LA COVACHA DEL AJ MEN

CLAUDIO OBREGÓN CLARIN

En cada uno de nosotros existe la atávica sensación de postrarnos frente al mar; más que una necesidad, es un reencuentro con nuestros orígenes.

Cientos de mamíferos provenientes de latitudes distantes, descansan en nuestras playas en busca del sol y del calor que esculpen nuestras vidas; algunos de ellos, y en ocasiones nosotros mismos, construimos pensamientos en forma de castillos de arena para recordar que somos frágiles delante al circular del tiempo.

Algunos hombres ven al mar como a la única mujer que no pueden poseer. Hay mujeres que se reflejan en él y se saben completas. Las mujeres de piel blancuzca se ofrecen con el pecho desnudo a las caricias del agua salada; las mujeres mestizas tienen el pudor en otra parte y prefieren entregarse vestidas.

¡Cuánta agua delante de nosotros y no poder beberla! Valiente el náufrago que resiste a la tentación, como franciscano en un burdel.

El mar es azul como el deseo profundo o la sangre de todos los reyes, pero al tomar un poco de su esencia en nuestras manos, asimos por un instante la transparencia que se nos escapa a todos por igual.

El mar tiene mucho de mujer por insondable, creador y eternamente cambiante; esculpe como los consejos de una abuela, otorga generoso sus frutos a quien conoce sus ciclos y castiga con la ira de una amante resentida.

Definitivamente el mar posee un carácter inestable; sin embargo, se mantiene entre nuestros ojos y el horizonte, ahí, donde desaparece el miedo cuando lo sorprende el conocimiento.

Al amanecer, el sol saluda al mar y lo hace evidente; en el cenit, es tanta su incidencia que lo descompone en cúmulos de vapor de agua que luego chocan, se complementan y terminan por fracturarse hasta formar serpientes de luz y estruendos que reclaman plegarias.

Más tarde el viento se hace tangible a través del oleaje y despide al sol bajo un cielo color de corazones.

Punto de partida, escape o salida, constante… sólo el mar.

 

 

 

 

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