CHINA: LAS GUERRAS DEL OPIO (II)

Roberto Hernández Guerra

Que un país invada a otro declarándole una guerra asimétrica para adueñarse de su riqueza petrolera,  no es un evento extraordinario; lo que le sucedió a Irak y Libia son el ejemplo más claro. Los rescoldos del imperialismo, como forma de apropiarse de la riqueza ajena todavía están ardiendo.

Sin embargo, el que una gran potencia económica pretenda resolver su déficit comercial mediante la violencia, es difícil de creer. Que China haya tenido en 2019 un superávit comercial con Estados Unidos por un monto cercano a los 296 mil millones de dólares, en otras palabras, que le haya vendido más de lo que le compró, no nos causa alarma respecto al mantenimiento de la paz mundial. Pensaríamos que más allá de declaraciones como la del Presidente Trump de que su país había estado siendo estafado por la nación oriental y de una que otra represalia comercial, no veríamos al caballo bermejo del apocalipsis que representa la guerra, cabalgar por los campos de Asia.

Pero es prudente volver la vista al pasado para constatar que cuando una nación imperial no puede resolver sus problemas económicos por “las buenas”, puede recurrir a “las malas” pese a quien le pese. Eso sucedió cuando  en la segunda mitad del Siglo XIX, el Imperio Británico quiso pagar las importaciones de té procedentes de China y la porcelana empleada para su tradicional “five oclock tea”, nada menos que con opio procedente de una de sus colonias, la India.

China había sido reacio a abrir su comercio con los países occidentales ya que era autosuficiente gracias a su próspera actividad agrícola e industrial. Pero un mercado de más de 400 millones de habitantes era una tentación para Inglaterra, que con su pujante revolución industrial era la fábrica del mundo y dominaba el comercio global.

El opio había sido empleado en China en forma medicinal desde siempre, y aunque había sido prohibida su importación en 1729, continuó entrando en pequeñas cantidades mediante el contrabando. Posteriormente la competencia entre los comerciantes ingleses y portugueses, provocó la disminución de los precios del alcaloide y el consiguiente incremento de la demanda. Para mediados de 1830 entraban al país alrededor de 1820 toneladas de opio y como resultado además de los 12 millones de adictos, la balanza comercial de China se volvió deficitaria y la moneda se devaluó por la creciente salida de recursos. Es entonces que el gobierno imperial se pronunció en contra del comercio y consumo de opio, ordenando arrestar a todo el que estuviera involucrado, fuese nacional o extranjero; con tal motivo se produjo el arresto de ciudadanos ingleses entre los que destaca el de Lancelot Dent, Presidente de la Cámara de Comercio Británica del puerto de Cantón,

El pretexto ya estaba dado. Fueron dos las confrontaciones bélicas entre ambos imperios, la primera duró entre 1839 y 1842 y la segunda, en la que intervinieron Francia y Estados Unidos junto a Inglaterra, se inició en 1856 y finalizó en 1860. La derrota China en ambas,  forzó al gobierno a tolerar el comercio del opio, a abrir varios puertos al comercio exterior, a permitir la anexión de Hong Kong al reino Unido por los tratados de Nankín y a la consolidación de un intercambio comercial desigual. Ecos de estas derrotas fueron también la Rebelión Taiping y la de los Boxers, así como la caída de la Dinastía Qing en 1912.

Pero volviendo al presente, podemos decir que se manifiesta con claridad la intención de China de consolidar su posición en el comercio mundial, a pesar del disgusto de los que se van quedando atrás. Prueba de ello es la gran apuesta que representa la que llaman “la nueva ruta de la seda” y de la que hablaremos en otra colaboración.