Alito al final de su laberinto – Desde el Rincón

Inosente Alcudia Sánchez

Pues como el tema Alejandro Moreno Cárdenas sigue en la cresta de la ola de la opinión pública, Desde el Rincón nos seguiremos ocupando de los avatares por los que transita el presidente del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Revolucionario Institucional. Empezaré con una afirmación temeraria: nadie puede regatearle méritos partidistas al vapuleado dirigente priista. Y es que, en el actual contexto, es importante acercarse a la carrera política de Alejandro Moreno para entender y prever algunas pautas de la ruta que puede seguir ante la crisis en que lo ha metido el ataque mediático de que ha sido objeto.

Este priista llegó hasta la cúspide partiendo desde lo más profundo de las bases del partido: la mayor parte de su vida ha transcurrido en la grilla partidista y, si se me permite el lugar común, Alito es fruto de eso que llaman la “cultura del esfuerzo”. A diferencia de otros personajes que incursionan en las altas esferas del poder gracias a afortunadas relaciones familiares o políticas, Moreno subió peldaño a peldaño la larga escalera de la carrera partidista. Imagino que él mismo podría venderse como ejemplo de superación personal, porque su caso es el del clásico “aspiracionista” que con disciplina y “carácter” fue alcanzando una a una sus metas y haciendo realidad su proyecto de vida.

La trayectoria del dirigente priista tampoco se parece a la de algunos de sus antecesores que llegaron con blasones académicos e intelectuales. Alito está muy lejos de ser un intelectual y su discurso es más bien elemental. No proviene de las aulas sino del barrio; más que leyendo teoría, Moreno Cárdenas se formó en la política real de su partido; picó piedra, tocó puertas y cuando no se abrieron las tiró a patadas. Es memorable la frase con que lo describió, ya siendo gobernador, el ex presidente Peña Nieto: “es capaz de matar un burro a pellizcos”. Por encima de ideologías, alcanzó el liderazgo priista como fruto de un pragmatismo que le permitió tejer alianzas y, seguramente, cuando fue necesario, quebrar arreglos que entorpecían su ruta de ascenso.

Desde los ya lejanos tiempos de líder juvenil municipal, Alito se abrió camino a pesar de las intrigas y del canibalismo habitual en la competencia política. Con un olfato o intuición privilegiados para entender y comprender las erráticas e intrincadas reglas de la política priista, la carrera de Moreno Cárdenas fue de crecimiento constante: lo suyo siempre ha sido ascender, subir, ir adelante. Su historia no registra retrocesos y, en ese andar hacia la cúspide, fue llevando de la mano a muchos y muchas, tejió el denso conjunto de relaciones personales, en todo el país, que hoy le permiten atrincherarse dentro del partido, desafiar a quienes reclaman su renuncia y enfrentar a los enemigos nuevos y a los que se hizo durante su ascenso. En efecto, por su formación en la arena de los golpes de la política, Alejandro es un hueso duro de roer y, desde luego, no está en su genética amilanarse. Por eso, no le teme a una batalla prolongada e, incluso, seguramente intuye que puede llegar a resultarle favorable.

Más allá de la divulgación ideológica, Alito ha sido un motivador de la militancia priista; con su discurso ha intentado inculcar, a los miles de militantes y simpatizantes que lo han escuchado, la certeza de que el partido será, como lo fue durante muchos años, un instrumento para transformar la realidad, un espacio de oportunidad para el desarrollo personal y una vía de movilidad social. Por ello, no son pocos los leales al presidente del PRI que apuestan por su reconversión de víctima a héroe. Para la gran mayoría de los priistas –y ahora para cada vez más ciudadanos con o sin filiación partidista- el audio escándalo es una estrategia desde el poder para linchar en los medios a su líder y, en tal sentido, el descrédito no permea en la militancia; al contrario, el priismo ha afianzado su posición alrededor del golpeado dirigente.

Y aquí hay algo interesante: como es natural, después de meses de resistir el daño de las ilegales grabaciones, las heridas causadas comenzarán a cicatrizar y el daño mediático empezará a revertirse. El tiempo corre a favor del ogro que, vilipendiado, pateado, revolcado en el lodo, reivindicará su papel de víctima propicia de la lucha por los derechos y las libertades de todos los mexicanos. Y es que lo que le sobra a Alito es tiempo. Alejandro Moreno Cárdenas es un político maduro, curtido en la brega del poder, pero joven, una característica de la que adolecen algunos de sus más acérrimos adversarios. En tal sentido, este político podrá modificar sus estrategias, modificar sus plazos y mantener intactas sus metas. Igualmente, es importante incorporar a cualquier análisis lo conveniente de la permanencia de Alito al frente del partido: en este momento, su renuncia significaría el triunfo de la campaña orquestada no sólo en contra de su persona, sino en contra de la unidad del PRI, en contra de la alianza Va por México y, seguramente, en contra de las instituciones garantes de nuestro sistema democrático. Es totalmente previsible, entonces, que Moreno Cárdenas siga atrincherado en la dirigencia nacional de su partido para, desde ahí, continuar su defensa y lanzar su contraofensiva.

Igual que los porteros que sin suerte son malos guardametas, Maquiavelo enseña que el éxito de un político depende en mucho de la Fortuna. Y he escuchado a muchos de sus conocidos afirmar que Alito es un político con suerte. Y, en esta lid, la Fortuna ha comenzado a jugar a su favor: los errores cometidos por sus enemigos le están abriendo una ruta de salida de su laberinto. Veremos. Porque, aprovechando el linchamiento mediático del líder priista, han empezado a circular grabaciones que perfilan una guerra o un carnaval de audios que parece no dejarán títere con cabeza. Como diría el clásico, los demonios andan sueltos.