglés David Ricardo, de que las naciones deben especializarse y exportar aquello que saben hacer mejor e importar los bienes en los que son más ineficaces. Desde luego que a este “refrito” lo volvieron a bautizar y a lo que se le llamaba “ventajas comparativas” le llamaron “ventajas competitivas”.

Quien no conoce la historia está obligado a repetirla. Este paradigma, respondió en el pasado a los intereses del imperio británico, necesitado de ampliar los mercados para desplazar la producción creciente de su industria que se expandía por la revolución industrial. Cuando no convencían con su doctrina de libre comercio empleaban la política “de las cañoneras”, como en su relación con China, o cuando existía un dominio colonial directo, la India es el mejor ejemplo, con leyes que prohibían la producción artesanal de tejidos, para surtirlos con productos de sus telares automáticos.  En la actualidad, la teoría de los costos comparativos ha sido de gran utilidad para justificar la dependencia de los países menos desarrollados, insertos en esa dualidad perversa de las relaciones “centro-periferia”. ¿Qué justificación puede haber para continuar con un proceso de industrialización autónoma, si la ventaja comparativa es seguir siendo productor de materias primas o exportador de mano de obra barata por medio de las maquiladoras o la industria automotriz de exportación, dando la espalda al mercado interno?  

Fruto de esa política fue un proceso de desindustrialización y posterior reindustrialización orientada a la exportación, que nos llevó a ser en extremo dependiente de nuestros “socios” del norte. A final de cuentas, entramos de lleno la globalización neoliberal con resultados muy dudosos.

En la actualidad se hacen esfuerzos para revertir la dependencia y en el intento no faltan los obstáculos. Podemos citar como ejemplo de resistencia activa a quienes defienden a las empresas energéticas extranjeras, comparables estos sujetos con aquellos soldados nativos de la india, los “cipayos”, al servicio de la Reina Victoria, o con los guerreros nativos que auxiliaron a Hernán Cortés y que seguramente desconocían el destino que les  aguardaba.