Apuntes del día a día en la nueva normalidad – Desde el Rincón

Inosente Alcudia Sánchez

Desde siempre, la hoja en blanco me ha parecido intimidante. Al sol de hoy no he podido evitar la ansiedad que me genera la búsqueda del tema y del tono narrativo apropiados y, sobre todo, me aflige no conseguir el interés del probable lector. Además, en estos días, más que el análisis de nuestra compleja realidad, prefiero dejarme llevar por esos detalles de la cotidianeidad que a pesar de su simpleza también son vida. Podría empezar diciendo, por ejemplo, que han empezado a florecer los cactus y que los viernes están recuperando su antiguo sabor finsemanario. No quiero sonar trivial ni que me tomen por delirante. Esta inverosímil introducción es para que me permitan darles cuenta de lo que sucede por estos rumbos, acá donde melancolía y pesadumbre se mantienen en firme resistencia.

Miren, no están ustedes para saberlo ni yo para contarlo, pero esta casa, además de cobijar mis malos humores, se ha convertido en un criadero de lagartijas. Así como lo oyen (o lo leen, más bien). Siento que los reptiles han olfateado mi tanta falta de querer (diría Mon Laferte) y la fragilidad emocional en que me han dejado la ausencia de mi hijo y los muchos meses de encierro y de miedo. Así que, cínicas y acomodaticias, las reptiles malas madres me han endosado a toda una camada de bichos tiernos que corretean por la sala, descansan en el sillón y hacen peripecias entre los libros. Esperan, supongo, ganar mi simpatía para que yo asuma el papel de abuelo garrobo y dé posada gratuita a sus malcriadas criaturas.

Como en todas las especies, los lagartijos son variopintos: hay morenos y blanquitos, tímidos y desmadrosos. La verdad, me son indiferentes, y no pienso fraternizar con ellos para evitar el riesgo de un desnaturalizado apego que me aseste otra crisis sentimental provocada por su previsible y rastrera partida. De todas maneras, les daré asilo mientras no invadan mis sagrados aposentos: en estos tiempos de soledad no están las cosas como para despreciar a las visitas y, menos, si no necesitan cubreboca, no hablan ni piden atenciones. Además, descubrí a dos cahuises (o zanates) en actitud sospechosa que merodeaban en el patio, por lo que la invasión reptiliana puede obedecer a la amenaza de esas negras aves infames que casi a diario dejan sin croquetas al perro de mi vecino.

Y no hay por qué temer la intromisión de estos mini lagartos: Wikipedia denomina a las lagartijas “un huésped deseable por su capacidad para estabilizar ecosistemas al integrar un eslabón clave de la cadena alimenticia”. Recuerdo que hace muchos, muchos años, cuando las polizontes lagartijas transparentes (“salamandras”, las llaman en algunas regiones) se regaron por el país, fueron víctimas de la maledicencia y habladuría popular: que si eran venenosas, que si incubaban sus huevecillos en el sexo de mujeres de sueño profundo, que si provocaban el mal del pinto, que si eran una señal de desgracias inminentes. Afortunadamente, la ciencia reivindicó sus atributos ecológicos y ahora los ¿memeshes? besan a diestra y siniestra sin mayor riesgo para sus cuerpecitos gelatinosos.

Borges le dedica algunas líneas al más venenoso de los lagartos: “El Basilisco reside en el desierto; mejor dicho, crea el desierto. A sus pies caen muertos los pájaros y se pudren los frutos; el agua de los ríos en que se abreva queda envenenada durante siglos. Que su mirada rompe las piedras y quema el pasto ha sido certificado por Plinio. El olor de la comadreja lo mata; en la Edad Media, se dijo que el canto del gallo. Los viajeros experimentados se proveían de gallos para atravesar comarcas desconocidas. Otra arma era un espejo; al Basilisco lo fulmina su propia imagen.” Y Quevedo le escribió, al Basilisco, este burlón romance transcrito, también, por Borges: Si está vivo quien te vio / toda tu historia es mentira, / pues, si no murió, te ignora; / y, si murió, no lo afirma. Como ven, las miniaturas de dinosaurios tienen una prestigiada genealogía y no duden que cualquiera de estas noches destinaré el desvelo a alguna de las decenas de películas de su abuelo Godzilla (si Better Call Saul lo permite).

No he querido ser imprudente y, quizás, iniciar con eso de que “los cactus florecen” ha sido una liviandad. Como escribiría Silvio Rodríguez, “la ciudad se derrumba y yo cantando”. Y es que, en estos días, yo también, “cómo gasto papeles recordándote”. Empero, por encima de agobios y pesares, la naturaleza se abre camino y las vacunas nos han envalentonado lo suficiente para volver a apropiarnos de las calles. Y, cada amanecer, los ruidos del día van colonizando el estridente silencio de una o dos ausencias. Y ahí vamos.