CHINA: EL GIGANTE QUE DESPERTÓ DE SU SUEÑO (I)

Roberto Hernández Guerra

Con una muestra más de su intuición y genio político, Napoleón Bonaparte en 1816 advirtió: “China es un gigante dormido. Dejadlo dormir por el hecho de que, cuando despierte, el planeta se sacudirá”. Menos de doscientos años transcurridos desde que el Gran Corso hizo esta premonición, el “país de en medio” como sus habitantes lo consideran, ha llegado a ser la segunda economía del mundo, pisándole los talones y sacudiendo a Norteamérica. 

El mérito es mayor cuando recordamos el fracaso de Mao Tse Tung con el “Gran Salto Hacia Adelante” y la “Revolución Cultural”, ya que es solamente cuando asume el poder Deng Xiaoping a partir de diciembre de 1978, que a través del programa de las “Cuatro Modernizaciones” desmantelara la rígida estructura de la economía centralmente planificada que es cuando se da la transformación. Su conocida frase de “no importa el color del gato, lo importante es que cace ratones”, es la mejor forma de entender como un país, en teoría gobernado por el Partido Comunista, ha desarrollado en muy pocos años un capitalismo dirigido por el Estado, que en nada se parece a la utopía de Carlos Marx.

China muestra su fortaleza con un Producto Interno Bruto estimado en cerca de 15 billones de dólares en el año 2020, no muy alejado de los casi 21 billones de la economía norteamericana. Pero la comparación no es tan simple, mientras nuestros vecinos del norte tuvieron en el mismo año un déficit comercial cercano a los 860 mil millones de dólares, su competidor tuvo un excedente en su comercio internacional de 515 mil   millones. Podríamos citar algunas muestras de debilidad, como es el permanente déficit del gasto gubernamental de los Estados Unidos compensado por la emisión de moneda de su Banco Central, o el incremento en la deuda de ambos países en el primer trimestre de este año, que representó un incremento de 2.5 billones para el gigante asiático y de 1.5 para su rival de occidente, sin embargo únicamente queremos centrarnos en la relación comercial.

Aquella imagen de bajo precio y mala calidad de los productos chinos, no pasa de ser una mala caricatura de la realidad. En la actualidad, el desarrollo tecnológico logrado les permite estar a la vanguardia en muchos sectores. De los 2,590 billones de dólares exportados, incluyendo bienes y servicios, destacan en primer lugar maquinaria, componentes electrónicos, textiles, hierro y equipos médicos; muy alejados de los faroles de papel, té, cerámica y juguetes rompibles de un pasado no muy lejano.

Otro elemento a considerar es la diversificación de sus mercados, porque la idea de una dependencia brutal con respecto al norteamericano, se diluye cuando vemos que éste representa menos del 20 por ciento del total. Con una política creativa de precios y acuerdos comerciales, han logrado penetrar en muchas regiones, alejándose de los riesgos de tener un cliente preponderante que le fije condiciones.

Pero el éxito del país oriental también genera reacciones agresivas en quienes se sienten desplazados. No es otro el caso de la guerra comercial desatada a partir de 2018 por el Presidente Donald Trump, quién aplicó a la nación asiática aranceles para reducir el déficit comercial de su país, con resultados negativos para ambos; disminución del crecimiento para uno, elevación de precios y caída de la bolsa para el otro.

Pero si de guerras comerciales se trata, ésta no ha sido la primera que ha sufrido China y por la misma razón, una balanza comercial que les favorece frente a las naciones occidentales, siempre acostumbradas a ganar “de todas…todas”. Bueno es recordar las llamadas “guerras del opio”, impuestas por el Imperio Británico a partir de 1840 y que tuvieron  resultados contrapuestos, beneficios comerciales para la “Pérfida Albión” y el convertir a más de 12 millones de ciudadanos chinos en adictos al enervante. Pero de la llamada “diplomacia de las cañoneras” y la “guerra del opio” hablaremos la próxima semana.