ROBERTO HERNÁNDEZ GUERRA

El economista inglés John Maynard Keynes (1883-1946), al que no me canso de citar, decía que “son las ideas, no los intereses creados, las que son peligrosas para bien o para mal”. Esto lo comprobamos al ver la forma en que mucha gente de este país ha creído al “pie de la letra” algunos conceptos que los voceros de la minoría oligárquica sostienen “contra viento y marea”. Me referiré en particular a la idea de que “todas” las inversiones, vengan de donde vengan, vayan a donde vayan, son benéficas y por lo tanto no se deben tocar “ni con el pétalo de una rosa” de la intervención del Estado.

Está muy lejos de mi intención negar lo positivo del capitalismo y de la libre empresa, que no siempre en su historia han ido juntos. Mucho menos dejar de reconocer que la economía de mercado ha demostrado su superioridad sobre la planificación central y la llamada propiedad social, del tipo de la implantada en la Unión Soviética y sus satélites; la debacle de estos países aunado al “gran viraje” que ha dado la economía de la República Popular China lo comprueban. Con pena se ha comprobado el “fin de una ilusión” que era generada por  ese sistema, el que aboliendo la propiedad privada de los medios de producción se generaría riqueza justamente distribuida y que al final de cuentas el fruto cosechado fue tan solo la pérdida de libertades.

Pero el reconocer la superioridad de la economía de mercado y el interés particular como garantes de la eficiencia económica, no nos ciega ante los aspectos negativos que generan. Dos muy importantes ligados entre sí, la concentración de la riqueza en pocas manos y el consecuente debilitamiento de la “demanda efectiva” de bienes y servicios, que se convierte en “crisis” de mercado. Podemos citar otros aspectos negativos, tal como la agresión al medio ambiente, de la cual en México tenemos muchos ejemplos: contaminación por el uso de plaguicidas en la agricultura, envenenamiento de los ríos por la actividad minera y otros más.

Pero hay algo que queremos destacar y que es la afectación a los intereses estratégicos de un país; en el caso del nuestro es la pérdida de las autosuficiencias alimentaria y de combustibles así como la supeditación de la industria eléctrica a los intereses del mercado orientados exclusivamente a la obtención de ganancias. Los “gasolinazos” y el alza de las tarifas eléctricas del período neoliberal son la prueba de lo expuesto y es en estos casos cuando se requiere la intervención del Estado para compensar los desequilibrios que el mercado genera.

En resumen, es el interés superior de una nación, su misma supervivencia, la que debe estar por encima de cualquier otro interés particular, inclusive si con tal actitud se desalientan las inversiones nacionales o extranjeras atraídas por la esperanza de lucro, ya sea justo o desmedido. Pero no queremos traer a la memoria los ejemplos de un pasado de “nacionalismo”, como lo fueron la expropiación petrolera, la reforma agraria y las nacionalizaciones de los ferrocarriles y la electricidad en nuestro país. Basta señalar que en los mismos Estados Unidos de América, corazón del capitalismo, el interés nacional priva por encima de intereses particulares. Basta citar como ejemplo las limitaciones impuestas a empresas chinas; no solo las recientes a Huawei sino otras en el pasado, como cuando se impidió la adquisición de refinerías y puertos a  corporativos de la nación oriental con el argumento de la seguridad nacional.

A final de cuentas, a quienes piensan que cualquier limitación proveniente del Estado genera incertidumbre y pérdida de confianza, podemos recordarles lo que don Carlos Slim ha expresado: cuando en enero del año pasado el INEGI reportó pérdida de la confianza empresarial según sus indicadores; el empresario señaló que se invierte no por confianza o desconfianza sino porque hay demanda. Y éstas sin duda alguna son “ideas peligrosas”, que ni el citado Keynes hubiera expresado mejor, para los que añoran un regreso al pasado.

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