Apuntes del día a día (de uno más que recorre a pie los caminos de la vida) – Desde el Rincón

Inosente Alcudia Sánchez

No sé cuántas cosas habrá trastocado la pandemia, tanto en lo individual como en lo colectivo. Ignoro, por ejemplo, en qué nos afectó tanto tiempo de miedo, incertidumbre, ansiedad. Recuerdo que en algunas comunidades afirman que las secuelas de un susto pueden ser graves para los niños, y hasta para los adultos, y recurren a sesiones de sanación a base de ensalmos para eliminar los daños de los golpes de espanto. Y es que una persona que sufrió un ataque de pánico, dicen, languidece con síntomas parecidos a los de la tifoidea: debilidad, palidez, calenturas vespertinas. No sé, quizás un ensalmo no me caería mal en este intento por recuperar la normalidad, no la nueva, sino la que teníamos antes de la desgracia.

Tampoco alcanzo a ver hasta dónde llega el perjuicio en los social. Imagino el retroceso que significó la pausa en la educación, la afectación a tantos niños, niñas y jóvenes que no sólo interrumpieron su aprendizaje, sino que probablemente sufrieron una regresión en su formación, además del “mar del tiempo perdido” en su desarrollo. Me acongoja pensar en las y los graduados que asomaron a un escenario productivo con escasas oportunidades para su desempeño profesional. Por supuesto, la economía es una espiral de malas noticias que a todos alarman.

Sobre las secuelas que la enfermedad deja en la salud de quienes la padecen parece que no hay un diagnóstico general, sino que dependen de cada persona, de su historial médico, de la variante del virus, entre otros elementos vinculados directamente a cada individuo. En el verano pasado, hace casi un año, me tocó enfrentar al virus. Los meses previos habían sido de dolores de garganta inexistentes, fiebres falsas, síntomas imaginarios que se iban adaptando a las variantes del virus y que me provocaban ataques de ansiedad que mi médico atemperaba con ansiolíticos y antidepresivos homeopáticos. Sufrí, eso sí, muy reales y dolorosas crisis de gastritis y colitis que fueron como daños colaterales de la constante tensión nerviosa. Una vez superada la enfermedad de los sofocos, la Covid-19 en su variante Delta, me quedó una alteración del sueño que no acabo de superar y a la que, más bien, tuve que adaptarme: buscar qué hacer en la madrugada para evitar los pensamientos catastróficos que, regularmente, acompañan las horas previas al amanecer. Por supuesto que no le perdí el miedo a la enfermedad y mis estados de ánimo han continuado con ansiedades que van y vienen, y así, hace unos días, llegué a mi valoración médica de rutina. Con pavor me enteré de altibajos en mi presión arterial y, además, de un torrente de triglicéridos que saturan mis arroyos de sangre por los que transitan el amor, los apegos y el oxígeno que también alimenta mis alegrías y tristezas. No sé si este sorpresivo mal sea consecuencia de la enfermedad o del miedo o de la edad; pero, ahora, no solamente debo cuidarme de un bicho invisible, sino, también, de un “enemigo silencioso” –así llama el doctor a ese exceso de grasa– que se mueve por mis venas como Juan por su casa, cuya imprevista aparición ha sido un golpe a mis pobres afanes de sobrevivencia y me ha obligado a incrementar mi arsenal médico: además del oxímetro ahora presumo un baumanómetro, equipos que hace dos años eran impensables.

Como no hay vacuna que ayude a enfrentar a este nuevo adversario, la estrategia es dura: una dieta severa, muy acorde a estos tiempos de austeridad franciscana y de inflación desbocada, y algunos complementos medicinales que completan el tratamiento donde sobresalen la abstinencia de café y tequila, dos bebidas que han acompañado largos trechos de mi agobiada existencia.

Finalmente, resulta que, en esa andanada de novedades médicas, mis ejercicios matutinos no son suficientes para sustentar mi cincuentera salud y el galeno afirma que es en el buen y largo andar donde se preservan las oportunidades de una vida longeva. Así que a mis rutinas debo agregar una más, tan importante como las tertulias de cantina, que consiste en caminar, si se puede a diario, y que he decidido convertir en “urbano traviesa”. Y es que, entre el caballero andante, los caminos de la vida y hacer camino al andar, he menospreciado la atestada pista fitness del malecón con sus amaneceres y ocasos de fotografía, y he optado por aprovechar la hora de caminata para regocijarme en las calles del Centro Histórico. Sí, más allá del bienestar físico, resulta un placentero paseo lúdico hacerse al loco admirando fachadas y ventanas, observando a los modernos pregoneros que ocupan las esquinas más transitadas, esquivando a los curiosos turistas que se atreven a ir más allá de la calle 59, redescubriendo rincones y recuperando memoria, destilando sudor y queriendo mantener el ritmo de las parejas que con el entusiasmo que sólo da el amor presumen sus ropas de fiesta y avanzan a paso veloz sorteando las banquetas rotas porque intuyen que la felicidad los espera en algún sitio que como yo habrán de guardar en lo profundo de sus recuerdos más gratos. Y ahí vamos…